Una batalla tras otra (2025): una idea tras otra
Reseñas generalesDesde que se lanzó el trailer, hace meses ya, la expectativa por Una batalla tras otra (One battle after another), la nueva película de Paul Thomas Anderson, era altísima. Bueno, en verdad como cada vez que se anuncia una nueva película suya. De hecho, a raíz de ese tráiler hemos hablado por estas páginas sobre el humor en las películas del director de Magnolia (Idem), un humor lunático que ha sido atravesado por esa anchísima avenida de doble mano cómica que es la obra de Adam Sandler. Sobre todo, el Sandler de los comienzos, ese que exploraba especialmente la ira como instrumento humorístico. La comedia aparecía subrepticiamente en varios pasajes del avance de Una batalla tras otra, como estirando el universo absurdo y fumón de Vicio propio (Inherent vice), para nada curiosamente también adaptación de una novela de Thomas Pynchon. Pero había, además, otro elemento extraño, porque si bien Anderson ha mirado la historia de su país a través de su cine en reiteradas oportunidades, nunca como aquí algunas imágenes alucinadas nos prometían un retrato de la América tensa de estos tiempos con ese cruce entre militares y agrupaciones terroristas, y embarazadas con metralleta, y monjas en el medio del desierto, y karatekas revolucionarios. Una batalla tras otra nos prometía, entonces, algo de política atravesada por un tono farsesco indudable, pero nos termina entregando más, mucho más, y en ese más es donde la maquinaria perfectamente imperfecta (luego volveremos a esto) del cine de Anderson comienza a hacer un poco de ruido.
Anderson, junto a Tarantino, son dos de los directores más importantes del cine norteamericano surgidos en aquella década de 1990. Y si pienso en Tarantino no es sólo porque en Una batalla tras otra aparecen elementos del cine del director de Tiempos violentos (Pulp fiction), sino porque es imposible pensar la película de Anderson sin pensar en el cine de Tarantino, especialmente Bastardos sin gloria (Inglourious basterds) y Había una vez en Hollywood (Once upon a time in... Hollywood), que son aquellas en las que el director se puso a dialogar con el mundo, con lo que pasa afuera de las películas. Anderson, como Tarantino, son dos directores sumamente cinéfilos. Sin embargo, las referencias son más evidentes en Tarantino básicamente porque es más lúdico y le gusta hacer esos batidos proteínicos de cinefilia donde entra todo lo que ha visto. En el caso de Anderson, aunque menos evidente en sus mecanismos, podemos adivinar sus preferencias: Altman en Magnolia; Scorsese en Vivir del azar (Hard eight), Juegos de placer (Boogie nights) o Licorice pizza (Idem); Welles en Petróleo sangriento (There will be blood); incluso Hitchcock en El hilo fantasma (Phantom thread); y hasta podemos sumar a los Coen en Una batalla tras otra; y por qué no Hal Ashby como modelo de ese cine independiente de los setenta que Anderson parece mirar siempre de reojo. Las películas de Anderson no funcionan como homenajes ni se sostienen a fuerza de guiños, pero la influencia está presente en los temas que elige y en cómo decide expresarlos, sin que dejen de ser obras personales con sellos identificables. Por eso, podemos entender Una batalla tras otra como la decisión del director por animarse a salir del cine, de dejar de justificarse sólo hacia adentro y explorar el mundo exterior, de prolongar su mirada. De ahí la comparación con Tarantino.

No podemos decir que el director de Perros de la calle (Reservoir dogs) sea un tipo sutil, pero sí que maneja diversas capas de sutileza. Bastardos sin gloria (su mejor película) es explosiva y pirotécnica, y para más detalles termina con un cazador de nazis tallando la frente de uno y diciendo orgullosamente a cámara “esta es mi obra maestra”. En ese plano, y en el hecho de prender fuego un cine con Hitler adentro, Tarantino es un tipo de ideas radicales expuestas con esa sinceridad que puede ser confundida con brutalidad. Sin embargo, en otras líneas, en esa que habla del lenguaje y del cine y de la historia, Bastardos sin gloria es una película fina, elegante, de pasos intrigantes y complejidades. De la misma manera que lo es Había una vez en Hollywood para modificar la historia real y reflexionar sobre el cine, el imaginario que sientan las películas, el verosímil, lo iconográfico y las vidas tras los mitos, mientras por otro lado los personajes se sacan de encima a un grupo de asesinos imbéciles prendiéndolos fuego con un lanzallamas. Tarantino logra que ambas películas funcionen en su doble sentido, porque separa los discursos y sabe cómo complejizar uno mientras el otro puede sentirse más libre y provocador y brutal. Esto mismo podríamos aplicarlo a Anderson y Una batalla tras otra, película en la que piensa una operación similar a la que hace Tarantino, pero donde no logra encontrar esa doble línea. Y si por momentos, por ejemplo todo el prólogo, utiliza de manera perfecta herramientas cinematográficas como el montaje para narrar sin tener que dar demasiadas explicaciones, por otro lado cede tentadoramente a los encantos del subrayado para dejar en claro que si bien su sátira desbocada mira con sorna para todos lados, de izquierda a derecha, no deja de posicionarse en un lugar. Y el suyo termina siendo un espacio tranquilizador, necesario en estos tiempos donde la ambigüedad -llamativamente en gente que dice querer romper con lo binario- está mal vista. No vaya a ser cosa que algunos se confundan y lo quieran cancelar como con Licorice pizza. Y ahí tenemos al personaje de Sean Penn, imposible con su sobreactuación, como caricatura irredimible, más allá de las ideas que ese villano persigue y milita. Si pensamos en términos tarantinescos, Una batalla tras otra es como Django sin cadenas (Django unchained). O, peor, como Los 8 más odiados (The hateful eight). Esos sí, ejemplos de pasos en falso respecto a Tarantino y la reflexión histórica.
Entonces podríamos definir a Una batalla tras otra como una película fallida, aunque estaríamos faltando a la verdad, porque el film de Anderson tiene tantos momentos notables que avergonzarían al 99,9% de las otras cosas que pasan por la cartelera durante el año. Sí hay algo en el tono que se vuelve un poco antojadizo, con ese prometido humor absurdo que entra y sale volviendo inconsistentes a los personajes, y ahí lo tenemos al Bob de Leonardo DiCaprio (en tal vez la mejor actuación de su vida después de Atrápame si puedes -Catch me if you can-), siendo medio salame en algunas escenas pero inteligente en otras. Digresión: si mencionábamos a los Coen, hay algo aquí que parece ir de Fargo (Idem) a Sin lugar para los débiles (No country for old men), para detenerse en El gran Lebowski (The big Lebowski) y el Dude, con este ex revolucionario en bata que es metido en una aventura un poco a su pesar. Todo ese tramo humorístico que va de DiCaprio saliendo a buscar a su hija y olvidando contraseñas, cruzándose con el sensei de Benicio Del Toro y su captura final, es por lejos lo mejor de la película. La caída desde una terraza y la forma en que el cuerpo cae luego de ser aprehendido por unas Taser es digno de Buster Keaton.
Para volver al camino, retomemos un concepto arrojado velozmente más arriba, que es aquello de pensar al cine de Anderson como una maquinaria perfectamente imperfecta. Lejos de padecer esto, Anderson lo goza en una extensión de sus ideas que parecen nacer con esos travelings furiosos tan propios, donde el camino de la cámara pocas veces es el esperable. Sus películas también se desvían, se van por las ramas, se valen de lo coral para construir mini-relatos que hacen al relato general con subtramas a veces perdidas y otras más potentes. No es una falla, más bien un valor, una marca autoral que ha fortalecido con el paso del tiempo. Sin embargo, Una batalla tras otra es su película más concentrada en el cuento, donde más que secuencias filma consecuencias de secuencias anteriores. No hay nada antojadizo, cada subtrama que se abre tiene relación con lo que les ocurre a los personajes y todo va llevando hacia adelante (las películas más vitales de Anderson, y esta es lo es, son como una fuerza que nos tiran para adelante constantemente) en una narración vigorosa donde los protagonistas siempre se están moviendo y está pasando algo. Y todo confluye en la maravillosa secuencia de la persecución en la ruta, donde Anderson da riendas a su imaginería visual para volver novedoso un cliché del cine: el director homenajea el cine rutero de los setentas con una puesta en escena originalísima que nos vuelve espectadores de una persecución como si nunca hubiéramos visto una persecución en el cine. Y que logra el efecto hipnótico de chupar al espectador y meterlo adentro de la pantalla, sin mayores artilugios que los propios del cine. Otra vez, Anderson, tirándonos para adelante. Rápido y furioso.

Está claro que lo mejor de Una batalla tras otra no son tanto sus ideas sobre el mundo (que son banales, esperables, previsibles, complacientes), sino aquellos momentos en que el director utiliza los temas previsibles para delinear su mirada personal. Y si se habla tanto de la revolución, incluso en un sentido paródico como en algunas escenas, la verdadera revolución de Una batalla tras otra no sería tanto lo político que tiene para decir sino lo que sucede en el epílogo, cuando Anderson, un director que ha hecho de las relaciones paterno-filiales un campo de batalla difícil, filma algunas de las escenas más amorosas que ha filmado en su vida, con un padre y una hija (y DiCaprio nunca estuvo más económico y amable que en estos planos finales). Podemos pensar que a los 55 Anderson se ha reblandecido o podemos pensar que, como Bob, ha decidido que algunas batallas vale la pena seguir peleándolas y legándolas y otras no tiene más sentido. Seguramente de aquello que elijamos surgirá la lectura final que hagamos de la película.





























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