THE RETURN: Memorias difusas de un pasado que no es propio

Reseñas generales

La cámara navega por debajo de la superficie de una tranquila laguna, y descubre en el fondo un bote hundido. La primera imagen de por si no tiene impacto alguno pero lo tendrá en el final con el simbolismo que propone. Un niño se tira al agua desde una estructura similar a un faro pero que solo sirve como punto de avistamiento, e invita al resto a hacerlo justificando que si lo rechazan serán cobardes, como si el honor y sus vidas dependieran de ello. Dos hermanos se deciden entre ellos que hacer: uno lo ve como una hazaña y una oportunidad de “pertenecer” al grupo de jóvenes, y el otro decididamente se rehúsa, quedándose estático en la cima, esperando a ser "salvado" por su madre. Él es el cobarde según la mirada juvenil, el otro es el héroe. Ambos se desgarran sus ropas, se empujan y corren contra el tiempo en dirección a la calidez maternal. "Quien no haya hecho esto de niño probablemente no tenga infancia", dirían muchos según la creencia de que existe un manual para ello, pero la ficción a veces supera la realidad, como lo fue en este caso para mi.

 

Cuando vi por primera vez la ópera prima del realizador ruso Andrei Zvyagintsev me sentí profundamente conectado desde el primer minuto, algo inusual tratándose de una primer película. Sentía como que estaba viendo pequeños extractos que pertenecían a mi pasado sin ser precisamente calcos del mismo. La saturación de los colores (una jugada estética que recuerda a la intensidad con la que vivenciamos nuestra niñez/adolescencia), los movimientos de los personajes, sus palabras, sus gestos, toda la manera de expresarse me recordaba a flashes de mi infancia/adolescencia haciéndome sentir, además de la obvia nostalgia, también cierta inquietud. ¿Porqué me parecía que las imágenes eran como una poética y cruda documentación de lo que yo había vivido? Al finalizarla, allá en el año 2017, también recuerdo cómo en el cuerpo me recorría una angustia y comfort a la vez en el cuerpo: angustia porque la historia es trágica, y comfort porque había comprendido el poder curativo que puede tener el cine en algunos casos.

 

 

La historia de ‘The Return’ o ‘El Regreso’ en Latinoamérica es bastante sencilla, pero justamente es en esa simplicidad que trama temas complejos y sumamente universales: dos hermanos llamados Ivan y Andrei (la referencia del nombre puede que sea un guiño a un intento de autobiografía pero el realizador nunca lo confirmó) al volver a su casa de una salida casual por el barrio se encuentran con la inesperada noticia de que, tras más de diez años de abandono, su padre ha vuelto al lugar en donde viven con su madre y su abuela. Los motivos se desconocen, el padre hace silencio al igual que todos y la llegada causa tensión desde el minuto uno en el que comienzan a interactuar.

 

En paralelo, la trama de mi vida no es tan interesante como para ser digna de catalogarla “una vida de película”, pero precisamente, ¿a que llamamos “una vida de película”? ¿que elementos tiene que haber en el historial de cada uno de nosotros como para definirlo de esa manera? ¿son una innumerable cantidad de sucesos alocados y disparatados, haber salido en la tapa de una revista o en la sección de algún diario gracias a una historia descabellada? ¿que tan inferior debería sentirme si una pequeña película independiente me hace revivir sentimientos y sensaciones que estaban escondidos? Cuando lo pienso un poco, haciendo una suerte de retrospectiva, quizás puedo decir que yo también tuve una vida “de película”.

 

El viaje que emprenden es la excusa, es la forma que tiene el padre de proporcionarles las enseñanzas y los valores que por más de doce años no les inculcó. Ivan y Andrei resultan ser dos caras de la misma moneda: Ivan es la resistencia, la rebeldía, la oposición constante, el desafiante, aquel que pretende entender cual es el quid de la cuestión, el porqué del viaje, los motivos del regreso de su padre, es aquel que no comprende…y que tampoco quiere comprender. Parece ser el más dolido por el abandono, es aquel niño que en la escena inicial en el muelle nos muestra su flaqueza y poca determinación para relacionarse con sus pares, pero también es el rugido reprimido que sale con fuerza, el pesimista.

 

Y Andrei se posiciona en el otro extremo de la balanza. Es la obediencia en carne propia, es el que sigue las reglas, el “sí, papá”, es el que necesita aprobación, el que intenta contener la aceptación paterna por necesidad y el que, por querer mostrarse como el más fuerte, termina siendo el más débil. La dinámica del trío actoral es sencillamente impresionante y se refleja en pantalla con una naturalidad que jamás había visto: como si se tratase de un documental narrado con una absoluta poesía. El director, junto a dos asistentes que se repartieron entre las ciudades de Moscú y San Petersburgo, llevaron a cabo un exhaustivo proceso de casting que contó con 600 audiciones ya que según Zvyagintsev la película jamás vería la luz en caso de no poder contar con dos "genios jóvenes actores". 

 

Sin dudas de las dos actuaciones la que más destaca es la de Ivan Dobronarov como Ivan, una verdadera fuerza de la naturaleza que adoptó el papel como propio y encarna a un joven tan duro como sensible a la vez. Es justamente con él que me sentí identificado en aquel primer visionado, pero también en parte con algunos rasgos de Andrei, como si esta hermandad fuera una combinación de lo que yo viví siendo un niño que transicionando la adolescencia. En su momento nada me preparó para tener que enfrentarme ante la figura del padre, que se asemeja bastante a la de mi propio padre: una persona que quiere enseñar pero no sabe cómo, que en su rostro refleja arrepentimiento pero en su accionar demuestra rigidez, que pretende sanar algo que ya estaba deshecho en pedazos…

 

La influencia de Tarkovsky en Zvyagintsev está más que clara.

Curiosamente ambos (tanto el realizador como quien escribe) somos amantes del cine de Andrei Tarkovsky. Los guiños y referencias a las formas tan únicas en la narración del fallecido poeta del cine están ahí: los movimientos de cámara, la naturalidad de la atmósfera, la pesadez de los diálogos y la profundidad emotiva de los personajes, entre varios aspectos. Pero Zvyagintsev va más allá y por momentos convierte el drama familiar en un thriller que se acerca (en varias escenas) consideradamente al terror más realista de todos, ese que nos hiela la sangre, y no por lo retorcido o gráfico, sino porque nos remite a los horrores o sensaciones terroríficas que alguna vez padecimos.

 

Decidí publicar este artículo en el Día del Niño para salirme de la norma y dejar salir ese niño que supe ser, probablemente porque tengo la noción de que como lector/a puedan tener miles de ejemplos en donde les recomienden qué película ver junto a los más pequeños (algo que considero absolutamente innecesario por la subjetividad propia del espectador, nada tan básico como aquello que se impone), pero este no es el caso. Quizás te sientas identificado con la historia, quizás no, pero creo que el poder curativo que tiene esta película se siente universal y eso es algo que cruza cualquier barrera que pueda existir.

 

POR JERÓNIMO CASCO

Publicado el 18 de AGOSTO del 2024, 16.11 PM | UTC-GMT -3

 

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