DISPUTA

Cuento

Todo fue repentino, hasta insólito si se lo pensaba detenidamente. Todo por el orgullo que la había carcomido, casi al punto de estar perdiendo su esencia como persona. Él, que le había hablado solo para romper el hielo, y ahora se encontraba frente a un muro imponente. Y cómo duele la indiferencia.

La flaca debía de tener unos cuantos muertos en el placard y el que no se rescataba, qué poco le importaba. En verdad le gustaba, casi de una manera estúpida y risueña.

Y le generaba comezón, un mustio desprecio cuando el psicólogo le decía:

—Te entiendo, Rosendo.

Con cara de no entender un carajo.

Entonces no le costó romper la inercia. Se levantó del diván envilecido, abrió la ventana y se tiró de cabeza, esperando romperse la mollera contra el pavimento.

¿Había muerto? ¿Dónde mierda estoy?

Todavía seguía ahí sentado, en la reposera del jardín, un libro abierto sobre su abdomen. Se había ido por un momento hacia algún sueño estéril. Retomó la lectura.

La flaca seguía ignorándolo, con ese sentimiento hostil y ponzoñoso, como de haber ganado una disputa. Se lo había cruzado varias veces en el supermercado, en la avenida, y ella actuaba como si estuviese muerto; ni siquiera alzaba la mirada, por temor o por vergüenza, o porque no quería abrir una vieja herida.

El frío metal en su mano derecha. Estaba dispuesto a volarse la gorra. Escuchó la recámara recibir de manera plácida el plomo, pidiendo ser despedido. Apretó el gatillo.

Y otra vez, pero ahora el libro se le había piantado hasta los pies, semiabierto en el verde pasto. Lo alzó. El verano en el jardín pega fuerte, entonces se desperezó y, acto seguido, se adentró en la casa.

Quería saber cómo terminaba la historia. Le urgía, como cuando a las viejas chusmas les decís que tenés un chisme, pero que ahora no es el momento.

Ahí estaba todo dicho, en el último capítulo. Había nacido con una condición especial, todo por un supuesto mal augurio de haberse posado un carancho en lo que iba a ser su cuna. Algunos lo veían como una maldición, otros, una bendición. La muerte no lo quería; tampoco la mujer.

Era difícil recordar su apodo, pero lo conocían como:

El loco que no podía suicidarse.

 

Maximiliano Gabriel Farias

Mar de Ajó – Septiembre 2026

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