Las películas de 2025 en diez escenas

Reseñas generales

¿Y dónde está el policía? (The Naked Gun): para los que la vimos es como una contraseña que nos lleva a la felicidad. “¿Viste el muñeco de nieves?”, es la pregunta que lanzamos y del otro lado alcanza con un mínimo gesto de la cabeza para que explotemos en alegría. Al igual que la original de La pistola desnuda, la nueva versión tiene un momento musical, casi un videoclip pero narrativo, en la senda de los trabajos de The Lonely Island, a donde pertenece Akiva Schaffer el director. Y ese mini-relato dentro de la película coloca a nuestro Frank Drebin Jr. junto a la femme fatale que interpreta Pamela Anderson en un viaje a una cabaña, un romance, un libro de hechizos y… ¡un muñeco de nieves! No vamos a decir más para quienes no la hayan visto, pero decir que es la secuencia más graciosa del año.

Amistad tóxica (Friendship): Craig (Tim Robinson) y Austin (Paul Rudd) vienen de lidiar con una amistad complicada, que fue en principio un amor a primera vista y luego comenzó la distancia cuando las cosas se pusieron, cómo decirlo, un poco espesas. El Craig de Robinson es uno de los personajes más desquiciados de la comedia reciente y, de hecho, es lo más desquiciado que ha hecho el actor en su ya desquiciada carrera. Luego de todo eso que pasaron, como decíamos, parece haber un acuerdo en el final, con el pobre Craig aprendiendo la lección de una manera algo retorcida. Desde un patrullero, Craig luce apesadumbrado, hasta que Austin le hace un guiño cómplice y su rostro estalla en alegría detrás del cristal. El plano se congela y Amistad tóxica culmina con un grado de locura bien propio de su propuesta.

Amores compartidos (Splitsville): “Uf, otra película con Dakota Johnson”. Con esa actitud me senté en la butaca para ver Amores compartidos, de la que no tenía la más mínima idea. Sin embargo, ya la primera escena me puso en un lugar festivo que me hizo olvidar de todo. Allí una pareja, en un auto, en la ruta, se distancia y se acerca hasta lo sexual, incluyendo una masturbación. Pero un accidente rompe el clima y los personajes salen desesperados a asistir a los heridos, hasta que una agente de policía nota lo que no habíamos visto: nuestro protagonista seguía con su pene al aire. Ese es básicamente el puntapié inicial de un serie de dislates que terminarían configurando la mejor película del año, que me disculpe Paul Thomas Anderson con su Una batalla tras otra (One Battle After Another).

Anaconda (Idem): volvió la comedia. No es que Anaconda sea una maravilla, pero tiene algunos de esos elementos que nos hicieron amara a una cada de actores, entre los que incluimos obviamente a Jack Black y Paul Rudd. La película, que se promociona sobre los hombros de sus dos estrellas, les saca bastante jugo y los muestra a ambos en un tono que hacía rato el cine norteamericano no los aprovechaba, preocupado en anular la comedia a favor de la corrección política. Pero Anaconda tiene algunos de esos chistes maravillosos que nos hacen reír y una escena no adelantada en el tráiler (los tráilers ya adelantan cada vez más) que nos lleva de nuevo a los tiempos de Una guerra de película (Tropic Thunder). El personaje de Jack Black fue mordido por una araña y la solución es que lo orinen en la pierna, algo a lo que los demás se niegan. Pero su exigencia se vuelve ruego, en un regreso a la escatología más incómoda y, obviamente, querible.

Better Man: la historia de Robbie Williams (Better Man): ya vimos gran cantidad de biografías musicales, la mayoría de ellas descartables. La de Robbie Williams no prometía mucho, pero la idea de que el protagonista estuviera interpretado por un mono digital ya era indicio de que algo había. Y de pronto, entre su dosis de honestidad brutal, la película se manda una de las secuencias del año: el momento musical de Rock DJ es todo lo que le reclamamos a los musicales modernos, esas versiones abúlicas de las obras de Broadway. La cámara se mueve al ritmo de la música, pasa de todo en el plano y la pantalla se vuelve un campo de acción para las ideas narrativas y visuales, mientras los personajes van contando su vida y su momento. Uno de los momentos más festivos y creativos del año.

Elio (Idem): no le fue para nada bien a Elio, la última de Pixar. Fue el mayor fracaso comercial de la historia de la compañía y no hay muchas explicaciones para entender esto, más que pensar que el público está para otras cosas. Lo cierto es que la historia de este chico sin padres, que quiere viajar al espacio para abandonar la Tierra es un relato sensible y sofisticado que habla de la soledad como pocas películas se han animado a hacerlo. Y la virtud de la película se puede ver en su mismísimo arranque, cuando nos encontramos con la tía de Elio intentando socializar con su sobrino mientras este se esconde debajo de una mesa. El plano nos revela un par de pies y un diálogo en off que nos pone en situación de aquello que le sucede al protagonista. La película no precisa un gesto de más, es pura síntesis, economía de recursos. Una maravilla.

La vida de Chuck (The Life of Chuck): Mike Flanagan adapta nuevamente a Stephen King en esta película que sigue la vida del personaje del título, contándola de atrás para adelante. Como en todo relato episódico hay pasajes mejores que otros, pero en este caso hay una secuencia que rankea alto, incluso por fuera de la película, compitiendo con lo mejor del año. Allí vemos al personaje de Tom Hiddleston apesadumbrado, hasta que se cruza en la calle con una percusionista. La música invade su cuerpo y la película no precisa más que un baile. El momento es glorioso y nos deja la idea de que el musical es un camino posible para la trayectoria de Flanagan.

Misión imposible: Sentencia Final (Mission: Impossible - The Final Reckoning): Tom Cruise nos prometía un final a toda orquesta y la verdad que la última misión imposible fue un poco decepcionante. Una película pesada, solemne, demasiado reflexiva sobre su propia materia sin soltarse a la diversión habitual. Sin embargo, una gran secuencia en un submarino, una misión realmente imposible, nos hace recordar lo bueno de la dupla Cruise-McQuarrie y nos deja sin aliento. Lamentablemente la película regresa sobre sus pasos luego, pero esa larga secuencia justifica la película.

Nouvelle Vague (Idem): el acercamiento de Richard Linklater a la Nouvelle Vague, por medio de la recreación del rodaje de Sin aliento (À bout de soufflé), fue una de las sorpresas del año. Una de esas películas que logran reunir belleza visual y formal, y una reflexión interesante. Lo bueno de Linklater es que logra resumir las ideas de su película, incluso algunas ideas sobre el arte, con una escena maravillosa: Roberto Rossellini habla ante una audiencia repleta de Cahiers du cinema, se engolosina con la moral y la ética a través del cine, para cerrar sus ideas y abalanzarse a un plato lleno de sanguchitos de miga. La escena es graciosísima (como toda la película) y a la vez contiene varios niveles. El mejor Linklater.

Una batalla tras otra (One Battle After Another): la película del consenso de Paul Thomas Anderson es una maravilla de principio a fin, con secuencias inolvidables que se acumulan por puñados. Por eso el valor de esta secuencia, que es una persecución por una ruta californiana, que Anderson filma como nadie. El camino es sinuoso, con subidas y bajadas, y la cámara está ubicada en una posición que vuelve hipnótico el momento. Pura tensión motor y física, que el director vuelve cine. Persecuciones hemos visto varias en la historia del cine, pero ninguna como esta. Imposible sacársela de la cabeza. 

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