¿Somos morbosos por naturaleza? EL JUEGO DEL CALAMAR tiene la respuesta
Aspectos socioculturales
En el 2021 el nombre Hwang Dong-hyuk era prácticamente desconocido para todo el mundo. Pero este director surcoreano, que tenía en mente desde el 2009 una serie que casi sin saberlo revolucionaría todo doce años después, le vendió los derechos de distribución a Netflix en una jugada que resultó magistral. En el 2021, mientras el planeta se encontraba en un punto cúlmine repleto de incertidumbre, dolor y desesperación por la pandemia, apareció El Juego del Calamar en el catálogo de la plataforma de streaming para distraernos, aunque sea por unas nueve horas, de que puertas para afuera todo era un desastre sin escalas. Pero ¿qué tan poco desastrosa en términos de conflicto era la historia de este macabro juego?
El impacto global de la primera temporada fue (y sigue siendo) innegable. La serie surcoreana se convirtió rápidamente en un fenómeno cultural que no solo atrapó a millones de espectadores, sino que también suscitó un debate profundo sobre la moralidad, la sociedad y los límites del entretenimiento. La trama expone, después de conocer al protagonista, un juego mortal en el que un grupo de personas en situaciones desesperadas (y relacionadas sobre todo con las deudas económicas) participa voluntariamente en una competencia cruel, donde deben arriesgar sus vidas en busca de una recompensa millonaria. Pero más allá de la violencia explícita, lo que realmente resalta en El Juego del Calamar es el morbo por ver qué decisiones moralmente oscuras pueden tomar tanto los participantes como los organizadores del juego. Desde la primera temporada, la primera pregunta que me sigo haciendo es:
¿Qué habría pasado si El Juego del Calamar era creada por japoneses?

Es de público conocimiento que en ese sentido el país que vio nacer a realizadores como Takashi Mike, Teruo Ishii o Sion Sono podría haber creado una obra con un culto aún mayor, pero eso hubiese alimentado aún más la sed del espectador, a niveles estratosféricos. El análisis del morbo, entendido como esta fascinación que tenemos algunos seres humanos por lo que es perturbador, macabro o incluso tabú, siempre me pareció fascinante. Incluso hasta nombrar la palabra puede resultar tabú, pero resulta que no tengo vergüenza al respecto. ¿Por qué debería darme vergüenza eso cuando suceden miles de aberraciones todos los días de las que no soy parte? Desde las ejecuciones públicas en la Edad Media hasta el auge de los “true crime” y el extremo sensacionalismo en la actualidad, la sociedad siempre tuvo curiosidad por el sufrimiento ajeno y explorar lo oscuro de la psique humana. Este interés por lo mórbido no solo se limita a lo que podemos palpar en la vida real, sino que trasladó hace un tiempo al ámbito del entretenimiento, especialmente al audiovisual, donde lo gráfico nos atrae como pocos.
La gente pide a gritos violencia explicita, y está más que claro, eso se inserta perfectamente en las narrativas que quiere ver la sociedad moderna, que se siente atraída por obras que no sólo son sustancialmente radicales, sino que también cuestionan y nos plantan las semillas de la duda. Pero la serie, como sucede con casi todas aquellas que inesperadamente triunfan en su primer intento, en la segunda temporada presenta un sinfín de enredos argumentales en donde los personajes se enfrentan a dilemas existenciales y éticos que podrían haber sido resueltos de otra manera. Y nosotros, en consecuencia, nos vemos absorbidos por la cuestión de ver casi como en modo autocastigo hasta qué punto los personajes están dispuestos a sacrificar su moralidad para alcanzar una recompensa material, y cómo esto refleja la desesperación en una sociedad que se machaca a sí misma por querer pertenecer a un cierto estatus. La rueda sigue girando y los ricos se siguen riendo…¿dónde está el punto de continuar con esta historia?

Como es sabido, los participantes no son villanos sacados del “manual para crear antagonistas memorables”, son personas comunes, como vos, como yo. Individuos que, atrapados por la miseria económica y el mal manejo del dinero, se ven obligados a tomar decisiones extremas. Pero un gran error que encontré a lo largo de estas dos temporadas es lo mal escrito que están en algunos casos. ¿Cuántas chances hay de que Seong Gi-Hun, el protagonista absoluto, no podría haber hecho cualquier otra cosa para desaparecer en el final de la primera temporada con todo ese dinero ganado? Y cuando vuelve al juego en la segunda temporada, ¿cómo puede ser que no muestre un ápice de desconfianza por el jugador 001, sabiendo que ese número puede ser potencialmente peligroso? Sí, muchos de los personajes deben confrontar las consecuencias de haber traicionado a otros para sobrevivir, arriesgar su vida por dinero o, incluso, poner en peligro la vida de seres queridos para conseguir su propio beneficio como sucede con la jugadora 149 y el jugador 7, madre e hijo respectivamente. Pero no le encuentro sentido a la lógica que muestran en pantalla.
¿Hasta dónde llegará nuestro límite con esta serie? ¿Qué más queremos o pretendemos ver? La forma en que conectamos emocionalmente con los dilemas de los personajes está íntimamente relacionada con el morbo que genera la serie. ¿Somos morbosos por verla? Yo digo que sí. Aunque, para ser más analítico y no tan vago al respecto, podría argumentar que su popularidad reside en la crítica que se le hace a la sociedad por la representación de estas decisiones extremas, y aunque algunos lo quieran negar, también es cierto que una parte importante de la audiencia disfruta del espectáculo que nos puede brindar la caída moral de estos personajes.

Pero este no es un fenómeno nuevo. ¿Cuántas veces nos hemos sentido atraídos por la figura del antihéroe o de aquellas que toman decisiones extremas para sobrevivir? La historia dictamina una caída sustanciosa de la audiencia al respecto del gusto por el “heroísmo romantizado” y las narrativas que exploran lo ideal como razón de inspiración masiva. Hoy, lo inmoral y lo grotesco son formas que están bien vistas y hasta popularizadas por numerosas producciones, siendo La Sustancia probablemente el ejemplo más reciente y fresco en relación con el tema. El Juego del Calamar, a diferencia de otras producciones, en mi opinión utiliza lo grotesco y lo inmoral como herramienta de su atractivo, pero no lo explota (ni explora) al ciento por ciento. Es una serie cocinada a medias, con varios tonos que no terminan de conjugar y que al parecer sólo justifica las oscuras decisiones de sus protagonistas para que Netflix le dé el “ok” para una siguiente temporada.
Entonces el morbo no solo se alimenta de la violencia representada, sino también de las dudas que como espectadores podemos tener sobre cómo seguirán con la historia. ¿Es justificable matar por dinero cuando la supervivencia está en juego? ¿Hasta qué punto se puede sacrificar la ética personal para sobrevivir en una sociedad que no ofrece alternativas? Son preguntas que jamás obtendrán una respuesta de parte mía, pero El Juego del Calamar sabe que el ser humano es morboso por naturaleza.
POR JERÓNIMO CASCO
Publicado el 8 de ENERO del 2025, 17.03 PM | UTC-GMT -3
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