La inútil Batalla.
Reseñas generalesEn un país donde la política dejó de ser una discusión y volvió a ser un dispositivo de daño, hacer cine sobre el poder exige algo más que ruido, carisma y consignas. “Una batalla tras otra” (2025) llega como si lo supiera. Se anuncia con la gravedad de un alegato y el prestigio de una firma. Pero cuando la película se pone en marcha, lo que entrega es otra cosa. Un gesto congelado. La pose de la urgencia, sin la inteligencia de la urgencia.
El pasado “revolucionario” que debería ser su núcleo moral es apenas una postal. Gente gritando eslóganes que suenan a contracultura y a merchandising de protesta. La película no diferencia la épica sentimental de una época del trabajo real de la política, que siempre fue organización, clandestinidad, fractura, miedo, costo. Anderson filma el pasado como una estética, no como un conflicto. Y cuando el presente aparece con sus centros de detención, sus aparatos de control y su brutalidad administrativa, el contraste no produce una sátira afilada. Produce una banalidad más incómoda. La película roza temas que hoy están cargados de cuerpos reales, y sin embargo se comporta como si bastara con nombrarlos para haberlos pensado.
La conspiración ocupa el lugar de la explicación. Hay una suerte de secta supremacista dentro o alrededor del gobierno, pero el film no se decide a delimitar qué es Estado, qué es red privada, qué es policía, qué es milicia, qué es negocio. En vez de mostrarnos la maquinaria del poder en su forma contemporánea, procedimientos, contratos, burocracias, jueces, tercerizaciones, lenguaje técnico que limpia la violencia, prefiere el atajo cómodo de la logia. Eso tranquiliza, porque vuelve el mal compacto, identificable, casi teatral. También empobrece. El poder real no necesita capuchas ni símbolos. Le alcanza con formularios, turnos, incentivos y obediencias rutinarias.
La escena más problemática condensa el límite de la película. Perfidia es presentada como fuerza erótica y peligrosa, capaz de humillar sexualmente a un antagonista blanco, y luego encadenada a un arco que la convierte en traición, huida, rechazo de maternidad y de causa. Es un viejo mapa narrativo, el cuerpo racializado como motor de deseo y amenaza, la mujer negra como detonante y escape, mientras el varón blanco termina ocupando el lugar del protector y del padre que ordena el mundo. Anderson puede creer que está jugando con estereotipos para exponerlos. El problema es que el juego no se vuelve crítica si el guion no le da a ese personaje una vida interior que no dependa del fetiche ni del castigo. El film no la desmonta. La usa.
Y, sin embargo, sería injusto negar lo mejor que tiene. Los actores sostienen lo que el guion no elabora. Leonardo DiCaprio consigue que el protagonista no sea solo un muñeco de paranoia. Le da cansancio, afecto torpe, pánico que no se confiesa. Regina Hall se mueve con una mezcla de dureza y fragilidad que deja entrever una película más seria detrás de la película que vemos. Sean Penn encarna al antagonista con una autoridad inquietante, a ratos grotesca, a ratos verosímil, como si supiera que el poder real siempre alterna entre el ridículo y el terror. Y Teyana Taylor, incluso atada a una escritura que la reduce, impone presencia. Cada vez que entra en escena, algo se carga, como si el film recordara por un instante que la política no es un concepto, es una experiencia.
¿Por qué Anderson decide decir las cosas a medias. Porque su cine, cuando funciona, vive de la ambivalencia. Prefiere insinuar antes que cerrar. Prefiere el movimiento, la elipsis, el caos controlado. También porque la mitad dicha protege. La mitad dicha le permite tocar una realidad explosiva sin quedar clavado a una tesis. La mitad dicha es una estrategia estética, pero también es una estrategia de supervivencia cultural. En el clima actual de Estados Unidos, declarar con precisión tiene costos. La película parece elegir una salida que combina prestigio y cautela. Hablar del poder sin mostrar su economía. Hablar de violencia sin nombrar sus procedimientos. Hablar de racismo sin arriesgar una representación que no repita lo que pretende denunciar.
El resultado es una película que corre mucho y llega poco. Podría haber sido una road movie política, donde cada estación del viaje revelara un engranaje distinto del sistema, la oficina, el sheriff, la contratista, el juez, el medio local, la iglesia, el centro de detención. Podría haber sido una sátira con dientes, capaz de convertir lo cotidiano en acusación. En lugar de eso, queda atrapada en el terreno cómodo de la intriga borrosa y del shock. Un cine que se comporta como si el presente fuera un decorado excitante, no una emergencia.
Por eso desconcierta verla en conversación de premios. No porque le falte oficio. Anderson filma con una energía que muchos directores ya no tienen, y el reparto convierte escenas flojas en momentos. Desconcierta porque en una época en la que el poder se volvió literal, el cine no puede quedarse en la sugestión elegante. No alcanza con señalar al monstruo desde lejos. Hay que mostrar cómo trabaja. Una batalla tras otras parece lista para hacerlo, y cuando llega la hora, se detiene. Se congela en su propio gesto. Se queda a mitad de camino, como si temiera que decirlo completo implicara un tipo de verdad que ya no se puede manejar con estilo.
Podría continuar…a veces hay que saber cuando poner un punto final.






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