Cine argentino en el Festival de Mar del Plata: La muerte de un comediante, El hombre de la Luna, Vlasta y The Letter
Reseñas generalesTercera y última parte de este recorrido por el cine argentino distribuido en las distintas competencias del 40º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata (Acá pueden leer la primera entrega y acá la segunda)
La muerte de un comediante, de Diego Peretti y Javier Beltramino y con Diego Peretti, Malena Villa, Haneul Kim, Marioska Fabián Nuñez y Eric Bier (Competencia Latinoamericana)
Diego Peretti llega a la 40ª edición del Festival de Mar del Plata por partida doble: protagoniza La casa (de la que hablé acá) en la Competencia Internacional y debuta como director y guionista con La muerte de un comediante, film producido por Orsai Audiovisual a través de financiamiento colectivo. Lejos del registro cómico que lo hizo popular, Peretti se anima a una película melancólica y enrarecida donde el humor funciona más como defensa ante el vacío que como vehículo de risa.
El punto de partida tiene a un humorista descubriendo que le quedan pocos meses de vida y, a partir de eso, haciendo las valijas rumbo a Bruselas, ciudad natal de su personaje ficticio favorito. Lo que podría haber sido una historia de redención o despedida se transforma en una deriva existencial marcada por lo absurdo y lo onírico. Junto a Javier Beltramino, Peretti evita el realismo y construye un relato de humor negro y climas suspendidos en el que cada encuentro funciona como reflejo distorsionado del protagonista.
Durante el viaje aparecen tres enigmáticos personajes -una artista, un militante y un músico callejero- que condensan bohemia y desencanto político. Sin moralejas, La muerte de un comediante explora la figura del artista condenado a interpretar versiones de sí mismo, incluso frente a la muerte. Contenido y lejos de la autocomplacencia, Peretti entrega una ópera prima arriesgada, irregular pero valiente, que se aparta de las fórmulas seguras del cine industrial para buscar, en su propia incertidumbre, un gesto de autenticidad.

El hombre de la Luna, de Rodrigo Pérez Green y con Manuel De La Serna, Rodrigo De La Serna, Fernanda Metilli, Flora Rivière y Pablo Rodríguez Albi (Competencia Argentina)
Pese a lo que sugiere su título, El hombre de la Luna no se asienta en la fantasía ni en lo onírico, sino en un territorio dolorosamente real. La película dirigida por Rodrigo Pérez Green se adentra en la mente de un hombre quebrado por una pérdida que intenta transitar, a partir de su propia fragilidad, el camino de una despedida imposible. En ese tránsito entre la lucidez y el delirio, entre la vida y lo que queda después, el film construye un relato sobre los efectos corrosivos del duelo.
Manuel de la Serna (hermano de Rodrigo, que aquí se reserva un papel secundario) encarna a encarna a Marcos Aguirre, un escritor internado en un hospital psiquiátrico tras un intento de suicidio. Su única compañía es Julieta, su esposa fallecida un año atrás, con quien conversa y discute como si siguiera viva. El hospital propone un tratamiento que busca devolverle cierta estabilidad, pero el verdadero proceso parece ser la confrontación con su propio vacío.
La irrupción de una ex interna, que se mueve por el hospital sin que a nadie le llame la atención, lo incita a rebelarse pensando que Julieta realmente está ahí con él, más allá de los límites de la razón. Ese ingreso a un terreno más alucinado abre un camino mucho más interesante que el de la sanación que el protagonista intenta recorrer y sugiere otra película posible, más arriesgada, que apenas asoma en la superficie. En su apuesta por un tono realista, El hombre de la Luna se resiste a explorar la dimensión más onírica que su propia historia reclama. Esa tensión entre el realismo y la ausencia de una mirada alucinada genera un leve desajuste, más allá de que por momentos logra transmitir el dolor frente a una muerte inesperada.

Vlasta, el recuerdo no es eterno, de Candela Vey y Tino Pereira (Competencia Argentina)
Durante demasiado tiempo, el nombre de Vlasta Lah quedó relegado a las notas al pie de la historia del cine argentino. Una injusticia, dado que fue la primera mujer en dirigir un largometraje sonoro en el país (Las furias, de 1960) y también autora de Las modelos (1963), dos películas que, pese a su relevancia, se perdieron entre los pliegues de una memoria cultural más dispuesta a celebrar a los hombres que a rescatar a sus pioneras.
El documental Vlasta, el recuerdo no es eterno, dirigido por Candela Vey y Tino Pereira, intenta saldar esa deuda a partir de la reconstrucción el rastro de una figura crucial y, al mismo tiempo, indagar en los mecanismos del olvido. Ambos cineastas ya habían dedicado años atrás un libro fundamental, Por ser mujer: la biografía de Vlasta Lah, que oficia de mapa y punto de partida para esta pesquisa audiovisual.
La película adopta desde el comienzo un tono de investigación casi detectivesca. Sus directores emprenden una búsqueda que los lleva desde archivos argentinos hasta Italia, donde rastrean a los familiares de Lah. Hay en esos primeros compases un clima de misterio, como si se tratara de un caso perdido que de a poco empieza a revelar sus huellas. Las entrevistas con sus parientes, las cartas personales y los documentos rescatados de su archivo familiar trazan una biografía apasionante: la infancia en un país fragmentado por la guerra, la formación en el Centro Sperimentale di Cinematografía de Roma y el exilio forzado hacia la Argentina, donde se convertiría en una de las asistentes de dirección más importantes de los Estudios San Miguel.
El corazón del film, sin embargo, está en la búsqueda de los rollos perdidos de Las furias y Las modelos, una odisea que, además de rendir homenaje a Vlasta, expone el lamentable estado de conservación del patrimonio cinematográfico argentino. No todos los desvíos hacia el presente resultan igual de necesarios, y por momentos el relato pierde algo del foco inicial. Aun así, Vlasta, el recuerdo no es eterno consigue lo esencial: rescatar a una cineasta pionera de la desmemoria colectiva y recordarnos que cada hallazgo es, también, una forma de justicia.

The Letter, de Rodrigo H. Vila y con Harvey Keitel, Britt Robertson y François Arnaud (Competencia Argentina)
Hay un momento de The Letter que resume muy bien su esencia. Es una escena en la que la escritora Julia (Britt Robertson) googlea “películas con cartas de despedida”, muchos de cuyos tópicos reaparecen a lo largo de los poco más de cien minutos de este largometraje filmado con elenco norteamericano y algunos rostros argentinos en papeles secundarios (Carola Reyna y Fernán Mirás).
Lo que comienza como un trabajo profesional -una escritora en crisis que acepta redactar la carta de un veterano de guerra- se convierte, lentamente, en una historia de encuentros improbables y heridas compartidas junto a Finn. Interpretado por Harvey Keitel, Finn es un hombre que vive entre botellas vacías y recuerdos rotos que, como última voluntad, contrata a Julia para escribirle una carta a su hija, con quien perdió contacto hace años.
No hay que ser un genio para suponer que la tarea se transformará un ejercicio de redención y acompañamiento mutuo, un vínculo que Vila narra con delicadeza y sin grandes subrayados, apoyado en los silencios y las miradas que se cruzan entre dos almas extraviadas durante las varias charlas compartidas. Puede suponerse, también, que importará menos lo que el texto finalmente diga que lo que el proceso de escribirlo despierta.
Durante buena parte del metraje, The Letter apuesta al progresivo acercamiento entre un hombre que siente que el final está cerca y una joven que aún no sabe cómo empezar de nuevo. El tramo final, sin embargo, incurre en algunos excesos previsibles que no le sientan del todo bien a un relato hasta entonces contenido, amable y de raigambre humana. Pero The Letter no sería lo que es sin Keitel, cuyos ojos siempre vidriosos y su cuerpo algo torpe transmiten la sensación de que bajo esa piel curtida se esconde un hombre quebrado por el tiempo y la soledad.












Comentarios 0
Todavía no hay comentarios.