Un viaje por el 40º Festival de Mar del Plata. Películas destacadas
Reseñas generalesPara mí un Festival siempre es como un viaje. Este año las paradas fueron más bien aleatorias. Empecé con Bill Condon y terminé con Yuzo Kawashima. Al primero tuve oportunidad de entrevistarlo y se puede leer aquí; al segundo lo encontraré seguido. Dentro de una retrospectiva que incluyó algunas de sus películas, vi dos. Una es Suzaki Paradise: Red Light District (1956) cuyo título delimita el escenario dramático donde transcurre la historia: una zona marginal de Tokyo en la posguerra donde prevalecen los bares nocturnos, la prostitución y una galería de personajes que ahogan sus penas en alcohol. Al comienzo una pareja decide qué destino seguir. Más bien discuten y ella es quien lleva la iniciativa. ¿Qué hacer, dónde ir? La única respuesta reside en el impulso espontáneo de subir a un ómnibus. A metros del cartel luminoso que anuncia la bienvenida a Suzaki, ella consigue trabajo como camarera y anfitriona de hombres que se acercan a un bar gerenciado por una señora con dos hijos, dos pequeños diablos que molestan todo el tiempo y que bien podrían ser protagonistas de cualquier comedia física. Mientras tanto, el joven consigue un puesto como repartidor de comida. A partir de ese momento, Kawashima traza magistralmente dos ejes dramáticos: las idas y vueltas de la historia de amor y la otra historia, la de un país que apenas comienza a levantarse económicamente, pero que contiene a personas dispuestas a utilizar lo que tengan a mano para sacar alguna ventaja. La primera historia utiliza como cáscara al drama, pero sin exacerbar el melo. Esto permite un registro secamente realista y poderoso, con intercambios verbales que dan cuenta de la modernidad del director a la hora de trabajar conflictos morales.

Esta mirada se consolida y se lleva más lejos en Elegant Beast (1962), una obra maestra de la cual-seguramente-Bong Joon-ho tomó notas para hacer Parasite (2019). El espacio dramático es una casa con una familia que vive a costa del engaño y de la estafa. Sin necesidad de subrayar el contexto, los actos y los signos que se conjugan en la puesta en escena marcan las diferencias sociales y el carácter pragmático, de dudosa moral, en cada personaje que hace su intervención. Con la apariencia de una comedia negra, la película se torna asfixiante y fascinante a la vez. El único objetivo que tienen marcado en la frente es salir de la miseria. Para ello sostienen un plan basado en la simulación. Los padres la juegan de inocentes frente a quienes vienen a reclamar. La hija exprime económicamente a un escritor, el hijo estafa a una productora musical en la que trabaja. Un quiebre en la trama habilitará todo un tablero de engaños cruzados y un conjunto de diálogos de elegante insidia. Es extraordinaria la capacidad del director para aprovechar la lógica del espacio reducido y explotar los encuadres de modo funcional a la desesperación reinante, sobre todo esas escaleras que marcarán el ascenso y la caída de las intenciones. Una joya que justifica un Festival.

Varias paradas se dieron en la competencia internacional, solo para ratificar lo de años anteriores en las últimas ediciones: que está bastante lavadita, con poco riesgo y ninguna propuesta estimulante como para sacudir un poco la sangre. Da la sensación de que se piensan las secciones competitivas como vidrieras donde se expone un resumen de lo que se ve en grandes eventos (Cannes, Venecia, Berlín), otros menores (Locarno) y lo que recomiendan algunos críticos amigos, una decisión que excluye otros nombres relegados y más tentadores. ¿Quiere decir esto que la programación es mala? No, muy lejos estamos de ello. En todo caso, es bastante uniforme y discreta en estos segmentos.
Para destacar, 18 hoyos al paraíso, de Joao Nuno Pintos, película portuguesa que cerró la principal competición. Ya parece una tendencia en el cine contemporáneo asociar la amenaza ambiental con la desintegración familiar. Claro está, las propuestas difieren según quien se ponga detrás de cámara. Y hay que decir que Nuno Pintos trabaja estéticamente este malestar de modo pausado y con decisiones expresivas cuyos aciertos mucho se deben al uso de la luz en relación con la pintura. Estamos ante un verano abrasador y tres mujeres dependen de la venta de unas tierras. Cada cual da su punto de vista al respecto porque pertenecen a esferas e intereses diversos. Mientras esto ocurre, una serie de signos progresivamente instalan el peligro. Un accidente al principio y luego, una cadena de incendios que se acercan a la granja. La escasez de agua se torna desesperante y la naturaleza humana brinda su espectáculo en un juego de tensiones que abordan lo individual y lo colectivo, la salvación económica y el espíritu solidario, entre otros dilemas que asoman. Por momentos, el encierro recuerda a El ángel exterminador (1962) de Luis Buñuel, pero la intencionalidad política del realizador portugués queda manifiesta a partir de la idea de una conquista a la inversa: quienes antes ocuparon y colonizaron ahora intentan hacerlo con otros modos, sin embargo, la tierra se venga. Lo bueno de Nuno Pintos es que, como buen cineasta, no filma discursos.

En Calle Málaga, de Maryam Touzani, Carmen Maura interpreta magistralmente a María Ángeles, una mujer viuda de 79 años que ha vivido la mayor parte de su vida en Tánger. Sus días son luminosos. Es feliz con su rutina: cocina, escucha vinilos, hace sus compras, disfruta de la comunidad y visita ocasionalmente a Josefa, la hermana monja, quien hace sus votos de silencio. Todo se altera con la llegada de su hija Clara, quien se ha divorciado y viene dispuesta a vender la casa. Su vida es complicada y la única solución es obtener dinero porque no puede sostener un alquiler. El registro de Touzani nunca abusa del sentimentalismo, por el contrario, apela a una sólida narración e incorpora dosis de humor que atenúan acertadamente la oscura atmósfera que se cierne sobre la problemática familiar. Además, lejos de la misantropía, comprende a sus personajes y nos los mira desde un lugar de superioridad moral. El resultado es un drama convencional pero no afectado, y con una estética que parece captar muy bien la integración en el histórico barrio, apostando a la visibilidad de los rituales colectivos en tiempos de individualismo recalcitrante. En este sentido, la historia de la hija -no demonizada- contrasta con la de la madre. Una película amable, en la mejor de las acepciones, que se llevó el Ástor de oro, el principal premio otorgado por el Jurado.

The sea, de Shai Carmeli Pollak, fue la película elegida para representar a Israel en los Oscar desató la ira del gobierno de Netanyahu. No es para menos, porque, más allá de una apuesta narrativa convencional, plantea honestamente la historia de un niño palestino que se escapa a Tel Aviv solo para ver el mar y da cuenta del modo en que el ejército lo trata durante su viaje. Control, dinero, transacciones varias y miedo son elementos que aparecen todo el tiempo para marcar los vínculos humanos. Quienes padecen el horror son los niños y la película se centra en el sueño de uno de ellos, llamado Khaled, quien vive en la Cisjordania ocupada. Una cuestión de papeles y de prejuicios lo deja afuera de una excursión con sus compañeros. Indignado, busca llegar a destino por sus propios medios. Mientras tanto, su padre irá en su búsqueda. En ese trayecto veremos diversas actitudes que dan cuenta de las diferencias irreconciliables, pero también de la voluntad de ayudar más allá de las cuestiones políticas. Relato sobre el fin de la inocencia. La última secuencia es la otra cara del espejo del fin de Los 400 golpes (1959) de Truffaut. Otro mundo, otra historia, otra idea de cine.

Pero, como todo viaje, uno busca refugios y allí se encienden las luces seguro. En esta edición el fuego sagrado lo puso Richard Linklater con su Nouvelle Vague, la película que utiliza como excusa el rodaje de Sin aliento (1960), de Jean Luc Godard, para hacer una comedia divertida y brillante que funciona del mismo modo que otras películas anteriores del realizador norteamericano, tan ecléctico como inteligente. Mediante una notable fotografía en blanco y negro nos introducimos en el imaginario de una época crucial para la historia del cine, pero nunca desde la evocación cinéfila llorosa. El gran acierto de Linklater es mirar con empatía y cariño a una galería de personajes que formaron parte de una conciencia colectiva marcada por el amor hacia las películas, con un espíritu de camaradería donde asoman, también, los egos y las discusiones que prontamente desarmarían ese carácter grupal. Este procedimiento de restarle solemnidad al rescate emotivo queda de manifiesto en una escena extraordinaria, aquella en la cual el personaje de Roberto Rossellini da una lección sobre la moral en la puesta en escena y a los pocos minutos se abalanza sobre una bandeja de sándwiches.

Este contraste se desarrolla de manera continua, incluso en las intervenciones de Godard, quien se transforma en un ser humano copado y simpático. Sus idas y venidas con el productor de la película pueden ser leídas en clave de humor al estilo de Laurel y Hardy. Obviamente, 65 años después, todos sabemos que Sin aliento es una película muy influyente e importante. Pero Linklater captura lo que se pudo haber sentido estar allí en ese momento: la pasión, la volatilidad, la euforia y la sensación de que todo estaba por hacerse. Una película, absolutamente controlada y con otras posibilidades de producción, homenajea y celebra a otra, hecha con la gracia de quienes comienzan a hacer cine, lejos de las academias y de ese tan exigido rigor formal de los godardianos de turno, tan ajenos al aliento de la ópera prima de Godard. Linklater dignifica el carácter artesanal y la aventura de la experiencia en un presente donde todo se controla y donde se filman discursos. Y hay que agradecerle ese gesto.












Comentarios 3