ASÍ EN LA TIERRA COMO EN EL INFIERNO...

Narrativa

Hay calabozos más terribles que aquellos que la Santa Inquisición usó para confinar a los condenados a muerte. Calabozos aún más estrechos, tanto de ancho como de alto. Calabozos en los que fuerzas sobrenaturales con manos del tamaño de hojas de bijao se cierran sobre el cuello del prisionero hasta estrangularlo. 

Bajo tierra hay un infierno y en la tierra hay otro averno. Y en el averno hay una tierra de puros sufrimientos, angustias y ansiedades huérfanas. 

Hay catacumbas en París y en Roma, pero también hay catacumbas en lo recóndito de tu conciencia y de la mía. Micelio de túneles con nichos en las paredes para sepultar cadáveres. Bajo tierra no hay núcleo exclusivo, sino múltiples. No es tan sencillo contar los pisos del subconsciente, pues este se asemeja a una pagoda que supera en altura al mismísimo Empire State. 

Mientras más descendemos, más aumenta la temperatura. Más criptas aparecen ante los ojos del explorador. Más angostos se vuelven los pasadizos, y, en efecto, más esfuerzo hay que aplicar para remolcar el costal de huesos que somos. Y los peligros de quedar atrapados son innumerables, incluso si nuestra complexión es delgada, o, peor aún, si padecemos de anorexia. Los peligros aumentan en cuanto decidimos excavar, debido a que con ello estamos invocando directamente a los demonios del derrumbe. 

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La roca está mal apilada, por lo que en cualquier instante el peligro de una catástrofe es inminente. Las torres de fémures y calaveras son el común denominador en estos panoramas; al mismo tiempo, estos obeliscos de osamentas cumplen la función de vigilantes, en tanto preservan las fosas rectangulares o semicirculares donde los muertos sueñan con abismo. Grabado en los muros hay versos que oscilan entre lo obsceno, lo erótico, lo depresivo, lo místico, lo satánico y filosófico. En estos jeroglíficos radica la clave para comprender a fondo la razón por la cual nuestra brújula humana se mueve y funciona. Nuestras psicópolis están repletas de tapas de alcantarillas por las que se puede acceder al inframundo. Pero, ¿qué tan sencillo es volver a la superficie sano y salvo? 

¿Qué tan fácil es que nos metamorfoseemos en topos de nariz estrellada para adentrarnos en las catacumbas de nuestras personalidades? Necesitamos el cuerpo y la piel de un lagarto para escurrirnos por aquellos orificios pedregosos.

En estos intestinos psíquicos uno puede oler el barro y la orina, y las heces que se acumulan en el suelo, por el cual un sinfín de deseos han arrastrado sus esqueletos. Las huellas del deseo, ¿de qué tienen forma? ¡De pezuña! Y la pezuña del deseo, a su vez, está revestida de una pelusa de gusano venenoso e hinchado de pus. La pelusa irrita la piel psíquica y destila un ácido maligno que se infiltra dentro del organismo al deslizarse por las rendijas del cuerpo: los poros. En pocos segundos un sarpullido se expande como un cáncer metastásico. Granos rojizos plagan la carne del arqueólogo y este no aguanta las ganas de rascarse. Clava en sí las garras y entonces las burbujas sanguinolentas hacen erupción. Sea cual sea el túnel donde lo agarre la picazón, ¡ahí mismo le chupa hasta los huesos!

Así en la Tierra como en el infierno

¿En qué momento respirar se vuelve un acto de fe? En el instante en que vemos tentáculos romper los caparazones de lodo sobre los cuales se posan nuestros pies, para apoderarse de nuestras yugulares abombadas de peces melancólicos.

¿A cuántos kilómetros de la consciencia están ubicadas las locura y la tristeza? Es decir, si taladramos la consciencia, abarcando el máximo de estratos imaginables y especulados, ¿cuánto tiempo nos demoraremos en encontrar estos distritos comandados por Satanás?

Quienes descienden allí con anhelos de conquistadores, se encuentran con imperios custodiados por murallas infranqueables y con soldados que tienen portan armaduras de escorpión recubiertas de aguijones y tenazas. Los batallones de los que se ufana el conquistador, sucumben, y lo hacen más temprano que tarde. Primero, de hambre. Segundo, de sed. Tercero, de pavor al observar cómo las hordas enemigas caen sobre ellos como avalanchas de fuego. 

En los subfondos, los sentimientos más lujuriosos comen solos y mueren solos: deshidratados por falta de amor. Si por devenires del destino llegas a encontrarte en medio de sus agonías y lamentos, y los ves destornillarse de la risa, o desangrarse en palabras sin sentido —o lo suficientemente encriptadas por causa de la saturación de simbolismos—; si en medio de sus últimas diarreas pasionales los ves estremecerse cautivos del orgasmo de la muerte, o revolcarse por obra y gracia de la epilepsia… ¡conserva los pies firmes como estacas!, siempre en su sitio. De lo contrario, te arrastrarán consigo al río estigia y de allá no habrá Santo ni Vírgen María que pueda sacarte. 

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Si bajas los escalones de la puerta de entrada, te exhorto a detenerte en el último, ¡y a devolverte pronto!, y a persignarte, y a arrepentirse una vez arriba. Por nada del mundo cometas la estupidez de pellizcarle la nalga al diablo por segunda, ya que esta vez no dudará en ponerte la soga al cuello y de un jalón hará que te postres en sus parrillas infernales, dentro de un toro de hierro. 

No obstante… si eres de los que todo el día convive con su consciencia, que es como una Inteligencia Artificial amaestrada para alabar tu personalidad, cebar tu egocentrismo y endulzar tus oídos, entonces lo más aconsejable en este caso sea que te regales unas horas para visitar y escudriñar las catacumbas psíquicas en aras de la verdad que no emancipa, que no catapulta, pero que tampoco enceguece, sino que funge como sanguijuela: succiona la sangre y, luego de hacerlo, su saliva libera unas substancias que actúan como anticoagulantes y vasodilatadores, mejorando la circulación del flujo sanguíneo y restaurándolo. 

2. ¡Abandonad toda esperanza los que aquí osáis entrar!

Ahora sí, seré muy breve con este largometraje del director americano John Erick Dowdle, film protagonizado por una osada y curiosa arqueóloga con ímpetu de alquimista, la inglesa Perdita Weeks.  

Únicamente diré una cosa: quien padezca de claustrofobia, ¡que se abstenga de ver esta película!, porque la sensación es de claustrofobia de principio a fin. Sin más qué decir: ¡les deseo un feliz extravío por las cuevas de sus cerebros!

 

 

Comentarios 2

M
marisoledad13 de diciembre de 2025
¡Oooh! Quería ver esta película cuando era más joven solo porque amaba Francia en ese momento, pero después de cómo la relacionas con la psique humana… Estaba pensando en escribir un libro que toque ideas similares, así que ahora REALMENTE quiero verla.
T
Tinta en las rocas13 de diciembre de 2025
Y quién sabe a qué circulo del infierno de Dante nos enfrentemos! Excelente.

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