EL DERRUMBE
CuentoEl derrumbe
Las puertas se cerraron al unísono. El sonido ambiente se aisló casi por completo. Una vez dentro de las fauces de aquel cubículo metálico, presioné el número del piso al cual debía dirigirme. Ya en ascenso, observé mi reloj. Aún llegaba a tiempo.
El transporte metálico se detuvo unos pisos más arriba. Ingresó el conserje con su carro de limpieza habitual: un viejo algo desgarbado. Portaba un gorro desgastado, unos labios finos y una mirada sepulcral, combinados con un tinte de piel algo grisáceo. Su nariz aguileña y pronunciada me evocaba al por qué lo apodaban el Buitre.
Concedí unos buenos días. Este no se inmutó.
Las puertas se cerraron. Aquel viejo marcó en el tablero mecánico el número del subsuelo. Por defecto, el elevador continuó su curso anterior en dirección al piso 13.
Comenzó el ascenso, los números incrementaban a medida que los pisos quedaban atrás, unos instantes más y estaría fuera, pero algo inusual despertó el sentido de alerta, los espejos amurados a nuestro costado comenzaron a vibrar de manera progresiva. Las luces parpadearon intensamente. Sentí mi cuerpo tambalearse.
El temblor repentino hizo sacudir toda la cabina metálica, acompañado de un estremecimiento implacable. Los engranajes crujían de manera ensordecedora. El viejo, inmutable, no apartaba sus manos del carro de limpieza mientras se movía de un lado al otro, con un equilibrio inapropiado.
Pensé lo peor: la caída del ascensor.
Me senté solo por impulso, entrecerré los parpados con fuerza hasta que, de golpe, el sorpresivo episodio mermó.
Podían escucharse, del otro lado, los gritos de la gente corriendo por los pasillos y una sirena estridente ponderando en el lugar. Raudo, presioné los botones de apertura.
Nada.
El viejo parecía petrificado, ido de aquella realidad.
Toqué su hombro izquierdo. Este se giró lentamente hacia mí.
Su mirada me dejó cavilando por un momento, parecía un abismo.
—¿Se encuentra bien, señor?
Sin ningún gesto de interés, volvió a dirigir su mirada al frente.
—¿Señor?
El viejo decrépito sin emitir palabra alguna, acomodó unas bolsas dentro del carro y retomó su postura. Estupefacto, y sin comprender su reacción. Lo maldije por dentro. El parpadeo intermitente desdibujaba nuestras figuras en el hermético cubículo.
¿Debíamos esperar allí?
Toqué desesperadamente los botones del tablero con la esperanza de que algo sucediera, pero fue en vano.
Observé la hora en mi reloj. Ya había pasado una hora, la cual se había sentido una eternidad. Los pasillos parecían haberse apaciguado, las sirenas se habían evaporado y aún nadie había venido a nuestro rescate. El calor era sofocante, o al menos esa era mi sensación.
Por momentos sentía un hedor nauseabundo. Lo ignoré.
El viejo, cada tanto, acomodaba su gorro, pero nada más.
El silencio era tenso. Incómodo.
—Señor, debemos encontrar la forma de salir —alegué.
El silencio de mi receptor se mantuvo.
Ser ignorado de esa manera se sentía similar a un golpe seco.
Lo miré con cierto recelo. Insultandoló por lo bajo, tratando de leer su reacción desde el espejo, pero aquel ni siquiera parpadeó.
El olor nauseabundo incrementaba paulatinamente, entonces la pregunta se aproximó por si sola:
¿Qué llevaba en aquel carro?
La atmósfera de silencio mortecino fue desgarrada por el zumbido de una mosca volando sobre nuestras cabezas. Este se intensificaba cada vez más, de manera perturbadora e invasiva, al punto de sumergirme en cólera. Al intentar matarla, luego de algunos fallos, noté que el Buitre evitaba, bajo ningún motivo, que tocara o rozara su carro.
Comencé a sospechar seriamente.
El zumbido cesó sobre la tapa oscura de aquel recipiente. Podía ver la mosca frotarse las patas. Intenté indagar.
—¿Qué transporta allí, señor?
Era en vano. Junto al silencio, el insecto sobrevoló y le di sentencia, estrellándolo contra el espejo.
Me detuve unos segundos. Me acerqué simuladamente al tablero y, en vez de presionar los botones, intenté levantar la tapa del carro, que aquel viejo protegía como un centinela.
Este reaccionó rápido y me detuvo en seco.
Ambos quedamos observándonos en silencio, con cierto desprecio.
—¿Qué es lo que lleva ahí?
Silencio.
—¿Qué es lo que esconde ahí?
Interrogué en un tono más elevado.
El viejo volteó hacia enfrente y perdió su mirada contra la puerta metálica, retomando la postura de una gárgola.
Insulté aún con más énfasis, incluyendo a todo su árbol genealógico, pero este permanecía inamovible.
Percibí que susurraba algo entre dientes.
La sospecha teñía todo el habitáculo. Consideré que la pala metálica que colgaba del carro podría ser un arma blanca eficaz.
Mis manos transpiraban frío.
Los parpadeos de las luces parecían formar la sombra de aquel plumífero encorvado.
Cerré fuerte los párpados. Al abrirlos, la sombra retornaba a su forma humana.
Allí seguía parado, susurrando algo ilegible.
Hice un esfuerzo por comprender aquel seseo que parecía la invocación de un ritual.
Los pensamientos me invadían, incrementando mi aflicción.
El aroma de la carroña se intensificaba aún más, al punto de sentir que también estaba contaminándome.
Entonces tomé una decisión.
Luego de un impulso desmedido, comencé a patear la puerta del ascensor descontroladamente. La cabina metálica retumbaba, mientras el Buitre parecía estudiarme. De un instante a otro, sin escrúpulos, cambié bruscamente de dirección y le encesté una patada al carro.
Este se desplomó, derramando líquido, basura y otros desechos.
El viejo, atónito, parecía no creer lo que presenciaba.
—¡Ahí tenés, viejo de mierda! —vociferé.
Lo miré desafiante, pero este pegó su mentón al pecho, ignorándome nuevamente por completo.
Su nariz sobresaliente parecía tomar la forma de aquel pico carroñero, mientras sus dedos escuálidos, frotándose entre sí, se asemejaban a unas garras rapaces.
Al verlo, el desprecio y la repugnancia se apoderaron de mi juicio.
Lo tomé de prepo por su cutre abrigo y lo zamarreé violentamente de un lado al otro, esperando que cayera alguna respuesta.
Las voces de rescate, al otro lado, emergían como un haz de luz entre la penumbra.
Solté al decrépito y comencé a gritar desesperadamente:
—¡Acá hay gente! ¡Por favor, acá!
El viejo, caído, movía la cabeza de un lado al otro, como buscando algo extraviado en el aire.
Unos golpes secos sonaron contra la puerta metálica. Unos instantes más tarde, el aire puro ingresó de golpe.
Los bomberos lograron abrir aquella celda.
Una mujer de unos treinta años sollozaba al encontrar a su abuelo junto a mí.
Al recibirlo entre sus brazos, peinó su cabellera gris y luego, con un gesto delicado, acomodó el gorro sobre su cabeza.
Pude leer una mueca de alivio dibujarse en el rostro de mi acompañante.
Ambos se comunicaron mediante lenguaje de señas, mientras el silencio lo decía todo.
Sin más, me aparté de aquel lugar, derrumbado por dentro.
Maximiliano Gabriel Farias




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