Cine argentino en el 40º Festival de Mar del Plata: La casa, Weser, Muña muña y 3.000 km en bicicleta
Reseñas generalesSegunda entrega de este recorrido por el cine argentino distribuido en las distintas competencias del 40º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata. Acá pueden leer la primera entrega y acá la última.
La casa, de Gustavo Triviño y con Diego Peretti, César Troncoso, Fabián Arenillas, Guillermo Arengo y Mariano Argento (Competencia Internacional)
Trece años después de De martes a martes, Gustavo Triviño vuelve al largometraje con La casa, representante argentina en la Competencia Internacional del Festival de Mar del Plata. Si su debut combinaba rasgos del Nuevo Cine Argentino con elementos del policial negro, su nueva película adopta un tono más clásico para narrar el descenso a los infiernos de un hombre expulsado del sistema laboral, que enfrenta una situación violenta de consecuencias impredecibles.
El protagonista es Hugo (Diego Peretti), empleado de una empresa en proceso de venta a capitales chinos. Cuando le confirman que su área será la afectada por los despidos, su reacción impulsiva -romperle la nariz al jefe de un cabezazo- lo deja sin trabajo, sin ahorros y con 57 años. Lo que sigue es una sucesión de entrevistas fallidas y humillaciones que lo sumergen en la desesperanza, hasta que un amigo (Fabián Arenillas) le propone un trato con un misterioso comprador (César Troncoso): vender su casa al 50% de su valor, pero seguir viviendo allí hasta su muerte.
Durante su primera mitad, La casa funciona como un drama social sobre la pérdida del trabajo y la sensación de inutilidad. Sin embargo, con la llegada del grupo inversor, el film vira hacia una comedia negra de tono incómodo, con momentos de humor corrosivo y un misterio que crece alrededor de ese extraño negocio inmobiliario. En su tramo final, Triviño tensa las cuerdas del relato hasta transformarlo en un thriller con ecos de home invasion, aunque con el punto de vista invertido.
Triviño demuestra precisión para mutar el tono sin perder cohesión, y Peretti se luce en un registro poco habitual, contenido y desesperado. Pero quien termina imponiéndose es César Troncoso, dueño de una presencia enigmática que condensa el peligro, el secreto y el poder que laten en los silencios de esta historia sobre la fragilidad contemporánea del trabajo, la propiedad y la dignidad.

Weser, de Fernando Spiner (Competencia Argentina)
Fernando Spiner vuelve a un territorio que ya recorrió en La boya: el de la mezcla entre diario íntimo, documental y ensayo poético. Si en aquella película, presentada en esta misma sección en 2018, el director de La sonámbula y Aballay exploraba el vínculo entre la memoria, el mar y la creación, acá también se trata de buscar un sentido a la existencia en un momento con pocos elementos para hacerlo. Es que, si bien el lugar sigue siendo la Villa Gesell de La boya, aquí el contexto es el de la pandemia, con medio mundo encerrado e intentando aferrarse a algo que les devuelva algo de esperanza.
La película combina lecturas de poesía con pequeñas escenas de vida cotidiana, construidas varias de ellas a través de los mecanismos de la ficción, marcadas por el encierro, los recuerdos, la certeza del paso del tiempo y la sensación de fin de época. Las ambulancias que se escuchan a lo lejos, los rostros detrás de los barbijos y el silencio de las calles son algunos de los elementos que remiten a esa suspensión del tiempo que trajo el aislamiento de la pandemia. Ante eso, nos dice Spiner, el cine y a la palabra son refugios posibles.
Con tono sereno y una puesta austera, Weser se mueve en el límite entre el registro documental y la ficción, con fragmentos que se entrelazan más por cercanía emocional que por una lógica narrativa. A Spiner le interesa menos contar una historia que capturar un estado de ánimo, una forma de resistencia desde lo poético. Una búsqueda que hace que por momentos la película se vuelva demasiado inmaterial, como si el intento de capturar lo intangible terminar obturando la posibilidad de la emoción. Así, Weser se erige como una película pequeña, honesta y sensible que encuentra en el arte un salvavidas, aunque no siempre logra utilizarla como motor cinematográfico.
Muña muña, de Paula Morel Kristof y con Liliana Juárez, Sergio Prina, Ana Carina Estrada y Vincent Joel Degelcke (Competencia Internacional)
El debut en la realización de largometrajes de la hasta ahora cortometrajista Paula Morel Kristof transcurre en un área rural de la provincia de Tucumán y sigue a Olga (Liliana Juárez), una enfermera que vive con su hijo adolescente en el valle de El Mollar. La inminente partida del chico y la llegada de Stefano, un turista francés más joven que ella, alteran el equilibrio de una rutina hecha de silencios sutiles y resignaciones asimiladas. A partir de ese leve temblor, Muña Muña explora el deseo, la soledad y la posibilidad de volver a empezar cuando el tiempo parece haberse detenido.
Filmada con una sensibilidad atenta a los gestos mínimos y a los ritmos del entorno, la película combina realismo íntimo y una atención particular al entorno. El viento del valle, las conversaciones con las amigas, el rumor de las plantas medicinales: todo configura una corriente que acompaña el renacer de su protagonista. Sin apelar al dramatismo ni a los subrayados, Morel Kristof construye un relato luminoso y sereno, sostenido por la sutileza interpretativa de Juárez, uno de los rostros más representativos del cine de esa provincia (el otro, Sergio Prina, tiene un papel secundario). Muña muña, entonces, como una película donde lo pequeño y lo cotidiano son terrenos fértiles para las transformaciones.

3.000 kilómetros en bicicleta, de Iván Vescovo (Competencia Latinoamericana)
Hay una sensación de libertad única en el acto de pedalear: el aire en la cara, el sol en la piel y el cuerpo como motor, al servicio la promesa de que el movimiento es también una forma de escape. Esa libertad, la misma que lo había llevado a lo más alto del BMX, fue la que Iñaki Mazza empezó a perder apenas después de consagrarse campeón olímpico en los Juegos de la Juventud. A los veinte años, el chico que había sido bandera de un deporte se encontró vacío, en crisis con el mundo competitivo y, sobre todo, consigo mismo.
Dirigido por Iván Vescovo, 3.000 kilómetros en bicicleta retrata ese estado de desorientación con franqueza, sin adiposidades ni voluntad de juicio, pues procura comprender antes que establecer valoraciones. Lo primero que vemos es a Iñaki intentando vender su medalla olímpica: gesto tan brutal como transparente, es el síntoma inequívoco de alguien que ya no quiere ser quien fue. El problema es que tampoco sabe quién quiere ser.
Instalado en Buenos Aires, entre amigos, fiestas y dudas, su vida parece suspendida en una deriva sin dirección. Cuando un grupo lo invita a Córdoba y, poco después, decide subirse otra vez a la bicicleta para recorrer la Patagonia en busca de su pareja Abyss, internada en un centro de rehabilitación, el viaje se convierte en algo más que un recorrido físico.
Hasta ese punto, la película es algo caótica, fragmentada, desordenada, como si replicara la mente confusa de su protagonista. Pero encuentra cierta claridad una vez que comienza el viaje: la naturaleza patagónica, los pueblos de paso, algunos pequeños inconvenientes (la policía, pinchaduras, el robo de una bicicleta) y los cuerpos en movimiento aportan una sensación de renacimiento, aunque el trayecto se estire más de lo necesario. Vescovo filma sin artificios, confiando en la espontaneidad y el desconcierto de su personaje, y logra que la travesía adquiera un tono íntimo en los mensajes que Abyss envía en forma de versos tan honestos como la película entera.















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