La pelota contra el imperio
Reseñas generalesEl 15 de julio de 2026, Argentina e Inglaterra volverán a encontrarse en un Mundial. Antes de que la pelota empiece a rodar, reaparecerá una frase que pretende clausurar cualquier conversación: es sólo un partido de fútbol. La dirán periodistas, dirigentes, entrenadores, jugadores, funcionarios y personas de buena voluntad que creen defender al deporte de la contaminación política.
La frase parece sensata. En realidad, encierra una operación ideológica.
Afirmar que Argentina contra Inglaterra es sólo un partido implica exigirnos que olvidemos cómo nació el fútbol, quiénes lo difundieron, qué imperios lo transportaron, qué sectores sociales se apropiaron de él, qué mujeres fueron expulsadas de sus canchas, qué dictaduras utilizaron los estadios, qué empresas compraron los clubes y qué pueblos hicieron de la pelota una forma de narrar sus derrotas y sus deseos.
La rivalidad se consolidó en el Mundial de 1966, con la expulsión de Antonio Rattín en Wembley, se cargó con el peso de la guerra de Malvinas de 1982 y alcanzó su forma mítica en México 1986. Desde entonces, cada nuevo partido convoca recuerdos que ningún discurso de neutralidad puede disipar.
Yo tenía once años cuando la dictadura argentina llevó al país a una guerra. Había servicio militar obligatorio. Los convocados eran jóvenes que unos meses antes estudiaban, trabajaban, jugaban a la pelota o esperaban el regreso del sábado. Algunos no volvieron. Otros regresaron a un país que evitó mirarlos.
Por eso me hiere que alguien diga que Argentina contra Inglaterra es sólo un partido. No porque confunda un Mundial con una guerra. Me hiere porque esa frase supone que la memoria puede desconectarse por decreto. Como si las emociones colectivas tuvieran un interruptor. Como si los muertos pertenecieran a un territorio ajeno a la cultura. Como si el cuerpo que salta ante un gol no fuera el mismo cuerpo que recuerda.
El mito del fútbol inocente
Al fútbol nunca le faltó Política.
Tampoco nació como una lengua universal caída del cielo. El deporte codificado surgió en la sociedad industrial británica, atravesado por sus escuelas, sus distinciones sociales, su disciplina corporal y su expansión imperial. El primer partido internacional masculino reconocido enfrentó a Escocia e Inglaterra el 30 de noviembre de 1872. En la Argentina, el primer encuentro documentado se disputó el 20 de junio de 1867 en el Buenos Aires Cricket Club, impulsado por integrantes de la comunidad británica. Durante sus primeras décadas, el juego circuló por colegios, empresas, puertos y espacios de sociabilidad vinculados a esa comunidad.
El imperio llevó ferrocarriles, inversiones, bancos, mercancías y fútbol. Sin embargo, los pueblos rara vez reciben una práctica cultural sin transformarla. La Argentina tomó aquel juego reglamentado y lo mezcló con el potrero, el barrio, la inmigración, el criollismo, la picardía, el cuerpo bajo y el espacio reducido. El football se convirtió en fútbol; después, en jugar a la pelota.
No se trató de una mera traducción lingüística. Fue una apropiación política.
Los argentinos no derrotaron al imperio británico porque modificaron una forma de llevar la pelota. Pero produjeron una lengua corporal que ya no pertenecía por entero a quienes habían establecido las reglas. El pase correcto perdió su privilegio frente a la gambeta. La obediencia táctica encontró un límite en la invención. El juego dejó de ser sólo el aprendizaje de una disciplina y se volvió el arte de escapar de ella.
Toda gambeta conserva esa promesa: existe una salida que el poder todavía no calculó.
Las mujeres también estaban allí
La historia oficial construyó otro mito: primero jugaron los hombres; mucho después, cuando la sociedad se volvió tolerante, llegaron las mujeres.
Es falso.
El primer partido femenino registrado en Gran Bretaña tuvo lugar en 1881. En 1895, el British Ladies’ Football Club reunió a unas diez mil personas —algunas fuentes hablan de más de once mil— para un encuentro entre equipos del norte y del sur de Londres. En la Argentina, el registro más antiguo localizado corresponde al Club Fémina, que jugó en Rosario el 5 de octubre de 1913. Es decir: las mujeres no llegaron tarde al fútbol. Fueron apartadas de su historia.
El 5 de diciembre de 1921, la Asociación Inglesa de Fútbol prohibió que los equipos femeninos utilizaran los campos de los clubes afiliados. Declaró que el fútbol era inadecuado para las mujeres. La exclusión se prolongó durante casi cincuenta años. El problema, por supuesto, no era una supuesta debilidad femenina. El crecimiento de aquellos partidos disputaba espectadores, dinero, espacios y autoridad masculina.
La prohibición revela una verdad elemental: el poder no teme sólo a quien gana. Teme a quien ocupa un lugar que le había sido negado.
Una mujer que entra a la cancha altera la distribución de los cuerpos. Una mujer que juega impugna la idea de que el espacio público pertenece a los varones. Una multitud que la observa reconoce la existencia de otro sujeto colectivo. Por eso la historia del fútbol femenino es inseparable de la historia política del fútbol: no representa una sección agregada al relato principal, sino la prueba de que aquel relato fue mutilado.
También por eso Offside, de Jafar Panahi, tiene tanta fuerza. Un grupo de jóvenes iraníes intenta entrar a un estadio con ropa masculina. El partido ocurre detrás de un muro. Ellas oyen los gritos, imaginan las jugadas y discuten con los soldados que deben custodiarlas. El film convierte una prohibición en absurdo visible. Ganó el Gran Premio del Jurado en Berlín y encontró en el público una mezcla de risa, tensión y alivio: el espectador comprende que la norma sólo puede sostenerse mientras nadie señale su ridiculez.
Freedom Fields, de Naziha Arebi, prolonga esa disputa en la Libia posterior a la caída de Gadafi. Durante cinco años, la directora acompañó a mujeres que intentaban formar y sostener una selección mientras el país entraba en una guerra civil. La audiencia no contempla una historia de superación personal. Presencia una lucha por el derecho a tener un futuro, a representar un país y a habitar el espacio común. El campo de juego aparece como una porción de sociedad todavía por conquistar.
Rattín: el cuerpo que se negó a salir
Antes de Maradona estuvo Rattín.
En 1966, el capitán argentino fue expulsado por el árbitro alemán Rudolf Kreitlein durante el partido de cuartos de final contra Inglaterra. El árbitro no hablaba español y Rattín no hablaba alemán. Aun así, Kreitlein alegó haber percibido violencia en sus palabras. Rattín se negó a abandonar el campo durante varios minutos.
Ese episodio fundó una parte esencial de la rivalidad: el cuerpo argentino que desconoce la legitimidad de una autoridad que no puede explicarle su decisión.
Rattín no se quedó porque creyera que el partido estaba por encima de la política. Se quedó porque la cancha ya era política. La expulsión condensaba jerarquías, traducciones imposibles, sospechas y prejuicios. Inglaterra terminaría campeona. La prensa inglesa llamaría “animales” a los argentinos. Argentina hablaría del robo del siglo.
La memoria nacional comenzó a preparar, veinte años antes, el escenario simbólico de México.
Malvinas no cabe en noventa minutos
La dictadura argentina utilizó la causa Malvinas para prolongar un poder que se descomponía. Eso no convierte la reivindicación de soberanía en propiedad de la dictadura. Tampoco borra la ocupación británica ni el carácter colonial del conflicto. Confundir la causa con el régimen que intentó apropiársela constituye otra forma de falsificación.
La guerra dejó muertos, sobrevivientes, familias y comunidades heridas. Cuatro años después, Argentina e Inglaterra se enfrentaron en el estadio Azteca.
Aquel partido no podía reparar la guerra. Ningún gol resucita a un soldado. Ninguna copa modifica una frontera. Ninguna gambeta reemplaza a la justicia internacional. Pero sería igual de falso afirmar que aquel encuentro careció de significado político.
Los pueblos también elaboran su historia mediante símbolos. Un símbolo no sustituye a la realidad: la concentra, la desplaza, la vuelve soportable durante unos instantes.
Maradona lo explicó después con una franqueza brutal. El partido tenía para los jugadores y para buena parte del país una carga asociada a Malvinas. No era una revancha militar. Era una revancha imaginaria de quienes jamás habían decidido ir a la guerra.
Maradona contra la pedagogía del vencedor
El primer gol de Maradona contra Inglaterra fue una transgresión. El segundo, una obra.
La Mano de Dios quebró la sacralidad de la regla. El Gol del Siglo quebró la supuesta superioridad del adversario. Uno introdujo la picardía del débil dentro de un sistema que presume neutralidad; el otro demostró que el débil podía vencer incluso dentro de las reglas.
Por eso ambos goles forman una unidad política.
La mano sola habría dejado a Maradona reducido al engaño. La gambeta sola habría permitido convertirlo en un genio aceptable para las élites. Juntos producen algo más incómodo: un héroe popular que conoce la ley, la vulnera y, minutos después, crea una belleza que ninguna ley puede explicar.
Hero, la película oficial del Mundial de 1986, fijó esa imagen para generaciones enteras. Sus planos de Maradona dentro y fuera del campo ayudaron a construir la memoria visual del torneo. Para millones de espectadores, México 1986 dejó de ser una suma de partidos y se convirtió en el relato de un cuerpo pequeño que soportaba golpes, avanzaba y obligaba al mundo a mirarlo.
Diego Maradona, de Asif Kapadia, desarma luego la estatua. La película, presentada en Cannes y construida con cientos de horas de imágenes poco conocidas, enfrenta al público con el precio de aquella elevación. Diego aparece como el joven de Fiorito; Maradona, como la criatura pública fabricada por clubes, representantes, periodistas, hinchas, empresarios y poderes políticos. La audiencia sale con una pregunta que incomoda: ¿cuánto amor popular puede recibir una persona antes de que ese amor empiece a devorarla?
Maradona por Kusturica elige el camino contrario. No desmonta el mito: lo celebra. Kusturica ve en Diego a un rebelde, un sobreviviente y un revolucionario con botines. La película fue parte de la selección oficial de Cannes y produjo adhesiones fervorosas, además de rechazos ante su cercanía con el personaje. Esa división forma parte de su efecto. Maradona no deja al espectador en un lugar neutral: obliga a discutir qué esperamos de nuestros ídolos populares y por qué exigimos de ellos una pureza que jamás reclamamos a los poderosos.
Amando a Maradona, de Javier Vázquez, desplaza el centro hacia los creyentes. Su asunto no es sólo Diego, sino las personas que lo aman. El documental registra una religión popular sin iglesia oficial, hecha de tatuajes, relatos, canciones y gratitud. El público reconoce allí algo que la sociología deportiva suele perder: la relación con un ídolo puede ofrecer palabras a quienes carecen de otros lenguajes para narrar sus vidas.
El camino de San Diego, de Carlos Sorín, lleva esa devoción hasta Misiones. Un trabajador encuentra una raíz con la forma de Maradona y emprende un viaje para entregársela mientras el futbolista permanece internado. La película obtuvo el Premio Especial del Jurado en San Sebastián. Su impacto nace de una inversión: el hombre célebre casi no aparece; el protagonista es uno de aquellos seres anónimos que el país rara vez escucha. Maradona funciona como puente entre vidas separadas por la pobreza y la distancia.
Fue la mano de Dios, de Paolo Sorrentino, convierte a Maradona en una fuerza del destino. Su llegada a Nápoles no representa sólo una contratación deportiva. Trae una alegría colectiva y, por un accidente biográfico, salva la vida del joven protagonista. El film ganó el León de Plata en Venecia. La audiencia descubre que un futbolista puede intervenir en una vida sin conocer a la persona que ha salvado.
Estas películas producen efectos distintos: veneración, duelo, incomodidad, ternura, risa, sospecha. Ninguna logra separar al jugador de la política porque la existencia misma de Maradona desmiente esa separación.
Diego fue un cuerpo del sur al que el norte deseó, utilizó, castigó y necesitó.
Cuando el fascismo organiza un partido
El fascismo comprende el poder de los cuerpos reunidos.
Ama los estadios, los uniformes, los himnos, las banderas y las coreografías. Necesita transformar la multitud en una masa que obedece. Aspira a que miles de personas sientan lo mismo, al mismo tiempo y bajo una autoridad única.
El fútbol puede servir a ese propósito. También puede arruinarlo.
Dos tiempos en el infierno, de Zoltán Fábri, expone esa contradicción. Oficiales nazis organizan un partido contra prisioneros húngaros para demostrar su superioridad. El encuentro nace como propaganda. Los cautivos aceptan jugar y convierten la ceremonia del verdugo en un acto de dignidad. La película obtuvo un premio de la crítica en Boston y dejó una herida difícil de cerrar: aquí la victoria deportiva no garantiza la salvación. El público debe aceptar que una persona puede derrotar al fascismo en el terreno moral y, aun así, morir bajo sus armas.
Escape a la victoria, de John Huston, transforma esa matriz trágica en un relato popular. Michael Caine, Pelé, Sylvester Stallone y varios futbolistas profesionales ampliaron su llegada a públicos que quizá jamás habrían visto la película de Fábri. El final, con la multitud que invade el campo y permite la fuga de los prisioneros, formula una fantasía política irresistible: el espectáculo preparado por el poder se vuelve rebelión cuando el público deja de comportarse como público.
The Third Half, de Darko Mitrevski, relaciona fútbol, ocupación y persecución de los judíos en Macedonia. Su estreno en el festival de Bitola recibió una ovación de pie, aunque el film también generó debates por su representación histórica. Esa recepción dividida muestra que las películas sobre fútbol y nación jamás trabajan con una materia inerte. Tocan memorias que todavía intervienen en el presente.
Timbuktu, de Abderrahmane Sissako, lleva la resistencia a su forma más pura. Los ocupantes yihadistas prohíben el fútbol. Un grupo de jóvenes juega, de todos modos, con una pelota invisible. Corren, pasan, rematan y atajan el aire.
El poder puede confiscar el objeto. No puede confiscar el gesto.
La película recibió una acogida crítica excepcional y numerosos premios. Sin embargo, su mayor triunfo ocurre cada vez que una audiencia comprende el sentido de ese partido sin pelota: la imaginación constituye el territorio que el fascismo nunca logra ocupar por completo.
Dictaduras que ganan copas y pueblos que recuperan la alegría
Las dictaduras buscan apropiarse del fútbol porque la alegría colectiva les ofrece legitimidad. El error consiste en creer que esa apropiación siempre tiene éxito.
El año que mis padres se fueron de vacaciones, de Cao Hamburger, transcurre durante el Mundial de 1970. Un niño queda al cuidado de una comunidad judía mientras sus padres huyen de la represión brasileña. La selección de Pelé avanza hacia el campeonato y la dictadura intenta capitalizar ese triunfo.
Pero la alegría que circula por el barrio no pertenece por entero al régimen.
Los vecinos celebran, cuidan al niño, comparten comida y construyen una comunidad provisional. La película ganó premios del público en varios festivales y alcanzó espectadores de numerosos países. Ese reconocimiento se explica porque evita una respuesta cómoda: el fútbol puede funcionar como instrumento de propaganda y, a la vez, ofrecer un espacio de encuentro que excede al poder.
Democracia em preto e branco, de Pedro Asbeg, va todavía más lejos. La Democracia Corinthiana, asociada con Sócrates, Wladimir y Casagrande, introdujo decisiones colectivas dentro del club y convirtió la camiseta en una intervención contra la dictadura brasileña. El documental fue premiado en el festival Thinking Football. Para su audiencia, la democracia deja de ser una palabra institucional: aparece como una práctica cotidiana que puede comenzar en un vestuario.
Los rebeldes del fútbol, presentado por Eric Cantona, reúne historias de jugadores que enfrentaron dictaduras, guerras, colonialismos y persecuciones. Sócrates, Carlos Caszely, Rachid Mekhloufi, Didier Drogba y Predrag Pašić muestran que un futbolista nunca es sólo un trabajador que patea una pelota. El documental se propone como manifiesto y obliga al espectador a revisar la idea de heroísmo: a veces el acto decisivo no ocurre frente al arco, sino frente al poder.
La captura capitalista del deseo
El problema actual no consiste en que la política haya ingresado al fútbol. Estuvo allí desde el comienzo.
El problema es qué política domina hoy.
El capitalismo financiero ha convertido a los clubes en marcas globales, a los jugadores en activos, a los hinchas en consumidores, a los estadios en plataformas comerciales y a las camisetas en soportes publicitarios. La desigualdad de ingresos consolida a una minoría de clubes, reduce la incertidumbre deportiva y vuelve cada vez más difícil que los equipos con menos recursos compitan con las grandes estructuras. Los inversores privados, los derechos audiovisuales, la valoración de marca y los mercados de transferencias ocupan el centro del modelo.
El fútbol de élite ofrece una paradoja: nunca produjo tanto dinero y pocas veces estuvo tan lejos de quienes le dieron su sentido.
Se juega para fondos de inversión, casas de apuestas, plataformas, corporaciones, gobiernos que buscan prestigio y magnates que compran identidad colectiva. Los horarios se deciden según mercados televisivos. Los precios expulsan a familias. Las instituciones hablan de sus seguidores como audiencias segmentadas. La persona que cantaba en la tribuna se convierte en un dato.
No toda profesionalización implica despojo. Los jugadores tienen derecho a cobrar, las mujeres tienen derecho a vivir del deporte y los clubes necesitan recursos. El problema aparece cuando el dinero deja de sostener el juego y el juego pasa a sostener la acumulación.
El crack, de José Martínez Suárez, ya lo había visto en 1960. La película muestra sobornos, drogas, operaciones periodísticas y manipulaciones empresariales destinadas a fabricar una estrella. Fue una anticipación feroz del fútbol como negocio y de la conversión del jugador en mercancía. Su efecto sobre la audiencia conserva vigencia porque elimina la coartada de la nostalgia: la corrupción comercial no nació ayer, aunque hoy posea una escala inédita.
The Workers Cup, de Adam Sobel, completa el cuadro. Los trabajadores migrantes que construían estadios para Qatar 2022 disputaban su propio torneo dentro de los campamentos laborales. La película se estrenó en Sundance y fue difundida por organizaciones de derechos humanos. Su golpe sobre el espectador surge de una inversión intolerable: quienes edifican el escenario del espectáculo global carecen de libertad, dinero y reconocimiento, mientras otros recogerán la gloria.
La pelota les ofrece unos minutos de nombre propio. Durante el partido dejan de ser mano de obra filipina, ghanesa, india o nepalí y vuelven a ser defensores, arqueros, delanteros, amigos. Pero el torneo también puede funcionar como consuelo organizado por la empresa. El fútbol aparece allí en toda su ambigüedad: refugio de los explotados y recurso de quienes los explotan.
El potrero y la dignidad perdida
El cine argentino comprendió muy pronto que la verdad del fútbol no residía sólo en los campeones.
Pelota de trapo, de Leopoldo Torres Ríos, estrenada en 1948, llevó a la pantalla a los niños del barrio, los baldíos, la pobreza y el deseo de comprar una pelota de cuero. Tuvo un enorme éxito popular e impulsó la creación del Sacachispas Fútbol Club. La audiencia no vio una fantasía distante: se reconoció. El film confirmó que la cultura popular alcanza su mayor potencia cuando las personas descubren que sus propias vidas merecen ser narradas.
El hincha, de Manuel Romero y Enrique Santos Discépolo, trasladó el centro desde el jugador hacia quien sostiene al club. Ñato trabaja, sufre, posterga deseos y encuentra una comunidad en los colores. La película también revela los límites de aquel universo masculino, que relega a las mujeres y confunde entrega con sacrificio absoluto. Su monólogo final permanece en la memoria argentina porque el hincha se presenta como creador del espectáculo, no como consumidor.
Estas películas permiten distinguir dos modelos.
En uno, el fútbol nace de abajo: una pelota se fabrica con medias, un baldío se transforma en cancha, una camiseta se hereda y el club funciona como extensión del barrio.
En el otro, la experiencia llega desde arriba: paquetes televisivos, publicidad personalizada, apuestas en línea, palcos corporativos y jugadores inaccesibles.
El primero convertía la carencia en invención. El segundo convierte el deseo en renta.
Recuperar la vibración del mundo
Defender el fútbol no significa idealizarlo.
En sus canchas hubo racismo, machismo, homofobia, nacionalismos agresivos, violencia y complicidad con dictaduras. El fútbol popular tampoco fue un paraíso perdido. Excluyó cuerpos, silenció mujeres y fabricó masculinidades crueles.
Recuperarlo exige transformarlo.
Necesitamos clubes con participación real de sus socios; entradas accesibles; fútbol femenino con recursos y visibilidad; espacios para identidades diversas; potrero, escuela y barrio; límites a la concentración económica; protección para los clubes pequeños; memoria sobre las dictaduras; rechazo al racismo; jugadores con voz política y públicos que no acepten el papel de consumidores obedientes.
El fútbol debe volver a ser un lugar donde seres humanos de todos los géneros sientan la vibración del mundo.
Esa vibración aparece en las jóvenes de Offside cuando escuchan un partido que tienen prohibido mirar. En las jugadoras de Freedom Fields cuando intentan fundar una selección en un país fragmentado. En los muchachos de Timbuktu cuando gambetean una pelota ausente. En los trabajadores de The Workers Cup cuando recuperan sus nombres. En los presos de Dos tiempos en el infierno cuando se niegan a perder según el libreto nazi. En la multitud de Escape a la victoria cuando invade el campo. En Sócrates cuando lleva la palabra democracia sobre el cuerpo. En el niño de El año que mis padres se fueron de vacaciones cuando encuentra una comunidad. En el trabajador misionero de El camino de San Diego cuando cree que su ofrenda merece llegar hasta Maradona.
También aparece en Hero, cuando Diego atraviesa a los ingleses; en la película de Kapadia, cuando descubrimos el costo de aquel prodigio; en Kusturica, cuando el mito popular se vuelve revolución; en Amando a Maradona, cuando los devotos narran sus vidas; en Sorrentino, cuando un futbolista salva a un joven que nunca conocerá; en Pelota de trapo, cuando los chicos inventan una pelota; en El hincha, cuando la tribuna reclama su autoría; y en El crack, cuando el cine denuncia a quienes buscan apoderarse del juego.
Cada una de estas películas produce una ruptura en su audiencia. Nos impide mirar el fútbol como una secuencia de resultados. Nos obliga a ver cuerpos, clases sociales, géneros, imperios, dictaduras, trabajadores, pueblos y deseos.
El fascismo teme al pase
El fascismo desea cuerpos aislados o masas obedientes. Desconfía de cualquier comunidad que establezca sus propias reglas de cooperación.
Por eso teme al pase.
Pasar la pelota significa reconocer que el otro existe. Significa renunciar durante un instante a la propiedad individual. Significa comprender que ninguna jugada se completa a solas.
También teme a la gambeta, porque la gambeta afirma que la obediencia no es el único movimiento posible.
Y teme al festejo popular, porque el abrazo después de un gol suspende durante unos segundos las distancias sociales. El desconocido deja de ser una amenaza. Los cuerpos se encuentran. La multitud produce un tiempo común.
El mercado intenta capturar ese abrazo, colocarle una marca, venderlo en alta definición y cobrar una suscripción. Los gobiernos intentan apropiarse de él. Las derechas quieren convertirlo en nacionalismo excluyente. Las instituciones buscan controlarlo.
Pero siempre queda un resto.
Ese resto es el niño que juega con una botella, la mujer que entra en una cancha prohibida, el trabajador que arma un equipo después de doce horas de labor, el preso que decide ganar el partido del verdugo, el barrio que defiende su club y el pueblo que recuerda a sus muertos mientras canta.
Allí reside la fuerza política del fútbol.
No es venganza: es memoria
Argentina contra Inglaterra no es una continuación de la guerra por otros medios. Sostener eso reduciría la historia a una caricatura peligrosa.
Tampoco es sólo un partido.
Es un encuentro atravesado por la expansión británica en el Río de la Plata, la apropiación popular de un deporte imperial, la expulsión de Rattín, Malvinas, la dictadura, los conscriptos, la Mano de Dios, el Gol del Siglo y las generaciones que aprendieron a recordar a través de esas imágenes.
No debemos pedirles a los jugadores que venguen a nadie. Necesitamos algo más digno: que jueguen con conciencia de la camiseta que llevan y que nosotros podamos mirar sin amputarnos la memoria.
El fútbol no repara la historia. Puede impedir que la historia desaparezca.
Cuando Maradona comenzó aquella carrera en el estadio Azteca, no recuperó las islas, no derrotó al colonialismo y no devolvió la vida a los soldados. Hizo algo menor y, a la vez, inmenso: tomó una pelota, dejó atrás a los representantes de una potencia y produjo para un pueblo herido una imagen de victoria.
Duró unos segundos.
Todavía no terminó.
Porque hay jugadas que concluyen cuando la pelota entra al arco y otras que siguen avanzando dentro de la memoria colectiva.
Argentina contra Inglaterra pertenece a las segundas.
Nunca será sólo un partido porque ningún pueblo entra desnudo de historia a una cancha. Y porque, mientras una pelota pueda pasar de un cuerpo a otro, mientras una mujer ocupe el espacio que le negaron, mientras un niño invente un arco entre dos piedras y mientras una multitud se niegue a obedecer el guion del poder, el fútbol conservará una promesa: la posibilidad de que los débiles no acepten para siempre el resultado que los vencedores habían escrito.




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