Cine en Mar del Plata: más películas del 40º Festival y Fuera de Campo.
Reseñas generalesDe mi (apretado) recorrido por el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, celebrado entre el 06 y 16 de noviembre, realicé una primera nota, y comparto ahora una segunda y última; no sin antes algunas observaciones.
Como bien se sabe, el Festival está surcado por la ausencia -salvo excepciones- del sector cinematográfico argentino, que expresa la mayoría de sus novedades y voluntad en la muestra paralela Fuera de Campo. Mientras tanto, el Festival hace de cuenta que nada sucede, y así siguen las cosas. En otras palabras, al Festival Internacional de Cine de Mar del Plata uno lo quiere y apoya, y por eso mi asistencia año tras año. De no mediar inconvenientes, el año próximo asistiré. Pero lo que se nota es un lento naufragio, marcado por una invisibilización creciente; nadie habla en Mar del Plata del Festival. Los medios no lo hacen, la gente tampoco. Solo asistimos algunos de los que tenemos un vínculo con el cine.
Al mismo tiempo, la lejanía del sector, que se manifiesta en Fuera de Campo, es notoria y congrega asistencia multitudinaria. Colmar la sala Enrique Carreras es parámetro suficiente; y lamentablemente, eso es algo que nada importa al Festival de Cine, aun cuando desde las voces oficiales se llame a un diálogo, algo que no ocurre ni ocurrirá (el año pasado, ese diálogo debería haber sucedido en un panel organizado por Contracampo -tal el anterior nombre de Fuera de Campo-, al cual las autoridades del festival no asistieron).
¿Qué será del Festival? No lo sé. Solo espero se sostenga, hasta que soplen vientos más favorables al cine, a la diversidad, a la inclusión, a la cultura.

Dreams (2024)
D: Dag Johan Haugerud.
Sección: Foco Dag Johan Haugerud.
I: Ella Øverbye, Selome Emnetu, Ane Dahl Torp, Anne Marit Jacobsen, Andrine Sæther.
No vi las otras dos películas del director, quien ha construido una trilogía que incluye a Love (2024) y Sex (2024). El interés estuvo, desde ya, en poder ver el film ganador de la última Berlinale, y me quedé con sabor a poco. Dreams me resultó un film demasiado obsecuente con la importancia que, presuntamente, se atribuye, a partir del amorío -más o menos fantasioso, pero qué amorío no lo es- de una adolescente con su profesora. Las reiteradas visitas en secreto, la redacción de un diario íntimo, el virtuosísimo literario y el despertar del deseo, llegan a límites difusos, que podrían -algo que no sucede- ser “incorrectos”. Pero el film de Haugerud mantiene una distancia prudente, nunca se extralimita, y sabe encontrar una salida feliz en su desenlace. Es odioso dar comparaciones, pero es un cine bien ajeno a las propuestas de directores como Cronenberg, Mamet, Hitchcock, Polanski. Todo un signo de los tiempos que corren.
Vale, al menos, destacar la deriva narrativa, que surca según el pulso de quién narre el asunto (la niña, la madre, la abuela), provocando una disrupción que pone en duda lo que se muestra, ya que las licencias narrativas quedan a merced de la puesta en escena, en donde vale preguntarse cómo sabe todo lo que cuenta quien toma a su cargo el hilo narrador. La fantasía tiñe lo que se dice. En un film que sabe quedar a resguardo de cualquier polémica; y cine sin polémica tenemos todos los días.

Köln 75 (2025)
D: Ido Fluk
Sección: Banda Sonora Original (BSO)
I: Mala Emde, John Magaro, Michael Chernus, Alexander Scheer, Shirin Lilly Eissa.
El interés estuvo aquí en la anécdota, por supuesto, ya que se trata del legendario concierto de Keith Jarret en la localidad de Köln, con un piano desvencijado, afinado a último momento, pero suficiente para que el gran músico diera una de sus presentaciones más celebradas y consiguiera una de las grabaciones más importantes en la historia del jazz.
El film de Ido Fluk rompe la cuarta pared a través de la figura de su protagonista, la imparable Vera Brandes (Mala Emde), una niña que ama el jazz, prefiera pasar el tiempo fuera de su casa, y animarse a producir conciertos y shows. La película sabe ser didáctica, y su narrativa contempla, de manera evidente, a jóvenes espectadores -de una manera “ágil”, aunque no por ello muy interesante-, a los que “instruye” en las formas musicales del jazz.
No deja de ser un film atendible, que se anima a indagar en uno de los muchos capítulos fundamentales en la historia del género musical más extraordinario de todos, ¿no?

Nouvelle Vague (2025)
D: Richard Linklater
Sección: Autoras|Autores
I: Guillaume Marbeck, Zoey Deutch, Aubry Dullin.
De este film más vale hacer una nota dedicada en extenso, que se sume a las que ya circulan por Peliplat. Lo que puedo decir es que Nouvelle Vague es una experiencia lúdica y no menos compleja, en donde Linklater recrea un rodaje (el de Sin Aliento, de Godard) para volver a formas estéticas o discusiones que hoy parecen olvidadas. Hay mérito en el arrojo, pero también cierto peligro, como el que significa convertir, tal vez involuntariamente, en “tópicos” a aquellas formas estéticas, que provocaron una verdadera revolución cinematográfica.
Desde ya, el film se disfruta de principio a fin, y lo mejor, creo, es el retrato que logra de Godard, al hacer de él alguien ni más ni menos humano que cualquiera, casi humorístico, pero sin dejar de adjetivarlo como el genio que ha sido. El film de Linklater es, a la vez, una nota de admiración al maestro, cuyas películas continúan discutiendo el sentido de lo que todavía denominamos “cine”.
Títulos vistos en Fuera de Campo

Las corrientes (2025)
D: Milagros Mumenthaler.
I: Jazmín Carballo, Esteban Bigliardi, Sara Bessio.
El cine sonámbulo de Mumenthaler logra aquí una de sus expresiones más refinadas. Tras recibir un reconocimiento internacional, Amalia deshecha el premio como basura y se arroja en las frías aguas del Ródano. Cuando vuelva a Buenos Aires, nada será lo mismo. Algo interno, insondable, despertó en ella, anida y espera, y se manifestará de maneras variadas, sea en la fobia que le despierta el agua, el cabello cada vez más difícil de manejar, o el destrato hacia su pareja y su propia hija (en este sentido, hay una de las mejores escenas que he visto, y que dice mejor que mucho cine sobre el mandato de la maternidad con el que deben lidiar las mujeres).
Para llegar a la develación de este trauma -si es que hay ganas de dar nombre al asunto- o de lo que el guion cifra, hay todo un camino que significa, también, profundizar en un estado de ánimo que es una vorágine que se hunde, hasta tocar la oscuridad final. En esa develación, una luz surge; pero para ello mejor mirar la película, cuyos climas recuerdan, desde una sintonía precisa y no menos personal, ciertas atmósferas del cine de Lucrecia Martel.

El príncipe de Nanawa (2025)
D: Clarisa Navas.
3 horas y 32 minutos, dedicados a sintetizar -en lo posible- la vida de Ángel, a lo largo de una década. La directora Clarisa Navas conoció a Ángel circunstancialmente, cuando éste tenía 9 años, en la frontera entre Argentina y Uruguay. Ella le presta una cámara, y el niño comienza a grabar su vida y cotidianeidad; las visitas reiteradas de Navas dan cuenta de una amistad que crece, del tiempo que sucede, y de la película que surge, imprevista como pocas experiencias similiares (Boyhood de Linklater es el ejemplo inevitable, pero muy distinto de lo que aquí sucede).
Con El príncipe de Nanawa, Navas dedica un retrato a la amistad mientras indaga en el cine mismo, como el dispositivo capaz de atrapar el sentido luminoso, y doloroso, de la vida. Es una de las películas más sorprendentes de los últimos años.

Luciano (2025)
D: Manuel Besedovsky.
El recorrido de Luciano, el documental de Manuel Besedovsky, no puede ser más auspicioso: estreno internacional en la Competencia Oficial del Dok Leipzig de Alemania, película ganadora en la Competencia Argentina del Festival Internacional de Cine LGBTIQ+ Asterisco 2025, y proyección en Fuera de Campo. La ópera prima de Besedovsky dedica un retrato íntimo y amoroso a Luciano Tomás Pereyra, un joven de barrio Tablada de Rosario, que vive con su madre y su hermana menor mientras busca un trabajo mejor, entabla amistades, habla de amor, y tiene las ganas puestas en ser madre.
Así como en El príncipe de Nanawa, Luciana es otro retrato de afecto, entre cuyas imágenes descansa el vínculo entre el director y su protagonista, mientras se comparten momentos íntimos y se logra una película capaz de hacer trascender al amigo. El desenlace lo corrobora de una manera tan imprevista como dolida, pero también preciosa: allí el valor del cine, y la decisión de filmar.
Leandro Arteaga














Comentarios 1