¿Murió el "cine lento"? El Viejo Roble tiene la respuesta

“Donde hay alguna perspectiva de dinero el arte

no puede seguir adelante, solo la guerra.”

 

La frase, o mejor dicho el comentario, lo citó hace muchísimos años atrás el poeta William Blake (1757-1827) tras admirar por unos segundos unas esculturas inspiradas en la figura del griego Lacoonte. La idea de que el arte debe ser impulsado únicamente por un deseo intrínseco y no la fama o el éxito que nos pueda llegar a proporcionar es algo con lo que se batalla desde hace siglos, pero en el ambiente del audiovisual, más específicamente del cine, en estos últimos tiempos existe una cierta noción de que el dinero adquirido y la “victoria” individual de cada obra es lo que le da, paradójicamente, su más alto valor. Poco es lo que miramos detrás de las historias más mínimas y esenciales que el séptimo arte nos pueda entregar, y en ese contexto entra en juego el “slow cinema”, básicamente un término acuñado para catalogar a aquellas películas que se toman una considerable cantidad de tiempo en contar una historia, que observan la realidad más que “moldearla” a su antojo, que sobre la superficie parecerían no contarnos nada en particular y que, en paralelo a lo que la gran mayoría del espectador promedio pretende obtener, se parecen bastante a nuestras mundanas y rutinarias vidas.

 

Probablemente el pseudodocumentalista más ficcional de todos en la actualidad, mi primer acercamiento al cine del legendario realizador británico Ken Loach fue gracias a un casual visionado hace unos siete años atrás de ‘Yo, Daniel Blake’ (2016), un hermoso y crudo retrato de la decadencia moral en la sociedad moderna puesta desde los ojos de un carpintero que, tras sufrir un accidente en el trabajo, lucha incansablemente contra un sistema que le pone mil trabas para conseguir un seguro de desempleo. Recuerdo como si fuera hoy las sensaciones de aquel cine puro, realista y empático que me propuso la visión de este cineasta con una fuerte impronta política en su cine, pero que nunca trataba de inclinarse por reflejar una realidad distorsionada como lo hacen los extremistas partidarios, que pretenden bajo los ideales más absurdos e incoherentes convencer a los demás de que todo lo que es “opuesto” a su ideología esta mal. No, este era (y sigue siendo hasta la fecha) un cine universal, con el que cualquiera se podría sentir -lamentablemente- identificado.

 

El libro del director que me compré inmediatamente después de haber visto ‘Yo, Daniel Blake’ hace siete años atrás

 

Como si fuera parte de esas trilogías definidas más por la atención a los detalles de la audiencia que por el propio realizador, su última película se cuela en un tridente audiovisual que circula alrededor de las problemáticas sociales que se dieron (y se siguen dando) en el noreste del Reino Unido, siendo completada por la antes mencionada y la también genial ‘Sorry, We Missed You’ (2019), la “secuela espiritual” de su ganadora de la Palma de Oro en donde una familia decide comenzar a trabajar de manera autónoma para poder tener más tiempo para ellos mismos, pero conforme al hecho de conseguir distintos trabajos se ven enfrentados a un sistema laboral que los explota de igual manera. ‘The Old Oak’ es, según sus propias palabras, el cierre de su relación con el cine (el director tiene 87 años), pero personalmente considero a Loach, así como también a Scorsese o Spielberg salvando las enormes diferencias, una clase de artista que muere con su obra, es decir, que no puede descansar en paz sabiendo que está perdiendo el tiempo sin realizar lo que le apasiona hasta último momento. Sin afán de querer entrar en este selecto y exquisito grupo, si algún día pudiese cumplir mi sueño de ser director creo que haría exactamente lo mismo.

 

Fotograma del inicio de ‘The Old Oak’

Las imágenes iniciales de su nuevo drama (que tuvo un estreno progresivo alrededor de muchos países desde fines del 2023) se proyectan estáticas, como sacadas de un documental, fotografías que congelan el tiempo y muestran el costado más puro e innegable de la realidad. En ellas se puede ver a distintos habitantes de un pueblo en una villa de la ciudad de Durham algo descontentas por la llegada de un puñado de inmigrantes sirios, que gracias al dueño del último pub que queda en pie en la ciudad, tienen una segunda oportunidad de seguir con sus vidas. La imagen se vuelve movimiento y entre los inmigrantes que bajan del autobús se puede ver a Yara, una joven fotógrafa a la que un típico bravucón le rompe la cámara y con la que inmediatamente es posible generar una conexión genuina: vivimos en un mundo en el que conviven la crueldad y la amabilidad del ser humano en cada rincón en el que estemos presentes.

 

La inmigración, como muchos temas actuales que nos rodean, es uno difícil de abordar en el cine. Se pide mucho patriotismo, que seamos leales a nuestra tierra natal, ¿pero en que posición queda el sentido de humanidad al respecto? ¿en donde se traza la línea que delimita el supuesto deber absoluto hacia nuestro país de origen y la solidaridad que tendríamos que tener hacía los que pertenecen a otros? Loach logra mantener la solemnidad en su relato mediante un pensamiento constante que se refleja en sus imágenes. Jamás se sale de esos límites que establecen su visión paradigmática de la cuestión, y aún así nos “engancha” de cierta manera. El cine de Loach, siendo considerado una suerte de “slow cinema”, puede que sea todo lo contrario, ya que todo el tiempo está sucediendo algo importante en él. Todos los acontecimientos son causa y consecuencia del anterior, y del que le sigue, como la vida misma.

 

Por poner un ejemplo (y quizás el más efectivo), en una secuencia en particular TJ Ballantyne (el dueño del pub ‘The Old Oak’) conoce a los familiares de Yara, y se siente como si estuviera en su casa a pesar de las diferencias culturales. Esto es inmediatamente continuado por una escena en donde se le hace bullying a uno de esos familiares sirios en la escuela secundaria, y acto seguido TJ Ballantyne junto a los clientes regulares de su pub discuten si realmente estaba bien haberle golpeado al adolescente inmigrante ya que, según los mismos jóvenes matones, este había acosado a una niña. TJ descree que así sea enfrentando a la gente que conoce de toda la vida. Ken Loach redefine al slow cinema para inyectarle un enorme abanico de emociones y sensaciones a una seguidilla de momentos que, de haber caído en otras manos, sería de lo más monótono que exista.

 

Larga vida a esta clase de slow cinema, entonces.

 

POR JERÓNIMO CASCO

Publicado el 3 de SEPTIEMBRE del 2024, 02.08 PM | UTC-GMT -3

 

 

También me podes encontrar en Instagram como 👉 JerodeSeptimoArte


¿DONDE LA PODÉS VER? Se encontrará en cines a partir del 5/09


LEE MÁS RELACIONADO:

 


Si te gustó este artículo recordar darle 👉 ME GUSTA, ponerlo en tus FAVORITOS, COMENTAR 🗣️ , y SEGUIRNOS para más contenido de cine y series 📽

Comentarios 2

C
Colecciona emociones con Charlie10 de septiembre de 2024
¡Este es mi artículo favorito tuyo! Siempre pienso que el cine se equilibrará a sí mismo. Hay audiencias que aman el ritmo rápido y audiencias que aman el ritmo lento. Y ambos ritmos pueden contar historias importantes.
J
Jeroo Casco10 de septiembre de 2024
En respuesta a Colecciona emociones con Charlie: Totalmente! Y eso es lo que lo hace un arte tan rico

De este autor