Romeo
CuentoLa lluvia había comenzado temprano y, al caer la tarde, ya cubría La Plata con una antigua tristeza. El dios de la lluvia lloraba sobre la ciudad, sobre las veredas vacías, sobre las plazas, sobre las casas donde alguien temía perder aquello que más amaba.
Vale permanecía junto a Romeo. Le acariciaba la cabeza y pronunciaba su nombre con una dulzura capaz de sostener el mundo.
—Romeo, mi amor. Estoy acá.
Él abrió los ojos. Conservaba esa mirada inmensa que siempre parecía descubrir algo maravilloso, aun en los días más difíciles. Intentó levantar la cabeza. Quiso sonreírle. Romeo había hecho de la alegría una forma de cuidar a los demás y no pensaba abandonar esa tarea.
A varias cuadras de allí, Olivia despertó de golpe.
Se incorporó en su cama, miró hacia la puerta y lanzó un ladrido. Javier conocía cada uno de sus sonidos. Aquel no era un pedido para salir ni el anuncio de un extraño. Era una llamada.
Olivia caminó hasta la puerta, volvió hacia Javier y repitió el ladrido.
—¿Es Romeo? —preguntó él.
Olivia movió la cola una sola vez.
Karu buscó la correa. Los tres salieron bajo la tormenta.
Olivia no dudó ante ninguna esquina. Cruzó la ciudad con una certeza que los humanos habían perdido hacía siglos. El agua le cubría el lomo, pero ella avanzaba. Sabía que Romeo la necesitaba. Su novio, su compañero, su amigo invencible estaba en peligro y ninguna fuerza del universo podría impedir que llegara hasta él.
Mientras tanto, en la casa de Vale, Romeo cerró los ojos.
Entonces escuchó un silbido.
No venía de la calle. Tampoco de la habitación. Parecía nacer detrás de los recuerdos.
Romeo se encontró en plaza Paso. El cielo estaba despejado y los árboles tenían el verde luminoso de los primeros días del mundo. Allí estaba el sendero donde había conocido a Olivia. Allí habían corrido por primera vez, libres de toda preocupación, dueños de la tarde, custodios de una felicidad que ninguno de los dos necesitaba explicar.
Cerca de uno de los árboles había una mujer.
Romeo la reconoció antes de verla con claridad.
Era Nelly.
—Hola, precioso —dijo ella.
Romeo corrió hacia sus brazos. Nelly se agachó y lo recibió con esa ternura que había acompañado a Vale desde mucho antes de que Romeo llegara a su vida.
—Sabía que ibas a reconocerme.
Romeo le lamió las manos.
Detrás de ellos apareció una figura cubierta por un largo abrigo oscuro. No tenía rostro. Sostenía una correa vacía.
Nelly se puso de pie.
—Él todavía no.
La figura señaló el otro extremo de la plaza.
—Sé que todos deben cruzar —dijo Nelly—. También sé que algunas veces ustedes se equivocan.
La figura permaneció inmóvil.
—Vale ya perdió demasiado —continuó Nelly—. Romeo debe regresar.
La correa vacía se tensó en la mano de la visitante.
—No te pertenece —dijo Nelly—. Romeo pertenece al amor que sembró.
En ese instante se escuchó un ladrido.
Olivia entró en la plaza a toda velocidad.
Corrió hacia Romeo y lo derribó con un abrazo. Él recuperó su sonrisa. Juntos dieron vueltas alrededor de Nelly. Eran otra vez los dos perros de plaza Paso, aunque nunca habían sido sólo dos perros. Eran una celebración, una promesa, una patria diminuta donde la vida todavía sabía ser buena.
La figura alzó la correa.
Olivia se colocó delante de Romeo y mostró los dientes.
—No vas a llevártelo —dijo.
La visitante pareció sorprenderse al escucharla.
—Es mi novio —agregó Olivia—. Mi compañero. Mi amigo invencible.
Romeo se acercó a ella y apoyó la cabeza sobre su cuello.
Nelly sonrió.
—Tendrás que vencerlos a los dos.
La figura miró a Romeo. Después observó a Olivia. Comprendió que ninguna correa podría separar aquello que se había unido en esa plaza. También comprendió que Vale, desde la habitación, aún pronunciaba el nombre de Romeo y que cada vez que lo hacía abría un camino de regreso.
—Romeo —decía Vale—. Romeo. Romeo.
Javier y Karu llegaron a la casa. Olivia entró, corrió hasta la habitación y apoyó el hocico contra el cuerpo de su amigo.
Lo llamó desde el mundo.
En plaza Paso, Romeo levantó las orejas.
Nelly lo abrazó por última vez.
—Tenés que volver, precioso.
Romeo la miró.
—Decile a Vale que estoy con ella —pidió Nelly—. Decile que el amor no desaparece. Cambia de lugar, aprende otros caminos, pero siempre encuentra la casa.
Romeo corrió.
Atravesó la plaza. Pasó junto a los árboles, las tardes compartidas, las caminatas, los juegos, las alegrías, las penas, los sueños y aquellos días en que su presencia había curado cuerpos y sanado almas.
La visitante quiso alcanzarlo, pero Olivia lanzó otro ladrido.
El sonido cruzó la tormenta, partió la noche y abrió una puerta.
Romeo entró por ella.
En la habitación, su pecho volvió a elevarse.
Vale sintió un movimiento bajo su mano.
—Romeo…
Él abrió los ojos.
Olivia comenzó a saltar alrededor de la cama. Javier abrazó a Karu. Vale acercó su rostro al de Romeo y él le regaló la sonrisa más hermosa que el mundo había conocido.
Afuera dejó de llover.
Nadie pudo explicar lo sucedido. Los médicos hablaron de una reacción inesperada, de un diagnóstico incierto, de posibilidades que la ciencia todavía no alcanzaba a comprender.
Vale no necesitó ninguna explicación.
Había escuchado a Romeo respirar otra vez.
Días después regresaron a plaza Paso. Olivia y Romeo corrieron entre los árboles. Vale los observó desde un banco. Por un instante creyó ver a Nelly al otro lado de la plaza. Estaba de pie, bajo el sol, con una mano levantada.
Vale cerró los ojos.
Cuando volvió a abrirlos, Romeo corría hacia ella.
El perro más bello, gentil y amoroso que el mundo pudo crear saltó a sus brazos. Olivia llegó detrás de él. Los tres quedaron unidos en un abrazo.
Desde aquel día, cada vez que la lluvia cae sobre La Plata, Romeo se acerca a una ventana. Mira hacia plaza Paso y mueve la cola. Sabe que allí existe una puerta. También sabe que esa puerta permanecerá cerrada durante mucho tiempo.
La visitante del abrigo oscuro nunca volvió a buscarlo.
Algunas noches pasa cerca de la plaza, pero evita entrar. Ha aprendido que existen territorios donde su poder se debilita.
Plaza Paso es uno de ellos.
Allí Romeo y Olivia todavía corren.
Allí Vale vuelve a escuchar la voz de su madre.
Allí el amor escribe el destino antes de que la muerte alcance la última palabra.




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