Nouvelle Vague (2025): mientras miro las nuevas olas
Reseñas generalesRichard Linklater filmando una película sobre la Nouvelle Vague. Uno pensaría que nada tiene que ver una cosa con la otra, pero lo cierto es que dentro de los diferentes Linklater que existen, hay uno que evidencia una herencia nuevaolera francesa. Con claridad su trilogía de Antes del amanecer (Before Sunrise), Antes del atardecer (Before Sunset) y Antes de la medianoche (Before Midnight), con esas caminatas, y esas charlas, y esa intelectualidad, y esa caligrafía urbana, y esa aprehensión del paso del tiempo, y también en experimentos como Boyhood. Momentos de una vida (Boyhood), o animaciones existencialistas como Despertando a la vida (Waking Life), o incluso en sus novatadas estilo Rebeldes y confundidos (Dazed and Confused). Como vemos, a veces de modos más directos y en otros más retorcidos, pero en buena parte de su filmografía hay rastros godardianos o truffautianos o rohmerianos. Sólo resta prestar atención y los guiños saltan a la vista. Y saltan porque el cine de Linklater es también un cine jovial, un cine rockero, un cine de juventud incómoda y atolondrada que intenta sobresalir como grito de libertad, que es más o menos lo que le ocurre al Jean-Luc Godard que protagoniza Nouvelle Vague (Idem), el acercamiento de Linklater a la Nouvelle Vague.

La película se llama concretamente Nouvelle Vague y no da lugar a confusiones. Con ese nivel de certeza, Linklater presenta además a los personajes reales: Jean-Luc Godard, Jean Seberg, Jean-Paul Belmondo, François Truffaut, Claude Chabrol, Georges de Beauregard, Raoul Coutard, Suzanne Schiffman, Pierre Rissient, Raymond Cauchetier, Agnès Varda, Eric Rohmer, Jacques Rivette, Jean Cocteau, Roberto Rossellini, François Moreuil y un largo etcétera. Todos son presentados en planos medios con el nombre sobreimpreso, evitando caer en la tentación de hacer que los personajes se llamen por el nombre y apellido para que el espectador sepa quién es cada uno (si no vieron Camino duro: la historia de Dewey Cox -Walk hard: the Dewey Cox Story- véanla, tiene un gran chiste al respecto, y muchos otros chistes geniales más). Hay algo escolar en ese modo que elige Linklater, pero no deja de ser divertido, porque la presentación de personajes se extiende mucho más allá de lo recomendable y la acumulación de nombres propios, incluso con algunos que no tienen demasiados parlamentos, parece más que nada una broma sobre el carácter enciclopédico de las malas biografías. Nouvelle Vague se abre así al espectador para que cada uno juegue a descubrir la mayor cantidad de personajes, como si fuera un concurso cinéfilo. Incluso, para los fanáticos de la mímesis, el casting es perfecto y el parecido entre los personajes reales y quienes los interpretan es asombroso.
Sobre esta cáscara entonces Linklater cuenta la Nouvelle Vague pero desde la figura de Godard y del rodaje de Sin aliento (À bout de souffle). Logra el milagro de recrear la macro hablando de la micro, básicamente porque encuentra en ese proceso los principales temas de aquel movimiento pero además de su propio cine. Como decíamos, la juventud, los riesgos del paso del tiempo y el encuadramiento en las necesidades del sistema, la libertad y el costo de alcanzarla, la amistad. En el comienzo vemos a un joven Godard maldiciendo el hecho de que es el único integrante de la mítica revista Cahiers du cinéma que todavía no ha dirigido ninguna película, mientras otros no sólo que ya debutaron sino que además van por el segundo largometraje. Entonces la oportunidad llega y el rodaje de Sin aliento abarcará el resto de la película, que Linklater filma como una comedia alocada en la que las disputas entre el director y el productor son decididamente hilarantes, entre las necesidades artísticas y los caprichos del primero, y la mirada meramente economicista e industrializada del segundo. Pero lejos de una mirada descarnada hacia el mundo del cine, lejos de las Babylon (Idem) y mucho de este cine contemporáneo abrazado a la miseria y la misantropía, Linklater construye una película de un cariño enorme por eso que tiene para contar, por sus personajes y por los espectadores, a los que lejos está de someter a un maratón de la desgracia.
En Nouvelle Vague hay momentos realmente divertidísimos y el registro de un instante del cine en el que tenía la posibilidad real de ser un arte revolucionario. Los antojos de Godard son cada vez más extremos en lo que muestra la película, entre jornadas en las que no se avanzaba más allá de alguna toma porque el guion era escrito en el camino y se le habían terminado las ideas. Linklater filma todo eso sin dejar de lado los grandes éxitos en algunas frases para el mármol, pero dándole un aire de ligereza infrecuente para una película que bajo otra mirada se hubiera vuelto excesivamente seria y pedante. Nouvelle Vague es todo lo contrario, una osada aproximación al movimiento más icónico de la historia del cine, más como un grupo de jóvenes que se animaban a la improvisación que cercanos a esa imagen de dureza intelectual y formal con que se los referencia siempre. Y lo hace con sabiduría, volviéndose tranquilamente una película que puede convertirse en llave para espectadores que no conozcan aquel cine.
El estado de gracia en el que se encuentra Linklater aquí es tal, que hasta tiene la clarividencia para construir una escena que funciona como síntesis no sólo de la película sino de su mirada al respecto. En ella vemos a Roberto Rossellini visitando la redacción de Cahiers du cinéma, elucubrando un discurso sobre el cine, el sentido de hacer películas y el carácter moral que se oculta detrás de esa acción. Mientras él habla, todos los cahiers lo miran embelesados, en una escena que bien podría convertirse en material para el mármol de la historia, pero con un ligero movimiento genial Linklater baja el aura de la pedantería de un hondazo y lo trae a la tierra, con nosotros, los mortales. Es que Rossellini, el hombre que hablaba del cine como un hecho moral, el que volvía intelectual el proceso de hacer películas, se abalanza sobre un plato con sanguchitos porque, al fin de cuentas, el hombre es humano y tiene necesidades gastronómicas como cualquier mortal. Y cualquier parecido con ciertos intelectuales que transitan los festivales de cine poniéndose la mano en el mentón para opinar sobre las películas, mientras no se pierden ningún ágape, es pura coincidencia.

Por cierto que Linklater sabe que el cine es esencia, pero también apariencia, mucho más en una película como esta que rinde tributo al mito, por lo que en definitiva no importa cuán real se vea. Como en su filmografía, aquí está presente nuevamente la textura del cine, ese verosímil tan propio de la pantalla, más allá de lo cercanos que puedan parecernos sus personajes (y aquí construye un Godard mucho más simpático que el Godard que suponemos). Y en esta película el envoltorio es clave, para retratar ese 1959 con un nivel de precisión envidiable, en una acumulación de dirección de arte, vestuario y fotografía que vuelven a la película, además de todas las virtudes narrativas que tiene, una delicia para los ojos. Y además tiene un casting perfecto (muchos de ellos actores franceses ignotos), en el que sobresalen Guillaume Marbeck (Godard), Zoey Deutch (Seberg) y Aubry Dullin (Belmondo), no sólo por sus actuaciones perfectas, sino porque además logran capturar la esencia de sus personajes. El ángel entre Deutch y Dullin recreando la química entre Seberg y Belmondo es una de esas cosas que sólo el cine puede generar con su capacidad de convocar mitos y fantasmas.





















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