Cine argentino en el Festival de Mar del Plata: Recen por mí, Criollos, Risa y la cabina del vientoy Pensamiento lateral
Reseñas generalesLa 40º edición del Festival Internacional de Mar del Plata se realiza entre el 6 y el 16 de noviembre en cuatro sedes (Teatro Auditorium, Paseo Aldrey, Teatro Colón y Cine Ambassador) de la ciudad balnearia ubicada a 400 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires. Si bien una lectura veloz de la primera programación cien por ciento atribuible a la gestión de sus directores artísticos, Gabriel Lerman y Jorge Stamadianos, sugiere que el prometido “renacer del esplendor” quedará para otra ocasión, tal como pronostiqué en la nota anterior, la verdad quedará estampada en la historia luego que se proyecten las casi 200 películas, entre cortos, largos y mediometrajes, que la integran.
Dado que es humanamente imposible ver todo el material seleccionado, lo mejor es establecer un recorte para intentar, a partir de allí, establecer una mirada general que permita dar cuenta de cuál es la idea de cine que rige el gusto y los intereses de los nuevos programadores. La propuesta, entonces, es reseñar la mayor cantidad de producciones nacionales distribuidas en sus tres competencias. Lo que sigue es la primera de varias entregas (acá pueden leer la segunda y acá la última) con las que, durante estos días, intenté estar a la altura de mi propio desafío. Comencemos.
Recen por mí: La historia de Francisco, de Facundo Bartucci (Competencia Argentina)
La inclusión del documental de Facundo Bartucci en la Competencia Argentina encuentra su justificación en tres factores evidentes: la nacionalidad del homenajeado, su muerte reciente y el peso simbólico que el catolicismo conserva en la vida pública argentina. Conformado en su totalidad por material de archivo, Recen por mí: La historia de Francisco no propone tanto un recorrido biográfico como una celebración piadosa de su costado más social y humanitario, tanto en los años de Bergoglio al frente del arzobispado porteño como durante su papado.
El problema es que la película parece satisfecha con la superficie. No hay voluntad de revisar las zonas opacas de una figura que, más allá de la devoción popular, también tuvo sus tensiones con la historia reciente del país. El relato apenas se remonta a fines de los años noventa, acaso para evitar los tiempos en que la incomodidad podía poner en riesgo el tono edificante del homenaje.
A lo largo de más de cien largos minutos, los discursos de Francisco se suceden sin demasiada variación: la denuncia de la cultura del descarte, la defensa de los pobres, el llamado a una iglesia más cercana al pueblo. Ideas nobles, sí, pero reiteradas hasta la extenuación, sin contexto ni contrapunto. El resultado es un film correcto, bienintencionado y previsible, que podría haberse emitido como especial televisivo tras la muerte del pontífice. Recen por mí funciona, en definitiva, como un compilado de grandes éxitos destinado a reforzar una imagen ya canonizada. Que eso alcance para hacer una buena película es, como mínimo, discutible.

Criollos, de Matías Tamborenea (Competencia Argentina)
Julio Briceño es uno de los más de 300 mil venezolanos que llegaron a la Argentina huyendo de la inflación y la radicalización del régimen de Nicolás Maduro. Llegado hace casi una década, Julio es el fundador de un equipo de béisbol amateur convertido en símbolo migrante, en tanto está integrado exclusivamente por jugadores venezolanos que encuentran en este deporte una forma de conectar con sus raíces.
Su historia, las explicaciones y motivaciones para llevar adelante el equipo, lo doloroso de la distancia y los recuerdos familiares se mezclan con escenas filmadas durante los partidos, momentos en los que el film toma la sabia decisión de apostar por planos largos que sumergen al espectador en la lógica de un deporte que en la Argentina está lejos de ser popular. Justo después de salir campeones, cuando todo marcha viento en popa y Julio ya piensa en formar un equipo juvenil, recibe la noticia de que se quedarán sin estadio, obligándolo a salir en búsqueda de una nueva casa.
Con su mezcla entre lo íntimo y lo colectivo, Criollos funciona como un retrato cálido de una comunidad que encuentra en el juego una forma de arraigo. Sin embargo, durante buena parte del metraje la película parece avanzar sin un rumbo del todo claro, más preocupada por acompañar a su protagonista que por construir un verdadero conflicto. Ese punto de inflexión recién aparece cuando el equipo se queda sin estadio: allí el relato se ordena, Julio adquiere espesura y cierta hidalguía, y el film gana en tensión y propósito. Aun con una puesta en escena algo plana y un desarrollo desparejo, Criollos encuentra su fuerza en la honestidad y la sensibilidad con que observa a un protagonista del que no era necesario reforzar su resiliencia y bonhomía.

Risa y la cabina del viento, de Juan Cabral y con Diego Peretti, Elena Romero y Cazzu (Competencia Argentina)
La película parte de una premisa digna de un cuento infantil. Risa es una niña que, tras la muerte de su padre, descubre un teléfono público capaz de comunicarla con los muertos. A partir de esa idea mínima pero potente, Risa y la cabina del viento construye una fábula fantástica enmarcada en un clima realista, donde la imaginación se mezcla con el peso del duelo y la necesidad de aferrarse a algo que le dé sentido a la vida. Esa búsqueda de consuelo toma forma con la llegada de un vecino alcohólico y solitario, interpretado por Diego Peretti (presente en tres películas de distintas competencias del festival), que también carga con sus propias ausencias. Entre ambos se traza una alianza improbable que habilita la posibilidad de sanar y de volver a creer.
Filmada en la ciudad de Ushuaia, Risa y la cabina del viento tiene una puesta sobria y cercana a los espacios cotidianos, lo que refuerza esa atmósfera de realismo mágico, como si fuera un mundo donde lo imposible se filtra sin estridencias. Sin embargo, hay un punto en que la película parece tropezar con su propio entusiasmo. Risa y la cabina del viento apuesta por la emoción y la empatía, pero no se conforma con eso: abre subtramas -como la del personaje interpretado por Gustavo Garzón- que nunca terminan de desarrollarse y suma giros de guion que, en su acumulación, diluyen la potencia del relato. El resultado es, entonces, una película tierna, luminosa, atravesada por un humanismo a flor de piel y buenas intenciones, aunque por momentos demasiado enamorada de sus propias ideas como para llevarlas más allá de lo estrictamente recomendable.

Pensamiento lateral, de Mariano Hueter y con Itziar Ituño, César Bordón, Alberto Ammann, Mauricio Paniagua y Agostina Innella (Competencia Argentina)
La decisión de incluir de Pensamiento lateral en la Competencia Argentina del Festival de Mar del Plata llama la atención, y no precisamente por su audacia. El largometraje de Mariano Hueter, con Itziar Ituño, César Bordón, Alberto Ammann, Mauricio Paniagua y Agostina Innella, parece concebido más como un thriller de consumo inmediato, de esos que pululan por Netflix, que como una obra dispuesta a dialogar con el espíritu de un festival que, históricamente, ha privilegiado las búsquedas formales y la mirada autoral.
La protagonista es Julia (Ituño), una psicóloga española radicada en la Argentina que es secuestrada por un grupo de hombres que buscan información sobre un cargamento millonario. Su paciente, la hija del dueño de ese contenedor, podría ser la llave. A partir de allí, Hueter construye un relato de encierro donde las armas principales no son físicas (aunque algo de eso habrá), sino verbales: una batalla psicológica entre la víctima y sus captores que aspira a complejidad, pero se queda en superficie. Los personajes enuncian y diagnostican sus traumas con una verborragia que reemplaza la tensión por discurso.
A medida que el film avanza, Pensamiento lateral se revela como un thriller prolijo, aunque inerte, que confunde densidad con psicología de manual. Recién sobre el tramo final, cuando las piezas del secuestro encajan y Julia se permite pasar a la acción, la película encuentra algo de la intensidad que había prometido. Pero el efecto llega tarde: lo que podría haber sido una experiencia sofocante termina convertida en un ejercicio de género parecido a tantos otros.












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