Hokum: un cuento de terror sobre la culpa
Recomendaciones"Ningún hombre puede, por un tiempo considerable, mostrar una cara ante sí mismo y otra ante la multitud, sin que finalmente termine confundido sobre cuál es la verdadera". — Nathaniel Hawthorne

La culpa no es un sentimiento estático; es más bien, un organismo vivo que se alimenta de lo que sea que haya en nosotros y a nuestro alrededor. En Hokum: la maldición de la bruja, la más reciente y asfixiante película del director irlandés Damian McCarthy, esta premisa deja de ser una metáfora para convertirse en una presencia física que toma forma de un hotel en decadencia. La película nos presenta a Ohm Bauman (Adam Scott), un escritor cuya amargura es tan densa como la niebla de West Cork. El punto de partida parece un poco una historia sobre redención: El protagonista va a esparcir las cenizas de sus padres en el lugar donde vivieron sus recuerdos más románticos y felices. Sin embargo, McCarthy transforma rápidamente este viaje de amargura y duelo en un descenso al purgatorio. El hotel no es solo un edificio envejecido; es un laberinto de recuerdos donde cada crujido de la madera parece reclamar una confesión que Ohm no está dispuesto a dar.
Casi como en un homenaje al Overlook, El núcleo del horror en Hokum reside en la leyenda de la suite nupcial, un guiño (desde mi perspectiva) a la famosa habitación 217 del ya mencionado hotel overlook. La habitación sellada que actúa como el epicentro de una maldición ancestral. McCarthy maneja con maestría la simbología de la puerta cerrada: todos tenemos una "suite" interna donde encerramos nuestros traumas y errores más vergonzosos. Uno de los grandes aciertos de la película es la figura de la bruja ancestral que habita el lugar; es la manifestación de lo que sucede cuando intentamos enterrar el pasado sin haberlo sanado. Adam Scott, nos brinda una vez más una gran actuación despojándose de su habitual ironía para interpretar a un hombre roto que descubre, demasiado tarde, que no se puede huir de un fantasma que llevas dentro de ti. Una película visualmente áspera y gélida. Consigue fácilmente esa atmosfera de opresión y oscuridad que tienen los buenos cuentos de terror… Hokum no ofrece salidas fáciles. Es un recordatorio cinematográfico de que la culpa, cuando no se enfrenta, termina por devorar la realidad. Al final de la cinta, la pregunta que queda grabada en el espectador es tan simple como aterradora: ¿qué secretos estamos guardando nosotros tras la puerta que juramos nunca abrir?
Porque, en última instancia, el verdadero horror de Hokum no está en la bruja, ni en la habitación sellada, ni siquiera en el hotel que apacible yace entre sombras. El horror está en el reconocimiento de que todos llevamos dentro una estructura similar: pasillos que evitamos, recuerdos que maquillamos, puertas que cerramos con la esperanza ingenua de que nunca nada saldrá de allí. McCarthy no busca asustarnos con lo desconocido, sino con lo inevitable. Nos enfrenta a la idea de que el pasado no desaparece; se transforma, muta, se infiltra en los rincones más inesperados de nuestra vida cotidiana. Y cuando finalmente decide manifestarse, no lo hace como un espectro ajeno, sino como algo íntimamente nuestro. Y quizás por esa sola razón esta historia sea tan perturbadora: porque cuando las luces de la sala se encienden y el espectador abandona el cine, el hotel no se queda atrás. Se viene con nosotros.








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