Paul Thomas Anderson, el humor loco
Reseñas generalesSe conoció el tráiler de la nueva película de Paul Thomas Anderson, Una batalla tras otra (One battle after another), y ya estamos todos por las nubes, con mucha ansiedad, esperando su estreno para ver con qué nos sorprende esta vez uno de los nombres grandes que tiene el cine norteamericano contemporáneo. Una batalla tras otra cuenta con el protagónico de Leonardo DiCaprio y las presencias de Benicio del Toro, Sean Penn, Regina Hall, Teyana Taylor, Chase Infiniti, Wood Harris y Alana Haim, un típico elenco de Anderson que presenta un cruce entre estrellas del cine con intérpretes del circuito independiente. Si las películas del director suelen ser una incógnita hasta que las vemos, en este caso ese grado de imprevisibilidad llega a niveles estratosféricos: ¿de qué se trata esta película cuyo avance nos muestra a un DiCaprio con aspecto medio marginal, tratando de organizar un plan para recuperar a su hija y que termina con el actor gritándole a Del Toro, en un perfecto castellano. “¡Viva la revolución!”. El tráiler lo que tiene, sí, es bastante humor, de ese bien loco que le gusta a Anderson, que si bien nunca tuvo directamente una relación con la comedia, sí trabaja en sus relatos cuerdas absurdas que generan un humor extraño. Aquí podemos ver que tras su cruce con DiCaprio, el personaje de Del Toro se oculta en un refugio subterráneo y una alfombra que estaba enrollada se desenrolla sola y tapa el ingreso a ese lugar. Es como la famosa escena de la librería en Súper secreto! (Top secret!) en la que todo pasa para atrás.
En verdad Anderson tuvo relación con la comedia, pero en otros medios que no son necesariamente los del cine. En sus tiempos de estudiante realizó el documental satírico The Dirk Diggler Story (Idem), que sería la base para su largometraje Juegos de placer (Boogie Nights), pero ya cuando su nombre comenzaba a ser importante en el panorama del cine norteamericano, en 2000, año en que estrenó la emblemática Magnolia (Idem), dirigió un pequeño sketch para el Saturday Night Live! (Idem) que se llamó Fanatic (Idem), y que tenía a Jimmy Fallon como Kenny VanMacintosh, conductor de un programa que le cumplía sueños a la gente. Aquí el protagonista es Jason (un Ben Affleck con exagerados brackets), un joven que tenía el sueño de conocer a su amada Anna Nicole Smith (Molly Shannon). Con la estética de la MTV de los 90’s, el sketch tiene esa comedia irascible tan propia del director, donde incluso los personajes llegan a cierto grado de violencia física. Había una parodia a una de esas películas clase B protagonizadas por Anna Nicole Smith y Anderson explotaba la incomodidad de la situación, la torpeza del personaje y la mixtura de estéticas del documental televisivo. Más adelante sería el encargado de dirigir el especial del Saturday Night Live! con lo mejor de Molly Shannon.

Se podría decir que de su relación con el Saturday Night Live! sacó dos vínculos por demás fructíferos. Uno es personal, y tiene que ver con su relación con la actriz Maya Rudolph, ex integrante del staff del programa, con quien está en pareja desde 2001 y con la que ha tenido cuatro hijos. El otro vínculo es con Adam Sandler, una de las estrellas del SNL! de los 90’s, con quien filmaría su siguiente película, Embriagado de amor (Punch-Drunk Love), y lo más cercano a una muestra directa del sentido del humor andersoniano, y además un breve cortometraje llamado Couch (Idem), que es un cruce genial entre el humor de Sandler con el de Buster Keaton.
Embriagado de amor representó por entonces, para los no enterados, un cruce extraño en su carrera, recurriendo a un actor como Sandler que por entonces era el rey de la comedia norteamericana en un registro que los cultores del autor Anderson no frecuentaban. Lo realmente sorprendente de la película es que ese cruce es una potenciación de los universos de ambos, no sólo la introducción del comediante en el mundo del director de Magnolia. Lo que hacía Anderson era tomar el concepto Sandler, tomar ese arquetipo de adulto aniñado con brotes de violencia que el actor había constituido en la primera (y más interesante) parte de su carrera y retorcerlo con un grado de extrañeza inusitado. Era una comedia romántica, pero atravesada por extravagancias varias, empezando con un trabajo sobre el sonido que se relacionaba con la banda sonora de Jon Brion, que se valía de ruidos que potenciaban el carácter entre frágil y explosivo de los personajes. Hay en el tráiler de la próxima Una batalla tras otra, la secuencia en la que DiCaprio habla por teléfono con un interlocutor que le pide una serie de contraseñas, elementos que hacen recordar a las disputas cada vez más violentas entre el Barry Eagan de Sandler y el Dean Trumbell de Philip Seymour Hoffman, en una de sus actuaciones memorables, al nivel de la de Mi novia Polly (Along came Polly). Eagan, ese hombrecito del traje azul capaz de romper el baño de un restaurante a puñetazos y luego salir como si nada, era tanto una construcción andersoniana como sandleriana, definido a partir de algunas frases memorables como aquella en la que decía que “no sé si hay algo mal porque no sé cómo son las otras personas” o cuando le dice a Lena (Emily Watson) con absoluto romanticismo “te miro a la cara y sólo quiero destrozarla. Sólo quiero destrozarla con un mazo y apretarla. Eres tan bonita”. En Embriagado de amor Anderson lleva el concepto de humor lunático a la estratósfera.
Luego Anderson y Sandler coincidirían en el cortometraje Couch, un breve ejercicio de humor físico, sin diálogos y en blanco y negro, donde el actor interpreta a un hombre que va a comprar un sillón y sufre el ataque del mobiliario, sillones salvajes que terminan engullendo a quienes se muestran interesados en comprarlos. El personaje que con breves sonidos y movimientos corporales compone Sandler tiene reminiscencias de esos personajes freaks que interpretaba en sus primeras películas y desde el primer encuadre nos damos cuenta de que estamos en un film de Anderson: una ventana enrejada y un personaje, Sandler, que se presenta inclinándose como para aparecer de cuerpo entero entre los espacios de la reja. Sobrevuela el espíritu de Buster Keaton y de los clásicos cartoon de la Warner, en un corto tan divertido por la violencia in crescendo de ese humor físico como por lo inclasificable de lo que estamos viendo.

Vicio propio (Inherent vice) es otro acercamiento del director a la comedia, aunque aquí los resultados no están a la altura de su talento. Film basado en una novela de Thomas Pynchon, un intento de comedia marihuanera con estética del cine de los setentas, que a los hermanos Coen les salió mejor en El gran Lebowski (The big Lebowski), y con Joaquin Phoenix como Larry “Doc” Sportello, un detective privado que investiga la desaparición de una ex novia. La película es un poco intricada argumentalmente, y sobresalen algunos intentos del director por utilizar a Phoenix como un elemento disruptivo que rompe con la lógica de las reglas de ese universo. El absurdo corporal de Phoenix en esta película parece una extensión de su personaje en la anterior The Master (Idem), la gran obra maestra del director. Salvo que allí todo estaba construido en un plano más grave y trágico, y Vicio propio intentaba ser más ligera y absurda aunque pocas veces daba en el blanco o se dispersaba tanto que era difícil seguirla.
Todo conduce entonces a Licorice Pizza (Idem), esa comedia romántica maravillosa plagada de personajes lunáticos y más grandes que la vida, en la que tengo especial cariño por la incorrectísima creación de John Michael Higgins, en una verdadera declaración de principios de Anderson en tiempos de cancelación boba. Y cómo olvidar también esa subtrama con el personaje de Bradley Cooper o la memorable secuencia de humor físico con un camión marcha atrás. Pero que en su mismísimo cierre tiene una escena que define de alguna manera el humor de Anderson y hasta ofrece algunos ecos de Embriagado de amor. Tras varias idas y vueltas Gary (Cooper Hoffman) y Alana (Alana Haim) corren como Woody Allen en el final de Manhattan (Idem). Corren, corren y corren, y no pueden parar su envión y el encuentro se da con un violento impacto corporal bajo la marquesina de un cine donde proyectan la bondiana Vive y deja morir (Live and let die). Ese choque, esa explosión corporal, ese impacto del amor como algo que golpea violentamente a los enamorados, es uno de los leitmotiv visuales del cine de Anderson, un director que aunque no esté ligado del todo a la comedia, encuentra en algunos tonos y formas la intromisión del absurdo cómico en la vida cotidiana. Podríamos ver incluso eso, en todo su potencial irónico, en la última frase del siniestro personaje de Daniel Day Lewis tras asesinar a Paul Dano en el final de Petróleo sangriento (There will be blood): “Ya terminé”.
































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