Robot salvaje (2024): de golpe y porrazo
Reseñas generalesSin hacer demasiado ruido, Chris Sanders se ha convertido a fuerza de grandes películas en uno de esos nombres para tener en cuenta ante cada proyecto nuevo. Y tampoco es que tenga tantas películas, apenas cinco entre 2002 y este 2024, lo que da un promedio -redondeando- de una película cada cuatro años, que es más o menos el tiempo razonable de cualquier proyecto de animación, que es en definitiva su especialidad. En las historias de Sanders suele haber personajes opuestos que se terminan complementando, tras atravesar desconfianzas y miedos razonables; ese es el conflicto fundamental. Así pasaba entre Lilo y lo que sea que fuera Stitch en Lilo y Stitch (Lilo & Stitch); entre Hipo y Chimuelo en ¿Cómo entrenar a tu dragón? (How to train your dragon); y vuelve a pasar en Robot salvaje (Wild robot) entre una robot, un ganso bebé y un zorro. Se podría decir que la experiencia es la misma, aunque grupal, en Los Croods (The Croods), y ocurre un poco lo mismo entre el perro y el aventurero interpretado por Harrison Ford en El llamado salvaje (The call of the wild), la única experiencia del director con la acción real (aunque tenga kilos y kilos de efectos digitales) y no casualmente su film más flojo a la fecha. Un detalle no menor: dos de sus cinco películas llevan la palabra salvaje en el título, lo que habla a las claras que hay algo en ese estado que al director lo seduce. De hecho, aunque no tengan “salvaje” en el título, Stitch tiene un comportamiento decididamente salvaje, bastante salvaje es el Chimuelo de ¿Cómo entrenar a tu dragón? y la familia Crood se enfrenta a un entorno de lo más bestial, situación que se repite nuevamente con Roz, la protagonista de Robot salvaje. Tal vez en ese entorno primitivo se conciba mejor la idea de aprendizaje que motoriza la mayoría de los relatos de Sanders: que son a puro golpe y porrazo.

La palabra salvaje no es una palabra random, por empezar que desde el sonido tiene la fuerza que su significado representa, pero si uno elige poner salvaje en el título de una película ya se genera una expectativa que condiciona al espectador. Uno no se prepara de la misma manera para ver, por ejemplo, La pandilla salvaje (The wild bunch) que La pandilla Newton (The Newton boys), por más que estemos hablando de pandillas en ambos casos. De hecho uno de los grandes problemas de Relatos salvajes (Idem) de Damián Szifrón, claramente, es que los relatos eran supuestamente salvajes pero el salvajismo real, no el impostado, faltaba a la cita. En el caso de Robot salvaje, Sanders tiene la pericia para que el entorno donde cae el personaje sea realmente brutal; o lo es al menos hasta el preciso momento en que comienza el proceso de aprendizaje y la instancia de crueldad se va normalizando o haciéndose más invisible. Los primeros minutos del film de Sanders son de una incertidumbre absoluta y de una sabiduría narrativa envidiable para contar algo sin demasiadas explicaciones, casi exclusivamente a partir de lo corporal y el humor físico. El comienzo elude los prólogos explicativos y nos manda directamente a la acción, con la protagonista, Roz, descubriendo que ese lugar donde está no se parece al lugar que el destino le tenía preparado. Es que Roz es una robot programada para cumplir tareas asignadas, y en medio del bosque en el que ha caído son realmente pocas y vanas las tareas que pueda cumplir. Más bien, todas las especies le huyen pensándola como un monstruo. Otro detalle de Robot salvaje revisando la filmografía de Sanders es que se trata de la primera película en la que el choque no se da entre un personaje humano y uno de otra especie, pero aunque lo humano como especie no esté en primera instancia en el relato (luego, ya veremos…), la búsqueda de lo humano, de la belleza, de la sensibilidad, de la experiencia vital, del vínculo con los demás es fundamental en la aventura que atraviesan los protagonistas. Y eso es algo decididamente humano.
Decíamos del arranque. Los primeros minutos son sencillamente perfectos: no sabemos qué hace esa robot en medio de del bosque y vamos descubriendo al personaje a partir de la experiencia que atraviesa, algo similar a lo que nos ocurre a nosotros, espectadores, frente a la película. Es un comienzo en medio de la acción que resulta brutal y, sí, salvaje. Roz quiere relacionarse con todos, pero nadie le presta la debida atención, más bien le temen. Su forma de admirar el mundo nuevo al que se aventura se ve una y otra vez interrumpida por alguna instancia que habla del espíritu de supervivencia que es necesario para sobrevivir en esas condiciones. Hay especies que son devoradas por otras especies más grandes, que a su vez tienen un depredador más grande aún. Y así. Más allá de que Robot salvaje convierte todo eso en un muestrario de chistes de humor físico ejecutado a la perfección, hay una idea superior que tiene que ver con mostrar ese espacio físico no como un lugar cruel, sino en su propia lógica y regido por sus propias normas, con una dinámica determina. Lógica preseteada por los humanos, para la que Roz no está preparada. Por lo tanto su aventura, todo lo que sigue, tendrá que ver con aprender a soltar eso que le han dicho que tiene que ser y aprender a ser algo nuevo. Todo esto, que atraviesa los dos primeros actos de la película y es sencillamente maravilloso.

Hay varios pasajes notables con los que la película demuestra su capacidad para la síntesis narrativa y argumentativa, y el talento de Sanders para decir por medio de la acción aquellas cosas que los personajes tienen que transmitir como aprendizaje. Uno está al comienzo y es la forma en que Roz, que no escucha más que chillidos y ruidos incomprensibles cuando intenta comunicarse con los animales, logra comprenderlos. Es un proceso narrado a puro montaje, mientras vemos que pasan los días y los meses, y Roz termina de incorporar todas esas lenguas que luego serán una. Esto por un lado demuestra la capacidad que tiene el personaje para aprender y adaptarse, algo que será fundamental en lo que sigue la historia, pero es sobre todo una lección de Sanders para justificar que los animales hablen en la lengua que entienden los espectadores. Un recurso parecido usaba Bryan Singer en Operación Valquiria (Valkyrie) para normalizar la idea de que los alemanes hablaban inglés, verosímil indispensable del cine clásico norteamericano. Otro gran momento es una larga secuencia durante el crudo invierno, donde Roz y su zorro amigo terminan convocando a las demás especies para que habiten un mismo espacio y logren atravesar la dureza de esos meses. Otro momento que es puro humor físico, absolutamente desquiciado y salvaje, pero que sirve como quiebre en la relación de Roz con el resto de los personajes, demostrando una aflicción al sacrificio por los demás que emociona; como emociona toda la larga secuencia en la que Roz le enseña a volar al pequeño ganso que la adoptó como mamá y del que conservará una pluma en el corazón cuando llegue la migración.
Todo en la película es una sucesión de secuencias relacionadas con el aprendizaje, con un proceso que nunca es fácil ni sencillo, que requiere su esfuerzo, pero que retribuye con un fruto más que saludable: el amor y el cariño, el afecto y la cercanía en comunidad. Porque en definitiva la fábula está presente en Robot salvaje, y de aquel entorno agresivo y brutal, llegamos a un lugar que termina funcionando como un hogar. Tarea final de Roz, que se aproxima a una noción de maternidad (que de eso también habla la película) infrecuente e impensada. Y por si fuera poco, la película es de una belleza visual que no muchas pueden esgrimir sin volverse presuntuosas.

















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