Micro budget (2025): la orquesta del Titanic

Reseñas generales

El cine dentro del cine es un subgénero en sí mismo. Y funciona porque se da un doble juego de intereses en el que a los propios involucrados les divierte mostrar ese detrás de escena, que la mayoría de las veces está representado por un caos apenas controlado que sólo se justifica en el objetivo final, que es la película que se estrena dentro de la película; y porque al espectador también le atrae ese husmear entre las rendijas para tratar de interpretar cómo es la vida en un set de filmación, de qué manera esa construcción idílica de lo cinematográfico es apenas una superficie que brilla sin un sustento detrás. Pero está la magia -ese concepto abstracto-, y es inevitable descubrir que eso solo sostiene todo lo demás. Como decíamos, ejemplos de cine dentro del cine hay para una enciclopedia, a veces de manera tan recurrente que no podemos dejar de ver una pose narcisista de quienes hacen películas y suponen que sus vidas son tan interesantes que merecen ser reveladas. Podemos citar apenas un par de ejemplos que, también, demuestran las diferentes búsquedas que acepta el concepto: podemos hablar de La noche americana (La nuit américaine) de François Truffaut para encontrar un gran ejemplo de cine de autor, pero también podemos citar Bowfinger, el director chiflado (Bowfinger) de Frank Oz como una muestra de todo lo contrario, de cine popular, de comedia de chistes muy graciosos. Dentro de este panorama, este año se estrenó una película como Micro budget (Idem) de Morgan Evans, que se suma a la lista de grandes comedias sobre el mundo del cine.

Como su título lo indica, Micro budget es una película sobre un director que tiene que administrar un presupuesto bajísimo para rodar una película catástrofe sobre meteoritos, pero que tiene un componente dramático muy espeso más que el propósito de ser un film espectacular. Por el psicodrama que podemos vislumbrar en algunas escenas que se muestran, hay un aire a Impacto profundo (Deep impact), aquella película de Mimi Leder que era un melodrama catastrófico en el que nos importaba más el drama humano ante la extinción que la acumulación de imágenes espectaculares. El primer punto sobre el que pivotea el humor de Micro budget es la presencia del director de la película, personaje con varias características repudiables que luce emocionalmente incapaz de llevar adelante la misión. Bajo su órbita, entonces, aparecen otros personajes, que son los encargados de cumplir los diversos roles dentro de un rodaje, desde los propios actores, al asistente de dirección, del productor, al director de fotografía, sonidista, representantes, el dueño de la locación y mucho más. La capacidad de Micro budget para organizar ese aparente caos es notable, obra del perfecto guion de Morgan Evans y Patrick Noth, pero sobre todo lo es su habilidad para encontrar un chiste, un momento hilarante, un trozo de humor entre incómodo e incorrecto en cada uno de sus personajes y situaciones. Micro budget toma el cine por asalto y se mata de risa con él y también de él.

La película de Evans elige para comunicar sus cosas, y transmitir su comicidad, las formas del falso documental, el viejo y querido mockumentary. Si bien es cierto que no se trata de un registro particularmente novedoso y hay múltiples ejemplos a lo largo del cine, destacando dentro del campo de la comedia la genial Esto es Spinal Tap (This is Spinal Tap), la referencia que aparece inmediatamente al ver Micro budget es la serie The Office (Idem), uno de los mayores eventos culturales del Siglo XXI, que tuvo la plasticidad como para ser una serie muy exitosa, pero además material invalorable para la construcción de memes y demás recursos cómicos contemporáneos. Micro budget apela entonces al rodaje de la película en sí, pero además al rodaje dentro del rodaje, ya que un grupo de documentalistas está registrando lo que sucede en el set. Con suma inteligencia, la película integra el recurso del falso documental y la cámara en mano que observa todo lo que ocurre sin que luzca forzado. Ya en la primera escena, Evans plantea claramente la situación (y las propias reglas de su película), una serie de hilarantes intromisiones dentro del rodaje, que ponen los pelos de punta a Terry, el director. Decíamos de cierta relación entre Micro budget y The Office, al menos desde los recursos audiovisuales, pero es imposible no ver en el protagonista conductas del recordado Michael Scott de la gloriosa sitcom ambientada en la papelera. La diferencia, tal vez, es que si Steve Carell terminaba encontrando el costado humano de su criatura, Patrick Noth profundiza aquí la desagradabilidad, con un personaje que es inseguro, hipócrita, mentiroso y -sobre todo- muy ignorante en varios de sus posicionamientos que exhibe con orgullo. Una gran actuación.

Otra de las claves de Micro budget es que llega para negar esa noción impuesta desde los sectores anti-woke respecto de que no se puede hacer humor en el tiempo presente. No sólo la película hace humor y es sumamente efectiva en la tarea, sino que además hace humor con muchas de esas cosas incorrectas con las que muchos fracasan. Y es efectiva porque es inteligente, porque sabe diferenciar la mirada de sus personajes de la mirada de la película, porque puede sentar una posición sin confundirse con el panfleto, porque le hace decir a sus personajes muchas cosas incorrectas con la mejor cara de póker y sin miedo a las sobre-lecturas. Hay diálogos, que son secuencias, que son recuerdos de comedia inolvidable, como por ejemplo la charla entre el director y uno de sus actores respecto de que su selección se debió a que era negro y gay, pero además ex combatiente, un sobreviviente como dicen los norteamericanos. Inolvidable también la secuencia con el especialista en escenas de intimidad. Y también otro en el que Terry confiesa que para financiar la película compró bitocoins y que una de las monedas tenía un origen nazi. Allí lo que se impone es la sorpresa de descubrir una situación absolutamente ridícula y volverla verosímil dentro del relato. Micro budget surfea ese riesgo de la autoindulgencia del cine sobre el cine, incluso del código demasiado interno para hablarle a un espectador general, enterado, pero también al no enterado. Es una comedia que funciona por la fuerza y precisión de su humor. Y por el empecinamiento de no dejarse llevar por los miedos y las preocupaciones.

Algo que no se puede obviar, claramente, es que Micro budget cuenta además con un seleccionado de intérpretes de la comedia norteamericana, algunos de ellos con personajes de reparto en muchas películas y series. Incluso algunos saliendo en un único plano, como Kate Flannery de -¡ejem!- The Office, o el gran Chris Parnell que hace del dueño de la casa que es usada como locación, o la desquiciada participación de Bobby Moynihan como un inimputable especialista en efectos especiales, o el técnico a cargo de Mike Mitchell o Neil Casey rompiéndola como el mencionado especialista en intimidad. Micro budget podría funcionar como una sucesión de sketches, donde la acumulación de partes le terminen dando un sentido, pero sin embargo se preocupa porque todas esas partes terminen de ensamblarse como un todo. Esa es la lógica del trabajo cinematográfico, el de la serie de individuos tras un objetivo, eso que llamamos el hecho artístico. Micro budget lo expone y se divierte mostrándolo en su faceta más ridícula. A veces bordea el cinismo, pero siempre tiene una salida graciosa y una distancia respecto de lo que cuenta que lo convierten en lo que es, una gran comedia, una de las mejores del año.  

Comentarios 1

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Pantalla Mágica29 de septiembre de 2025
El recurso del mockumentary me atrapa siempre, aunque ya esté medio gastado. Si encima tiene vibras de The Office, yo ya estoy adentro. Me divierte esa incomodidad constante, como si una cámara te espiara cuando decís la mayor burrada de tu vida.

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