Entre la Niebla y la Eternidad: Por qué 'Casablanca' sigue siendo el testamento definitivo del Amor Real

Romance
Un avión vintage en una pista neblinosa nocturna - captura la esencia del aeropuerto de Casablanca y esa atmósfera melancólica del final icónico.

A mis sesenta y tantos años, después de haber compartido más de veinticinco con la mujer de mi vida, podría decirse que tengo credenciales para hablar del amor. No de ese amor de revista, de postal cursi o de telenovela barata. Hablo del amor que se construye con paciencia, con silencios compartidos, con cafés de la mañana y discusiones tontas por la toalla mojada en la cama. Hablo del amor que te sostiene cuando el mundo se desmorona.

Ella se fue hace tres años. Dios, en su infinita y a veces incomprensible sabiduría, la llamó a otras asignaciones. Y aquí estoy yo, con la casa demasiado grande, con su lado de la cama intacto, con sus libros todavía en la estantería, creyendo —a pesar del dolor, a pesar de la ausencia— que el amor es real. Que existe. Que no fue un espejismo.

Y cuando necesito recordarlo, cuando la soledad aprieta y la duda amenaza con instalarse en mis huesos, hago lo que cualquier cinéfilo viejo y terco como yo haría: pongo Casablanca.

No es casualidad. O quizás sí lo sea, porque el destino, como diría Rick Blaine, tiene sus propias reglas.


La primera vez que vi Casablanca tenía diecisiete años. No entendí nada, o casi nada. Me pareció lenta, hablaa, demasiado blanca y negra para mi gusto adolescente acostumbrado a los colores estridentes. Mi padre, que en paz descanse, me dijo una noche mientras fumábamos en el balcón:

 "Hijo, esta película no es para ti todavía. Vuelve cuando el amor te haya roto el corazón por primera vez".

No le hice caso, como hacen todos los hijos. Pero años después, ya con mi esposa —bueno, mi novia entonces—, la volví a ver. Y algo cambió. No fue un terremoto, fue más bien una grieta sutil en mi comprensión del mundo. Empecé a entender que Rick Blaine no era un héroe, era un hombre roto. Y que el amor, el verdadero, no siempre tiene final feliz en el sentido convencional.

Hoy, viudo, con el pelo más blanco que el de Bogart, puedo decir que mi padre tenía razón. Casablanca no es una película para jóvenes. Es una película para los que han amado de verdad, para los que han perdido, para los que saben que el amor no es posesión sino entrega.

El anciano recordando: Yo en mi sillón, rodeado de fotografías, viendo una película clásica proyectada en la pared - esta imagen personifica mi historia personal y esa conexión íntima con Casablanca.

***

Lo que me vuelve loco de esta película —y perdónenme el arrebato, pero a esta edad uno ya no se corta— es que no te vende humo. No hay boda final, no hay beso bajo la lluvia que congela la pantalla, no hay música triunfal. Hay un aeropuerto envuelto en niebla, dos personas que se aman con toda el alma y que, sin embargo, se despiden.

¿Cómo puede eso demostrar que el amor existe? Fácil. Porque el amor de Rick por Ilsa no es egoísta. No la retiene para satisfacer su propio deseo, aunque le duela el alma. La envía con Victor Laszlo, el hombre que la necesita, el hombre que representa algo más grande que ellos dos. Rick sacrifica su felicidad personal por el bien de ella. Y eso, amigos míos, es amor en su estado más puro.

Mi esposa y yo vivimos algo parecido, aunque en escala mucho más modesta. Cuando ella enfermó, yo habría dado cualquier cosa por cambiar los papeles, por estar yo en esa cama. Pero ella me miraba con esos ojos que todavía me persiguen en los sueños y me decía: 

"Tú tienes que seguir, tienes que vivir". 

Y yo, como Rick, tuve que aprender a soltar. Tuve que aprender que amarla significaba dejarla ir cuando llegó su momento.

No es lo mismo, lo sé. No estoy comparando mi dolor con el de una película. Pero hay algo en la forma en que Casablanca retrata el amor como sacrificio, como renuncia, como acto de generosidad absoluta, que resuena en mis huesos de viejo enamorado.

***

La escena que me destroza cada vez —y ya la habré visto unas doscientas veces, calculo— es cuando Sam toca "As Time Goes By". Ilsa le pide que la toque, y Rick aparece furioso, prohibiéndolo. Pero luego cede. Dice:

 "Si ella puede soportarlo, yo también. Tócala".

Ahí está todo. El amor duele. Recordar duele. Pero la belleza del recuerdo es más poderosa que el dolor del olvido. Yo tengo fotos de mi esposa por toda la casa. Algunas me hacen sonreír, otras me rompen el pecho. Pero no las quito. No podría. Porque esos recuerdos son lo único que me queda de ella, y son más valiosos que el silencio que las reemplazaría.

Rick e Ilsa solo se amaron realmente en París y en unos pocos días en Casablanca. Poco tiempo, ¿verdad? Pero ese amor fue suficiente para definir sus vidas. Para transformar a un cínico en un héroe. Para hacer que un hombre que "no se metía por nadie" se subiera a un avión hacia la incertidumbre.

El amor no se mide por su duración. Se mide por su profundidad. Y eso, Casablanca lo entiende mejor que ninguna otra película que yo conozca.

***

A veces me preguntan —mis nietos, principalmente, con esa curiosidad inocente de los que apenas empiezan a vivir— cómo hice para estar tanto tiempo con la misma mujer. "Abuelo, ¿no te aburriste?". Y yo me río, porque la pregunta es tan joven, tan llena de la prisa de esta época donde todo se consume y se desecha.

No, no me aburrí. Porque el amor verdadero no es emoción constante, no es mariposas en el estómago las veinticuatro horas del día. Es elección diaria. Es levantarse cada mañana y decidir, otra vez, a esa persona. Es conocer sus defectos y amarla a pesar de ellos, o quizás, por ellos.

Casablanca lo muestra perfectamente. Rick no idealiza a Ilsa. Sabe que ella lo dejó en París, sabe que le rompió el corazón. Pero cuando la vuelve a ver, no hay rencor, solo comprensión. Solo amor que trasciende el dolor.

Eso es lo que yo siento por mi esposa. No la idealizo. Sé que era terca, que dejaba los platos en el fregadero, que roncaba cuando estaba muy cansada. Pero la amaba con todo eso. Y la sigo amando.

***

La última vez que vi la película fue hace unas semanas, una noche de esas en que la soledad aprieta más de lo habitual. Me serví un whisky —ella no habría aprobado la cantidad, pero qué demonios, ya no está para regañarme— y me senté en mi sillón favorito, el que ella siempre decía que era incómodo.

Cuando llegó la escena final, esa del aeropuerto con la niebla y la lluvia, no pude contener las lágrimas. No es que no las hubiera llorado antes, pero esa noche fueron diferentes. Eran lágrimas de gratitud, no de dolor. Porque entendí, una vez más, que el amor de Rick por Ilsa no terminó en ese aeropuerto. Siguió vivo en él, en cada decisión que tomó después, en cada momento de su vida.

Igual que el amor de mi esposa sigue vivo en mí. En cada mañana que me levanto, en cada libro que leo, en cada película que veo. Ella se fue, sí. Dios la llamó a otras asignaciones, como digo yo para no volverme loco. Pero el amor que compartimos no se fue con ella. Se quedó aquí, en mí, en cada célula de mi cuerpo.

Y eso, amigos míos, es lo que Casablanca me recuerda cada vez que la veo. Que el amor es real. Que existe. Que no es un invento de poetas ni una mentira de cineastas. Es la fuerza más poderosa del mundo, la única que trasciende la muerte, la única que nos convierte en algo más que carne y hueso.

Así que la próxima vez que duden, la próxima vez que el cinismo amenace con instalarles en el alma, busquen esta película. Vean a Bogart levantar su copa, vean a Bergman llorar con esa belleza desgarradora, escuchen a Sam tocar ese piano. Y recuerden que, efectivamente, el amor es real.

Siempre nos quedará París. O en mi caso, siempre me quedarán veinticinco años de vida compartida. Y eso, créanme, es más que suficiente.

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