Extintos
Aventura¿Qué haría si los dinosaurios vivieran hoy? mm bueno, para responder a esa pregunta debemos comenzar por el principio. Y eso es con la historia de Rodrigo, y su amor por los dinosaurios, un amor que lo fascinaba de una manera que otros niños lo molestaban debido a ello.
Entonces allí estaba "Grandote" García amenazaba con romperle los anteojos al nerd de la clase, todos en el aula se preguntaban lo mismo:
—¿Qué tipo de persona puede obsesionarse con algo tan olvidado, que ya no existe, que son sólo huesos y polvo?
Excepto, claro, Rodrigo
Rodrigo, nuestro nerd paleontólogo favorito, no veía huesos ni polvo. Veía historia, vida y movimiento. Su mundo giraba en torno a criaturas que nadie más podía ver, excepto tal vez en los libros o en las películas de Spielberg. Prefería pasar su tiempo rodeado de libros antiguos, documentales, réplicas de fósiles, mapas geológicos y artículos científicos. Los dinosaurios no eran solo un interés para él: eran su pasión, su obsesión… su vida. No se imaginaba entonces el pequeño Rodrigo que unos cuantos años después, lo imposible sucedería…
Primero fue una nota en una página web científica poco conocida: "Movimientos subterráneos inusuales bajo el Mar del Norte". Luego, imágenes aéreas captadas en la Patagonia Argentina mostraban manadas de animales enormes, demasiado grandes para ser cualquier criatura actual. Después, vinieron los videos virales de pescadores del Orinoco huyendo de un cuello largo que emergía del río. Lo que comenzó como rumores se volvió evidencia. Y la evidencia… realidad.
Los dinosaurios estaban de vuelta.
Nadie sabía exactamente cómo. Algunos hablaban de una falla en el tiempo, otros de clonación no autorizada. Hubo quienes culparon al cambio climático y hasta teorías místicas sobre el despertar de la Tierra. Pero Rodrigo, siempre más racional que supersticioso, lo decía así:
—"Los dinosaurios están extintos… pero no se han ido."
Sus estudios, análisis y obsesiva dedicación lo llevaron a trabajar con el gobierno. Lo convocaron para unirse al Programa de Coexistencia Prehistórica, una iniciativa internacional que intentaba entender, proteger y, en algunos casos, contener a estas criaturas que volvían a caminar entre nosotros.
Y ahí entro yo.
Nos conocimos en la biblioteca central, un lugar que, paradójicamente, se volvió más popular desde que la nueva era jurásica comenzó. Yo iba por el silencio. Él, por los libros. Siempre llegaba a eso de las once de la mañana, con una tablet en una mano y un libro desgastado en la otra, normalmente titulado con nombres como "Excavaciones memorables de Mongolia Central" o "La huella del Mesozoico".
Una tarde cualquiera, en plena procrastinación, mis ojos se posaron en la portada de uno de sus libros. El título era inquietante: "Los que aún caminan entre nosotros".
Me acerqué y le dije:
—Oye… chico dinosaurio. Perdón, no sé tu nombre. Pero siempre vienes aquí a la misma hora, con esa cara de que esperas encontrar un tiranosaurio escondido entre los estantes.
Él levantó la vista, ajustó sus anteojos, y sonrió con esa mezcla de timidez y orgullo
—Me llamo Rodrigo. Y no busco un tiranosaurio en los estantes. Busco respuestas.
Y así empezó nuestra amistad.
Lo que no sabía en ese momento es que, muy pronto, yo también terminaría siendo parte de su historia. Porque cuando los dinosaurios copan la Tierra, nada, absolutamente nada, vuelve a ser normal.

Poco a poco, Rodrigo empezó a confiar en mí.
Me contó sobre su trabajo con el gobierno, sus descubrimientos, sus preocupaciones. Me hablaba con pasión sobre los Anquilosaurios, “los tanques del pasado”, como él les decía. Admiraba su fortaleza, su silencio. Luego venían los Parasaurolophus, con su canto bajo y triste, capaces de comunicarse a kilómetros. Y, por último, los Troodon, pequeños, ágiles, brillantes. “Ellos podrían haber evolucionado en nuestra dirección”, decía. “Pero no lo hicieron. Y tal vez fue para mejor.”
Un día, todo cambió.
Rodrigo fue convocado a una instalación secreta en la Amazonía, cerca del río Madeira. Se trataba de una especie nunca antes registrada. Reptiles enormes, carnívoros, pero organizados. Se movían en manada. A pasos coordinados y exactos
—Esto no es natural —me escribió en un mensaje encriptado—. No es sólo evolución. Hay intervención humana.
Al llegar a las instalaciones el primer ser del pasado que lo recibió fue sin dudas el menos pensado, alto y aún corpulento: Iván “Grandote” García
El mismo Iván de la secundaria. El niño rico que en más de una ocasión le estampó la cara contra su propio cuaderno de biología, burlándose de sus dibujos de dinosaurios. Rompió sus anteojos, durante casi toda la secundaria fue el juguete de este abusador.
Rodrigo sintió todos los recuerdos venir de golpe, pero logró mantenerse sereno. Habían pasado diez años de su época en la secundaria, aunque los encuentros con Grandote García aún lo acosaban.
Y ahora estaba allí parado, sonriéndole con unos dientes que parecen de tiburón, lleva puesto un traje gris que le da aires a un jefe de alguna mafia.
Iván es el vicepresidente de TECHGEN, la empresa de su padre, dedicada a proyectos de bioingeniería y control animal. Una de las principales patrocinadoras del “futuro jurásico”.
—¡Rodrigo! ¡Viejo amigo! Qué gusto verte con bata y todo.
—Iván, no tienes idea de lo que estás haciendo.
—Claro que sí. Estoy haciendo lo que siempre soñé: mandar sobre las bestias. Y tú también, ¿no? Solo que yo lo hago con estilo.
Luego de decir eso le dio una palmada en la espalda con una fuerza un poco exagerada, Rodrigo se contuvo y simplemente asintió y se despidió de él con la excusa de que no llegaba a tiempo al laboratorio.
Rodrigo me lo contó en sus cartas secretas. Iván no solo estaba modificando a los dinosaurios, los estaba combinando. Genes cruzados con inteligencia artificial. Control mental por impulsos. Una nueva especie: obediente, programable, vendible.
—No voy a permitirlo —me escribió Rodrigo—. No de nuevo.

El apagón generalizado ocurrió dos semanas después.
Las criaturas liberadas no corrieron al azar. Fueron directamente hacia el módulo ejecutivo, donde Iván y sus socios se reunían. La base quedó destruida en minutos.
Hubo sobrevivientes. Pero no muchos.
Las autoridades lo llamaron “un error de cálculo”
Nadie se creía ni una palabra, pero tampoco nadie hacía nada al respecto, el caos reinaba no sólo en las instalaciones de TechGen, sino en el mundo entero. Otra vez los seres humanos han rebasado su cuota con la madre naturaleza. Rodrigo desapareció esa noche. Nunca recuperaron su cuerpo, ni sus pertenencias. Ni los drones, ni las patrullas de rescate, ni las autoridades que fingieron buscarlo.
Pero yo sabía que él había escapado. Probablemente logró cruzar la frontera de la selva y del mundo civilizado. 
Luego de la desaparición de Rodrigo decidí unirme a un grupo de personas que querían lo mismo que yo, un poco de normalidad. Nuestro principal contacto es a través de internet. Comenzamos con foros anónimos, sabíamos que las restricciones a nivel internacional no tardarían en llegar, con la reaparición de los dinosaurios de alguna manera la sociedad imploto. Todo se polarizó, están quienes aman y defienden a los dinosaurios, luego quienes quieren aprovecharse y explotar su hallazgo, están los que los satanizan, los traficantes… El caos es total, el resto de las personas con algo de humanidad somos nosotros, los extintos, estamos en todas partes, podría ser cualquiera, un hombre, una mujer, joven, vieja, viejo. En mi caso, comencé a viajar con un grupo de fotógrafos nómadas, nos movemos entre sombras y fronteras, Rodrigo nos ha dejado señales a través de mensajes encriptados. Estas son las últimas anotaciones de mi diario de campo ahora que los dinosaurios rugen de nuevo entre el hombre y la guerra.
Ubicación: Zona restringida – Cuenca del Orinoco
Fecha: 23 de abril de 2026
Bitácora #07
Hoy vi algo que no debería haber visto.
Desde el margen del río, entre la neblina que arrastra el calor del mediodía, emergió un cuello largo. Silencioso. Majestuoso. Un titanosaurio joven, probablemente de unos quince metros, caminando entre las raíces sumergidas como si el agua fuera parte de su cuerpo. No emitía sonidos. Solo respiraba con lentitud, como si estuviera meditando.
A veces me olvido de que no estoy soñando.
Otras veces… deseo estarlo.
Esta región del Orinoco fue una de las primeras zonas testigo del "despertar". Algunos dicen que fue por el calor húmedo. Otros, por la energía telúrica que corre bajo estas tierras. Pero los pescadores lo recuerdan bien: la noche en que el agua dejó de moverse como río y empezó a moverse como animal.
Ubicación: Refugio móvil – Patagonia Argentina
Fecha: 3 de mayo de 2026
Bitácora #12
Aquí, al sur del mundo, el viento no deja dormir.
La nieve se derrite en enero. Y en los campos abiertos, entre cerros bajos, se ven siluetas enormes avanzando al atardecer.
Vi una manada de Hadrosaurios cruzar el valle de El Chaltén. En fila, como fantasmas. Sus huellas son tan grandes como una mesa de cocina. Los locales ya no salen al campo. Dejan ofrendas. Algunos los llaman "los primeros dioses".
No los culpo.
Hay algo sagrado en este silencio.
En la forma en que la Tierra reclama lo suyo.
Ubicación: Punto de encuentro (desconocido)
Fecha: 18 de mayo de 2026
Bitácora #18
No sé si esto es parte de un delirio por el cansancio… pero creo que Rodrigo estuvo aquí.
Encontré una piedra en el margen del río, con una huella de Anquilosaurio perfectamente marcada. No es natural. Está en el lugar exacto donde suelo dejar mis notas de observación.
Y encima de la piedra, un papel, mojado pero legible:
“La Patagonia no los escondió. Los esperó.
El Orinoco no los trajo. Les habló.”
-R.
Ubicación: Zona en disputa – frontera del Chaco
Fecha: 29 de mayo de 2026
Bitácora #23
Los gobiernos siguen debatiendo en la ONU si declarar ciertas zonas “no humanas”. Zonas donde ya no tenemos derecho a entrar. Donde la vida antigua reclama el lugar que una vez tuvo.
Y mientras tanto, TECHGEN sigue operando, disfrazando proyectos militares de investigación paleo genética. Nadie menciona a Iván García. Su nombre ha desaparecido de todos los archivos públicos. Como si nunca hubiera existido.
Pero yo sé la verdad.
Yo estuve ahí.
Rodrigo lo enfrentó. Rodrigo lo dejó atrás.
Y ahora, quizás, sea parte de algo más grande que nosotros.
Ubicación: Territorio salvaje – sin coordenadas
Fecha: Desconocida
Entrada sin número
Esta no es una entrada de observación.
Es una carta.
Rodrigo… si estás leyendo esto, encontraste mi libreta.
Sigo tus pistas. Escucho tus señales.
Y empiezo a entender.
Tal vez fuiste el primero en aceptar que no somos dueños del mundo, solo visitantes mal educados.
Y ahora, los verdaderos habitantes han vuelto.
No para destruirnos… sino para enseñarnos cómo se sobrevive a una extinción.
Nosotros seguimos creyendo que estamos vivos por derecho.
Pero ellos, los antiguos… están vivos por mérito. Y tú, Rodrigo eres parte de ellos ahora.





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