Weapons: una espiral de relatos

Reseñas generales

El comienzo podría ser el de algún cuento de hadas perdido e inédito de los Hermanos Grimm: una narración infantil que cuenta la historia de unos niños de un pueblo que, exactamente a las 2:17 de la madrugada, salieron corriendo de sus casas con los brazos abiertos y, en casi completo silencio, se fundieron con la oscuridad. Al día siguiente, cuando la maestra Justine ingresaba a su clase, se topó con un aula completamente vacía, excepto por la presencia de un solo niño, Alex. Aquel inicio, cargado de lo feérico y lo terrorífico, magnetiza al espectador desde un primer instante en Weapons, de Zach Cregger.

 

El director era conocido por sus trabajos de comedia como Miss Marzo (2009) o The Civil War on Drugs (2011), cuando en 2022 sorprendió con su primera película de terror, Barbarian. La obra jugaba con las convenciones del género de forma que conseguía subvertir las expectativas de manera constante para ofrecer una narrativa fresca y enmarcada dentro de un subgénero que en Argentina maneja tan bien la escritora Mariana Enriquez, el cual mezcla el terror con diferentes subtextos de índole social. En ese caso, temas como el abuso sexual fueron condensados en conceptos cinematográficos de una manera innovadora y horrorosa. 

El comienzo parecería ser el de un cuento de hadas.

Weapons toma el listón dejado por aquella obra, pero se le añaden muchas más capas de narrativa, tonos y estructura. Si Barbarian jugaba a la mitad de la película con el cambio de punto de vista, Weapons subió la vara al ser una obra que se asienta directamente en lo coral. El recurso de la pluralidad de voces no es simplemente un medio para agilizar el relato, sino que funciona como un rompecabezas cuyas piezas el espectador va reuniendo, comparable a la estructura —salvando las distancias— de Rashomon (1950) de Akira Kurosawa. Como diría el director Billy Wilder, el espectador debe sumar los 2+2 que el realizador dispone (y no dejando un explícito “4”), y Cregger es audaz al no subestimar a la audiencia. Aquel grafiti de “bruja” en el auto de la maestra no solo es una pista o un flashforward (levemente erróneo pero verdadero en cierto sentido), sino que su autoría se revela de una forma inteligente y fuera de campo: la pintura que a Archer le quedó sin usar para una construcción. Solo con un plano de las latas fue suficiente para saber que fue él quién lo hizo.

 

Aquel rompecabezas se va armando poco a poco en lo que podría ser un espiral. La cámara se posa en los hombros de Justine (Julia Gardner), para luego moverse a los de Archer (Josh Brolin), los del policía Paul (Alden Ehrenreich), los del adicto James (Austin Abrams), los del director Marcus (Benedict Wong) y, finalmente, en los de Alex (Cary Christopher). En ese trayecto, hay puntos de intersección como los que Archer señala en el mapa pero entre las diferentes perspectivas. Y si bien hay, por breves lapsos de tiempo, ciertas repeticiones, la cámara no es reiterativa; por el contrario, el montaje certero expone secuencias que vienen a rellenar vacíos no mostrados anteriormente, por lo que los diferentes arcos se vienen a resignificar una y otra vez: Paul había tenido un día duro antes de reunirse con Justine (la herida en la mano ya lo anticipaba) y su trabajo estaba al borde del precipicio, James no iba a la comisaría para denunciar al policía, sino para denunciar sobre dónde estaban los niños y Marcus se había convertido en una especie de arma embrujada teledirigida a causa del embrujo de Gladys (Amy Madigan). A medida que los puntos de vista se suceden, la espiral se va cerrando. Pero como en toda espiral, no hay fin. El secreto del film se esconde ahí, en el centro más diminuto e invisible, y ni siquiera es develado de forma muy explícita: queda, de nuevo, en el espectador rellenarlo.

Los indicios se van develando en sueños.

Alrededor de aquella atmósfera de cuentos de hadas, de niños perdidos y de una bruja que los captura, se encuentran pintados aquí y allá trazos de comedia y hasta de relato policial. Mezclar tantos tonos en un mismo caldero y que en el proceso surja una poción orgánica no es tarea nada fácil y Cregger lo realiza con una mano maestra. Las pistas ya están dispuestas de manera inteligente desde el principio, y curiosamente no es el policía el que logra develar el misterio, sino la maestra y el padre de uno de los niños desaparecidos. La antesala del descubrimiento son fragmentos de indicios que se van colando en los sueños, casi como si los niños pudieran solo comunicarse a través de estos o como si la brujería usada se estuviera desparramando por todo el territorio onírico. Hasta que, primero, Archer sigue las grabaciones de las cámaras para marcar sobre el mapa la dirección de los niños, y luego Justine otorga la pieza faltante y de la cual ya sospechaba: la casa en donde vive Alex. A esta altura, sobreviene el último relato coral, que completa las piezas faltantes. 

 

En sueños de Archer, levita un arma gigantesca con el número 2:17. El título original de la obra es justamente Weapons, “armas”. Y esto tiene diferentes implicaciones. Por un lado, el más a la vista: las personas que Gladys controla son usados como misiles teledirigidos, humanos reducidos a la fuerza de sus cuerpos, controlados por su propia consola hecha de ramas de un árbol maldito y pelos de cada uno, que puede utilizar a su voluntad para que impacten contra otros cuerpos o para reunirlos en la casa que toma. 

La fotografía es precisa y sugestiva.

Por otro lado, se puede encontrar una acepción para metaforizar las masacres en escuelas en Estados Unidos. El único niño que no cae bajo el influjo de su tía es uno callado, tal vez reprimido, al que constantemente le hacen bullying y que, tal vez de forma inconsciente, acciona contra sus compañeros como haría un tirador escolar. Pero la acepción podría ser otra: la de una víctima de abuso al que le apuntan con un arma para que no hable, para que no se exprese ante las autoridades y devele un crimen intrafamiliar. Cierto eco de una famosa fotografía que muestra a una niña corriendo desnuda en plena guerra de Vietnam (conocida como La niña del napalm, tomada por Nick Ut) se encuentra en la manera en la que aquellos niños poseídos se mueven, una imagen que el director afirmó que lo podría haber influenciado de manera inconsciente. Y en el trayecto, tampoco falta el guiño a The Shining, con la cabeza de la madre de Alex saliendo de entre las maderas de la puerta, una película en la que, en parte, también se expone a todas luces la violencia intrafamiliar. La maestría de Cregger, y algo que también aclara en entrevistas, es que él tampoco termina de interpretar del todo los subtextos de su propia obra y que, de nuevo la regla de Wilder, deposita en la audiencia el poder de terminar de desentrañarla. 

 

Todos los recursos audiovisuales están dispuestos con el fin de generar aquel punto de intersección del encanto del cuento de hadas, la risa del humor negro y el miedo de un relato de terror. La música del mismo Cregger (junto a Hays y Ryan Holladay), por momentos ominosa, por momentos tensa, se combina con la fotografía precisa y sugestiva de Larkin Seiple y las interpretaciones fuertes de Garner, Brolin, Ehrenreich y la nueva promesa de Cary Christopher. La secuencia que condensa los diferentes componentes, cual oxímoron casi imposible, es la final. Alex se empodera utilizando él mismo las herramientas de su abusadora y corta la ramita con el cabello de Gladys. Los 17 niños capturados se activan y se dirigen hacia ella. En una secuencia que combina apoteosis, gracia y horror, la persiguen por diferentes casas hasta que se abalanzan sobre la bruja, descuartizándola en una de las mejores escenas gore del año. La espiral tal vez concluye en la pantalla, pero los ojos de aquel niño de mirada perdida, en brazos de Archer, permanecen en las retinas del espectador mucho después de terminada la obra.   


Nota por Alex Dan Leibovich | Periodista | Redactor en Peliplat y Erramundos.


Publicado el 11 de agosto del 2025, 7.23 PM | UTC-GMT -3.


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Comentarios 4

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Camilo muñoz jaramillo5 de septiembre de 2025
Lograste transmitir esa atmósfera ominosa tan característica de Weapons, donde lo cotidiano se quiebra y se convierte en horror. Me impacta cómo subrayas la estructura fragmentada y cómo cada voz encaja en esa espiral narrativa que nunca te deja despegar la atención...esa tensión acumulada no surge del golpe, sino de la inquietud creciente. Además, tu énfasis en la fragilidad social (entre el alcoholismo, el dolor y la manipulación) le da ese peso simbólico que convierte el horror en algo profundamente real. Gracias por revelarnos ese retrato tan matrizado del miedo contemporáneo.
M
Mirella Pomares14 de agosto de 2025
Ayer fui a verla, quedé maravillada!!! Con ganas de quedarme en la sala para volverla a ver. Muy bueno tu articulo!!! Coincido totalmente con la versatilidad del director!
M
Mari Stocco13 de agosto de 2025
Me encanta cuando una película de terror no solo asusta, sino que te deja pensando. Weapons me atrapó por cómo combina tantos tonos: policial, comedia negra, terror… y que de alguna forma todo encaje. La lectura sobre las masacres escolares me pareció durísima y muy vigente, y lo de la violencia intrafamiliar me dejó incómoda (en el buen sentido). Lo de los sueños como canal de comunicación me pareció poético y perturbador al mismo tiempo. Y ese final, con los niños persiguiendo a Gladys… todavía lo estoy digiriendo. Es gore, pero con un extraño aire liberador.
J
Jeroo Casco12 de agosto de 2025
¡Que final por favor! Quedé obsesionado con esta película y todo lo que rodea a su director, se nota que es un tipo muy inteligente y que no tiene miedo a proponer algo radicalmente diferente. Entendió que una gran porción de la audiencia estamos con hambre de propuestas frescas y originales, y cuando eso se combina c una gran campaña de marketing y una ejecución maestra, terminamos teniendo esto. Yo sabía que te iba a gustar, algo me lo decía jejejeje no sé si te paso a vos pero antes de que arranque pasaron el trailer de Together, el combo fue mortal jajajaj

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