F1: El "No Pienses, Solo Hazlo" según Kosinski
Reseñas generalesFue un día feriado. Por suerte no trabajaba. La noche anterior me había dispuesto a iniciarme en la movida de las Avant Premiere y funciones de prensa gracias al posteo de un colega en Instagram que me había motivado lo suficiente como para seguir el mismo camino, y contacté a una especialista en lanzamientos de películas con varios años de experiencia para ver si tenía algún lugar en los eventos que ella organizaba. Me contestó con un simple:
“Tengo dos pases para ver ‘Top Gun: Maverick’ mañana a la mañana en el IMAX”.
Le hablé a un amigo de toda la vida, me dijo que contara con él, y a la mañana siguiente nos encontramos en un punto medio para llegar al cine más inmersivo de todos. Era un día de lluvia, mis expectativas eran nulas y las de él también. Ni siquiera tenía noción de que había una secuela del clásico de los 80s a estrenarse. Luego de unos gloriosos ciento treinta minutos de pura adrenalina y testosterona ochentosa, llegó la revelación: mucho tiempo había pasado desde que no vivía una experiencia en el cine como la que me brindó la tardía continuación de ‘Top Gun’. Joseph Kosinski se convertía en mi nuevo héroe. Tom Cruise se posicionaba tercero en mi panteón de los dioses del cine como la tercera leyenda viva más grande del cine después de Martin Scorsese y Steven Spielberg.

Tres años después lo sigo confirmando: amo tanto ‘Top Gun: Maverick’ como desde aquel 25 de mayo del 2022. Sé que es una película ideada para consumir pochoclos, sé que contiene cientos de cliché muy bien distribuidos a lo largo de todo el metraje, pero también sé lo que me hizo sentir en su momento, de manera genuina, sin preconceptos, sin idealizaciones al respecto. Crudo, directo. Al hueso. Sé que me hizo llorar y me hizo reír, sé que me empujó a querer indagar un poco más sobre los aviones de caza F-14, F-15 y F-18, sé que me dieron ganas de jugar al futbol americano por un rato, pero también entendí cual es el punto con toda esta clase de películas.
A lo largo de las décadas Hollywood nos inculcó una cultura muy específica, o una idea en tal caso, que hoy inconscientemente damos por sentado sin refutar: no importa quienes se metan en el camino o qué métodos se utilicen, los norteamericanos son los mejores del planeta en absolutamente todo lo que se propongan. Ni siquiera hace falta dedicarle dos horas o un poco más a los clásicos de antaño, ni a los modernos tampoco. Con solo ver las noticias, scrollear un poco en Instagram o ver algunos videos en YouTube, instantáneamente el enorme poder marketinero que tienen nos hacen convencernos de que no hay fuerza en esta tierra mayor que la que guía a los yanquis.

“No pienses, solo hazlo”, le dice el personaje de Maverick (Tom Cruise) a Rooster (Miles Teller), el hijo del fallecido Goose en la primera entrega, en un momento clave del primer clímax de la película y haciendo alusión a las palabras del filósofo italiano Horacio. Y en esas simples palabras se puede resumir este sentimiento que reflejamos al ver la bandera estadounidense. ¿Pensar forma parte del hacer? Seguramente, pero también pensar puede suponer el no arriesgarse. ¿Existe algo único en el ADN de Norteamérica, algún nucleótido superior, alguna clase de azúcar desconocida por el resto del mundo?

La semana pasada Warner Bros. me invitó a ver F1, la última experiencia inmersiva de Kosinski que se estrena en cines esta semana, y que contiene una estructura (o un ADN, como para seguir por la misma línea) bastante similar a la consagrada TPM:
El rebelde que nunca pudo llegar a la gloria ahora es visto como una leyenda en decaimiento, y es obligado en cierta parte a regresar a su zona de confort para enseñarle al novato -que probablemente siga sus pasos- un par de lecciones de vida mientras lidia con sus propios demonios.
El planteo y la fórmula es exactamente la misma, pero termina funcionando. Está la chispa, el carisma, están los estereotipos y el ego en exceso…pero también existe un fuego interno que domina a los protagonistas y que parece imposible de apagar.

¿Cómo logramos un balance entre el pensar y el hacer? Sonny Hayes (Brad Pitt en el rol menos complejo pero encarnando el tipo de rol más popular en su carrera) refleja este equilibrio mediante sus pensamientos y sus decisiones y sus acciones. Hayes se levanta por las mañanas, practica carreras en un simulador por varias horas, trota alrededor de la pista y minutos antes de salir a la competencia rebota dos pelotas de tenis contra una pared con sus dos manos para mejorar el balance en el manubrio. Mientras tanto, Joshua Pearce (Damson Idris), la joven promesa de la compañía APXGP, es constantemente abrumado por su representante, posa para las fotos y chequea el celular cada tres minutos. Él se considera a sí mismo como una futura leyenda, pero todavía no entiende que lo importante es disfrutar el camino, uno de los males propios de la generación Z.
Sonny piensa cuando está en la pista, Joshua lo hace cuando está fuera. Piensa en los patrocinadores, en las estadísticas y en la cantidad de seguidores que tiene en Instagram. Sonny combina el pensar con el hacer, mientras que el joven los separa. Esto es algo que probablemente nos lo da la experiencia, la sabiduría de entender que el tiempo se nos escurre en las manos, tal como lo hace Sonny en la recta final. “Está volando”, dice el personaje interpretado por Kerry Condon, una ingeniera encargada de diseñar los autos. Sonny consiguió ascender a la cima y dejar su huella, pero no lo hizo solo, también aprendió que a veces ser el mejor no se consigue estando escondido en las sombras.
POR JERÓNIMO CASCO
Publicado el 26 de JUNIO del 2025, 11.57 PM | UTC-GMT -3
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