LOOP
Ciencia ficciónEl Chevy se abría paso en la ruta; podía sentir el poder de su motor haciendo vibrar la cabina. La ventanilla baja permitía que el aire suave acaricie mi rostro. Disfrutaba del trayecto. Los pinares habían quedado atrás junto al zigzagueo del asfalto, que ahora se tornaba completamente llano, atrayendo algunos pensamientos esporádicos que aterrizaban uno tras otro, luego se desprendían y regresaban en forma de preguntas. ¿Haber conocido a mi padre podría haber alterado el destino de nuestra familia? ¿Qué cosas podría llegar a decirme en este momento especial? A veces creía reconocer algo de él en los libros que dejó como herencia. ¿Él hubiese creído en el destino? Era inevitable: la ruta siempre me invitaba a esconderme en los recovecos de la introspección.
Según mi madre, su desaparición no dejó rastros. Todo ocurrió una tarde en la que decidió salir a tomar fotos al eclipse Nodal, específicamente dos semanas antes de que yo naciera. Me transmitió que fue buscado durante años, pero nunca hubo rastro de su cuerpo. El enigma siempre se mantuvo dentro de la familia, a veces como un secreto a voces. Nadie buscaba hurgar. Quizá por protección.
Lo único que encontró la policía del pueblo fue su cámara, con un rollo sin usar, la cual hoy yo mismo portaba sobre mis muslos.
Veintisiete años después, aquel eclipse volvería a aparecer en su respectivo mes. Asumí como misión completar las fotos que en algún momento mi padre quiso registrar. Sentía que completar aquellas fotografías sería una forma de cerrar un ciclo. Una búsqueda, una respuesta. Pronto me encontraría cumpliendo aquel rol que nunca tuve. Las incertidumbres eran intermitentes, pero me sentía preparado.
Al despedirme de mi esposa, besé su barriga. Tomé el abrigo y allí estaba, en las afueras, camino al horizonte. El eclipse sería a las 18:36 hs., según las noticias.
El atardecer y la ruta se fusionaban en una misma entidad. Cerniéndose sobre todo el espacio visible. Mientras observaba por el retrovisor, notaba el camino solitario. Las aves bifurcaban los cielos. Era una tarde especial. Mis manos recorrían la textura de cuero del volante. Invadido por una extraña sensación, como si un deja vu aconteciese. Frené en medio del descampado, solo acompañado por la brisa que producía cierto deleite. La línea entre la tierra y el cielo era perfecta. Pronto llegaría la hora.
Una presencia furtiva entre la línea terrestre y las nubes llamó mi atención: una luz acompañada de destellos y movimientos raudos de derecha a izquierda. Mi primera impresión fue que aquel cuerpo lumínico era algún reflejo, algún rayo del sol jugando con el parabrisas. El parpadeo cesó. Permanecí unos minutos meditativo. Entonces, nuevamente irrumpió más cercano, levitando sobre la copa de los árboles, destellando como si emitiera señales.
Descendí del auto con la cámara en mano y me senté sobre el capot; aún estaba tibio. Al observar con más detenimiento, la luz se contraía y expandía como si respirase, sumergiéndome en una intriga que pronto se tornó protagonista, en medio de una soledad imperiosa.
Alcé la cámara, corregí la postura y, con una mano sosteniendo el lente, busqué la mejor posición para el disparo. Controlé mi respiración para evitar el temblor y enfoqué con precisión la presencia lumínica. Ahora también podía sentirme observado. Me tomé unos segundos más y ejecuté.
No hubo «click», solo una punzada entre las cejas que desencadenó un escalofrío sobrenatural, seguido de un espasmo. El cuerpo se volvió liviano; un ardor severo recorrió las plantas de mis pies y las palmas de mis manos. Fue como si aquella luz atravesara el ojo del lente y, al desaparecer dentro de la cámara, se apropiara de todo.
La intemperie fue fagocitada, al igual que la brisa que se extinguió junto al atardecer, convirtiéndose en una sala totalmente hermética. Sentía mi cuerpo, pero mis movimientos eran limitados. Me encontraba en posición fetal. De la boca de mi estómago, nacía una especie de conducto orgánico. Las paredes cavernosas contenían el líquido viscoso que, al parecer, era ahora mi entorno habitual. Podía percibir la consciencia alrededor, abarcando el habitáculo.
Una última comprensión se hizo innegable, al ver toda mi vida reproducirse en un instante vital. Todo aquel tiempo, no estuve buscando entender la desaparición de mi padre, sino la propia. Pronto sabré lo que es nacer. No recordaré nada de lo acontecido.
La prueba desaparecerá una vez más, también junto con el único testigo. Por crueldad o por ley, todo volverá a suceder.
Maximiliano Gabriel Farias
CIUDAD VIEJA – GUATEMALA 2026




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