JURADO N#2: El eterno castigo de renunciar a la verdad
Recomendaciones
"Siempre hay que hacer sufrir al público lo máximo posible."
Si hay algo que Alfred Hitchcock supo ejecutar magistralmente durante casi toda su carrera fue el retorcido juego mental que proponía con su audiencia. Sus palabras recitadas en la frase que da pie a este artículo no fueron en vano, y su visión es, probablemente, una de las más inspiradoras en la historia del cine. Pocos han sabido seguirle los pasos, y aunque no sea necesario tratar de copiar o reinventar lo que él hizo, ser parte de su legado es simplemente inevitable. Por otro lado y (con varias lágrimas en mis ojos lo escribo) en sus últimos años, la leyenda viva Clint Eastwood se está dando el lujo de pasárselo en grande en varios sets de rodaje a sus 94 años, y con la que se rumorea que es su despedida, ‘Jurado N#2’, nos entrega su mejor título en dieciséis años como uno de sus mejores regalos.
Pero "¿por qué citaste a Hitchcock en el inicio?", te estarás preguntando. La relación entre estas palabras mayores del realizador británico y lo que provoca este impecable thriller minimalista de corte judicial son sólo la punta de un iceberg que nos harán descender lenta, pero sin pausa al infierno moral de un hombre común y corriente que, si bien en la superficie parece no tener nada que perder, conforme a conocemos la naturaleza de la verdad entendemos que hay algo más oscuro detrás. En una modesta casa en un barrio residencial de Savannah, Georgia, Justin Kemp (Nicholas Hoult) espera junto a Allison Crewson (Zoey Deutch) la llegada de su hijo. No es la primera vez que se encuentran en la famosa “dulce espera”, ya que al parecer un accidente - o no sabemos qué - se llevó la vida de sus gemelos recién llegados hace un tiempo, y eso provocó la caída de Justin en el alcohol. Él es escritor de artículos para una revista local, pero no tiene noción alguna del caso judicial que le va a cambiar la vida.

El concepto de las apariencias son la clave para entender la película, o para apreciarla mejor en tal caso. Justin no parece ser un “mal tipo”, pero sí hizo algo malo. En realidad, no malo, mejor llamémosle una lastimosa y trágica casualidad. De esas que jamás se le ocurriría a alguien que le pueda pasar, pero pasan. Un paso en falso del destino que lo colocó en el lugar y tiempo equivocado. Justin es convocado como uno de los candidatos a jurado en el juicio por el asesinato de una joven llamada Kendall Carter. El principal y único sospechoso es James Michael Sythe, su pareja, que minutos antes del fallecimiento de la víctima había estado discutiendo con ella en un bar al costado de la carretera un sábado por la noche. El buen samaritano, con su rostro impoluto, hace todo lo posible para no estar presente ya que Allison está en el tercer trimestre, pero las vueltas de la vida a veces son engañosas. Cuando la fiscal Faith Killebrew (maravillosa Toni Collette) comienza a narrar los hechos a todos los miembros del jurado para esclarecer la situación, Justin comienza a revivir lo narrado: él también estuvo ahí esa misma noche.
"El hecho de que no quieran estar aquí los convierte justamente en el grupo perfecto para este caso. Son imparciales. No están involucrados, ni tienen nada que ganar ni perder."
Las palabras que emite la jueza del caso luego de haber visto este magistral tour-de-force de 100 minutos de duración se sienten como una apuñalada al corazón. Justin, que en un principio comienza a atar los cabos casi de manera inocente, luego en silencio comienza a formar una escalofriante idea mientras el resto del jurado anota todo lo que escucha. Esa misma noche él salió de ese mismo bar casi al mismo momento que James y Kendall salieron para discutir. (SI LLEGASTE HASTA ACÁ TE AVISO QUE EN BREVE HAY SPOILERS) Él no lo tenía planeado, pero se da cuenta que ese ciervo que él creía haber atropellado en plena lluvia durante la noche, en realidad podría haber sido el cuerpo de Kendall Carter. Las piezas se van formando y la tensión crece, pero ¿dónde colocamos el shock entonces? “Sólo puedes conseguir el elemento de suspenso dándole cierta información a la audiencia y a los personajes”. Hitchcock, nuevamente, lo entendía todo.
A partir de esta revelación se forman dos películas totalmente diferentes que se ejecutan en paralelo: una que se muestra como una modernizada versión de la obra maestra de Sidney Lumet, ‘12 Hombres en Pugna’, en donde vemos los distintos puntos de vista del jurado y cómo Justin intenta convencer a todos de que James es inocente, y la otra se apoya en la transformación de Justin como ser humano mientras intenta tomar las decisiones más sensatas y menos perjuiciosas. ¿Asumir las consecuencias de revelar la única verdad de los hechos, esconderla para beneficio propio o tener un sentido de humanidad a medias? ¿dónde se traza la línea entre la justicia real y la artificial? El planteo de por sí es sencillamente brillante ya que las posibilidades que se plantean nos invitan a reconsiderar cómo percibimos la realidad, y cómo decidimos afrontarla.
Nicholas Hoult entrega una actuación lineal que se basa en la culpa como motor de su corporalidad y el estudio de su piscología representada en pantalla. No es una performance inolvidable, pero sí difícil de encarnar. Es el culpable de un asesinato del que nadie sospecha de él, y a su vez es uno de los responsables de decidir entre mandar a la cárcel de por vida a una persona inocente, o gritar a los cuatro vientos “he sido yo”. El guion escrito con una soberbia delicadeza y cariño por la construcción de personajes a cargo de Jonathan A. Abrams (sorprendente primer escrito para su carrera) no sólo le da la fuerza argumental necesaria a Hoult para interpretar una persona con sus propias ambiciones y nulo sentido de maldad, sino que dota al resto con elementos humanos reales que conjugan a la perfección con el escenario planteado.
Es sabido que el cine de Eastwood es clásico. No es revolucionario, elegante, trasgresor ni radical. Se mueve dentro de varios géneros con sencillez y solidez, sin buscar complejidades en la puesta en escena y siempre apelando al sentido común. No voy a mentir cuando diga que me preocupaba una sola cosa: el final. Muchos títulos de este estilo tienen un desarrollo que no se siente acorde a la resolución propuesta, pero Jurado N#2 tiene un cierre tan potente como abierto, de esos que cuestan encontrar en cartelera hoy en día. Mientras nos debatimos entre ver secuelas o títulos extremadamente originales, reaparece en escena un geronte de casi 1 siglo de existencia terrenal para abofetearnos en la cara y decirnos cómo son realmente las cosas. Larga vida a Clint *God on Earth* Eastwood.

POR JERÓNIMO CASCO
Publicado el 23 de DICIEMBRE del 2024, 17.45 PM | UTC-GMT -3
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