Sí, Chef: Lo hicieron de nuevo (una sinfonía agridulce)
RecomendacionesThe Bear irrumpió en la discusión ¿seriefila se podría decir? hace tres años teniéndonos a todos hablando sobre esta especie de “soft Goodfellas en clave culinaria” que nos contaba la historia de los Berzatto, específicamente de Carmy, un obsesivo y roto chef en proceso de duelo que intentaba levantar “The Beef”, el local de comidas que le había dejado su hermano tras suicidarse por las deudas y otras cuestiones que poco a poco entenderíamos con el pasar de los capítulos. El corazón de la historia, caótica y lúcida a la vez, nos estrellaba en la cara lo que parecían escenarios de la vida real de estas personas, conglomeradas en un frenético montaje al mejor estilo Scorsese de sus primeros años. El furor fue tal que, a los pocos días de estrenada, fue anunciada una segunda temporada.
Poco a poco, con algunos flashbacks, algunas conversaciones en el patio trasero del local y dentro de él también, entre salsas y otros líquidos que volaban en la pequeña cocina, relojes que no paraban de hipnotizar a Carmy y muchos “¡Sí, chef!”, comenzamos a entender a estas personas y no a los personajes. Porque The Bear, y repito la palabra hasta el hartazgo, se siente demasiado real. Y no es un capricho de mi opinión, se siente así. Me atrevería a decir que nadie podría sentir algo distinto, se tenga posición, ideología o filosofía diferente al respecto. Es así y no hay mucha discusión.
¿Y saben qué? Está bien que así sea, la serie nunca intentó plantear específicamente una fuerte posición política o social de sus involucrados. Estamos hablando de seres humanos que tratan de sanar sus heridas en un entorno de trabajo que por más desordenado que parezca, los termina uniendo al final. Sin mensajes subliminales ni panfletos partidarios. Directa. Empática. Inteligentemente, su creador, Christopher Storer, les da la suficiente importancia a todos los involucrados como parte de este sentido de resiliencia, lealtad y solidaridad que existe en ellos. Y es que Storer, estableciendo un paralelismo con su propia experiencia, entiende a la perfección lo que verdaderamente requiere crear algo bueno y sólido cuando hablamos de cine, o en este caso, una serie: es un trabajo en equipo.

Actuaciones que parecen extraídas de un documental, una banda sonora cuidadosamente seleccionada para realzar el sentimiento, diálogos afilados y sensibles a la vez, el ritmo balanceado. A estas alturas no hay dudas de que convertir a The Bear en un nuevo clásico moderno parece algo inevitable.
Pero la tercera temporada planteó algo inesperado, por lo menos para mí. Tras el final de "The Beef" como lugar de trabajo en la segunda temporada, llegó finalmente “The Bear”, lo que todos esperábamos (o lo que quizás su creador quería que esperáramos). Un nuevo desafío en la familia Berzatto. El tan ansiado pez gordo. El sueño o deseo de Mikey Berzatto. La obsesión de Hollywood por –paradójicamente– la obsesión, perfección y ambición del ser humano, me llevó a explorar lugares que no quise recorrer. Lugares que la serie me obligó en cierta manera a meditar y reflexionar, y de las que entendí posteriormente que no quería ser parte. The Bear entonces se convirtió en tres series a la vez: la versión dulce, la salada y la agridulce.

En su versión salada nos adentramos en una aproximación al costado más "italiano" de la historia. Intensa, repleta de choques y predispuesta a dilatarnos las pupilas en tiempo récord. Concebida solo para mostrarnos que el ser humano está hecho para el problema, pero que también puede ser neutralizado con una pizca de azúcar luego de la confrontación. Al fin y al cabo, nada es para siempre. La versión más rockera fue la que shockeó, nos dejó con la boca abierta, queriendo saber más, pensando si estos problemas se convertirían en un sádico juego de revolear cuchillos, sangre y masacre por donde sea. Y aunque sabíamos que esto no escalaría de tal manera, nos excitaba.
Se podría decir que la versión dulce llegó de la mano de Marcus, el pastelero de The Bear, recién en el cuarto capítulo de la segunda temporada. Si bien hubo mínimos destellos de calidez a lo largo de todo ese recorrido, el haber viajado a Dinamarca junto al relajado cocinero supuso el primer cambio de ritmo. Más pausado, meditativo. La serie entendió que tiene que haber calma antes de la tormenta. Y sino recordemos la cena de Navidad más caótica que tuvimos dos capítulos después. Aquí es donde entra la versión que probablemente más me gusta.

Ya lo dijo Richard Ashcroft hace veintiocho años mientras caminaba despreocupado por las convocadas calles de Londres sin importarle que sucedía a su alrededor con su hermosa y radical “Bitter Sweet Symphony”:
"Porque es una sinfonía agridulce la vida.
Intentando llegar a fin de mes, eres esclavo del dinero y luego mueres.
Te llevaré por el único camino que he recorrido.
Ya sabes, el que te lleva a los lugares.
Donde todas las venas se encuentran, sí."
Tras enfocarse mayormente en los traumas generacionales y en las inseguridades colectivas de la sociedad posmoderna en su tercer temporada, la serie vuelve a realzar el sentido agridulce de la vida como nunca en la cuarta. Ese que todos palpamos en nuestros labios cuando nos levantamos. Esa extraña sensación de invitarnos a vivir un maravilloso día a pesar de los problemas que nos aquejan. ‘The Bear’ no conoce de derrotas absolutas, pero sí conoce de derrotados que se levantan, caen…y se auto impulsan para seguir adelante. Y sino encuentran la fuerza, siempre tienen una mano que los sostiene.

Nuestro querido Carmy, en un proceso de curación interna, se lo puede ver más calmo que nunca. Sí, puede que tenga algunos efímeros e intensos momentos donde se deslice su devoción por el rango de Al *Dios de la Exaltación* Pacino, pero Jeremy Allen White destila personalidad y carácter en su Carmy Berzatto como si fuera una intravenosa sacudiendo vitalidad renovada para el joven actor. “Hey, I'm acting here!”, nos dice el extraño de ojos azules mirando los nuestros. Su consagración, si me permiten el atrevimiento, viene por parte de dos factores difíciles de conjugar: el arte de actuar y decir sin decir nada. Pero esto no es algo nuevo, pero sí, repito, consagratorio.
¿Y el resto? Bueno, todos siguen siendo maso menos los mismos de antes. Empatizar con la bondad y el desequilibrio de Sydney, el suave delirio de Richie, la alborotada y tierna estupidez de los hermanos Fak, la calidez y sencillez de Marcus y las ganas de superarse de Tina jamás fue tan fácil como ahora. Los conocemos. Sabemos quiénes son. No por eso ‘The Bear’ peca de a ratos en esto de extender su relato como si fuera una biblia abierta, pero no por eso los dejaría de lado. Lo hicieron de nuevo. Me invitaron a la sinfonía agridulce de la vida y yo, que muchas veces prefiero o algo demasiado salado o demasiado dulce, tuve la dicha de encontrarme con ellos nuevamente.
POR JERÓNIMO CASCO
Publicado el 5 de JULIO del 2025, 12.01 PM | UTC-GMT -3
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