Doble programa: "Munich" y "Septiembre 5"

Reseñas generales

Vamos con un doble programa de dos películas sobre una misma temática. Empecemos por Septiembre 5, una película que se desmarca hábilmente de contar al pie de la letra la historia de la masacre cometida contra unos atletas israelíes durante los Juegos Olímpicos en Múnich 1972, por parte de una agrupación terrorista llamada “Septiembre negro”. La tentación sería contar esa historia; que incluye toma de rehenes, revuelta geopolítica y revisionismo histórico. No es el caso de este buen hombre Tim Fehlbaum, su idea se deslizó hacía adentro, es decir contar de manera centrífuga el suceso porque todo está concentrado en el control de la división deportes de ABC, ubicada in situ para llevar la transmisión de las competencias deportivas del evento, en teoría. Tras una jornada ardua e intensa, se escuchan a lo lejos unos disparos, que llegan a oídos de los empleados del canal en el control y provoca así una primera señal de pánico. A las pocas horas se desata un escenario imaginable, aunque ignorado por todos: la toma de rehenes en la delegación israelí en los primeros JJ.OO. organizados por Alemania, después de la Segunda Guerra Mundial. El punto de vista no se mueve del encierro del control, el espectador está posicionado con la misma información que todos los personajes ubicados allí dentro.

En 1972 por supuesto no había internet, las comunicaciones para confirmar algo de primera mano debía hacerse entre dos voces a través de un teléfono o un radio. También la autenticidad de una información la daba una agencia de noticias, hoy casi en completo desuso. Lo que podía describir un cable era lo que luego se reproducía en los demás medios. Para un evento como los JJ.OO. en esa época no existía el IBC, el también llamado OBS (Olympic Brodcasting System) por sus siglas en inglés, tampoco había una única transmisión, sino que cada canal se encargaba de su propia cobertura. La presencia en el lugar de los hechos era otro punto clave del periodismo en vivo, es así que cuando se confirmó la toma de rehenes surgió la disputa dentro del canal, si lo debía cubrir el equipo de deportes que estaba en el lugar o el equipo de noticias que estaba en Los Ángeles. Esto es como si TyC Sports se hubiera encargado de llevar el minuto a minuto de un suceso policial en desarrollo, solo porque estaban con las cámaras y un equipo en el lugar de los hechos. Por supuesto, no es estrictamente así, pero parte de razón lleva el jefe ejecutivo cuando contrargumenta con la idea de un sin sentido que sigan una toma de rehenes solo con una cámara apuntando a un periodista en un estudio desde la otra punta del mundo.

La primera impresión después de ver Septiembre 5 es que no desatendieron ningún detalle, ni tampoco descansaron sobre el impacto de la historia para dejar correr naturalmente los hechos como se los conoce. Esto lo señalo porque los personajes tienen un perfil delineado en los primeros minutos, en una suerte de declaración de principios porque no hay tiempo para perder. El jefe ejecutivo Roone Arledge (un villano sutil encarnado por Peter Sarsgaard) le dice al director de cámaras que ponche a un nadador alemán que perdió una carrera, en vez de poner en plano el rostro del estadounidense que ganó. En esa pequeña decisión se deja entrever la línea editorial y moral de este hombre, que más adelante sucumbe por la urgencia de un hecho extraordinario.

Otra arista tratada con cuidado extremo fue la de la técnica y el hacer televisión en tiempos analógicos. La lucha entre la necesidad y la posibilidad, lo que el aire pide y lo que los recursos nos ofrecen. Para quienes crecimos viendo la tele de aire con señores de traje en un fondo negro, una mesa redonda y dos personas hablando, la representación de las “manos a la obra” de una transmisión en vivo resulta una aventura fascinante, lo que se exacerba aún más porque ese mecanismo está tendido sobre el manto de una estructura de thriller, por la inclusión del factor tiempo puesto por los terroristas, con sus exigencias para no asesinar a los rehenes. Lo increíble se presenta en detalles muy minúsculos como el momento en el que descubren que pueden insertarle el logo propio del canal a la transmisión de otro, tras perder su turno en el satélite (otra de las disputas en esta historia) o la manera de agrandar una foto para ilustrar una imagen de archivo, porque todo aquello que veíamos en pantalla tenía, al menos mínimamente, tenía un paso previo artesanal antes de llegar a través de rayos catódicos en nuestros televisores.

El fuera de campo es otra variable interesante para poner en la mesa del punto de vista. La resolución es muy simple, lo que apareció en pantalla en su momento con la transmisión oficial en este relato es el contraplano y el destino final de todas las ideas, decisiones e improvisaciones puesta en práctica en ese control abarrotado de nervios. El pulso para ir y venir entre ambas dimensiones se ajusta a esa urgencia del momento, de contar lo que está sucediendo de la mejor manera posible, en ello conviven preguntas y cuestionamientos sobre si mostrar algo es una falta a la ética o la moral, incluso antes de que sucedan aparecen esos interrogantes en algunos personajes: “Si, solo si, sucediera ¿estaría bien que mostráramos un asesinato en cámara?” Septiembre 5 es una gran cebolla con muchas capas, todas recargadas de importancia para poder conversar, no solo por el retrato histórico de un hecho terrible y lamentablemente icónico, pero además se erige como esas grandes películas verídicas de las cuales puede observarse desde el desconocimiento total de lo sucedido y entrar en el carril de thriller.

La primera referencia que surge es la de Múnich (Munich, 2005) de Steven Spielberg, que cumple un cuarto de siglo este año, en esa película la historia cuenta lo que sucedió con posterioridad a los hechos de Septiembre 5. Las dos películas tienen un sustento de realidad, pasó de verdad la masacre de JJ.OO. en Múnich como así también la operación encubierta de “La cólera de Dios”, iniciada por el gobierno de Golda Meir, la Primer Ministro Israelí. Desde este punto se puede trazar una diferencia entre las dos películas, mientras Septiembre 5 cuenta una historia, de la cual se tienen gran parte de las piezas con algunos mosaicos rotos en la película de Spielberg la placa: “inspirada en hechos reales” tiene un sentido absoluto. En la comparación de veracidad, Múnich parte de la operación “La cólera de Dios” como lo único certero, tratándose de una acción clandestina propulsada por el estado israelí, todo lo presentado sobre ella es una narrativa reconstruida a base de relatos orales de sobrevivientes, de personajes oscuros que idearon el plan y la ficción, siempre presente a la hora de completar los huecos. La fuente sobre la que se basa el guión de Tony Kushner y Eric Roth es el libro “Vengeance” de George Jonas publicado en 1984, que tuvo una transposición previa llamada Sword of Gideon, telefilm canadiense dirigido por Michael Anderson, el mismo realizador de Fuga en el siglo XXI (Logan’s Run, 1976).

Tony Kushner y Eric Roth a principios de la década del 2000 estaban en pleno auge, el primero por escribir la transposición de su propia obra teatral, Ángeles en América (Angels in America, 2003) como miniserie para HBO, además de contar con una larga carrera como dramaturgo y escritor, ganador del Pulitzer. El segundo, Roth, de carrera más tradicional como guionista, había escrito Forrest Gump (1994), la extraordinaria El informante (The Insider, 1999) y la biopic Ali (2001), ambas para Michael Mann. Cuando me encuentro con una película, que tiene dos o más créditos en guión, suelo atribuirle aquellos aciertos que considero a aquel nombre cuya filmografía me parece más solida o de la cual rescato algún título. Por tal motivo, si bien Roth me parece un guionista irregular, es justo decir que ha puesto la bala en el blanco más de una vez y por ello Múnich me da la sensación que tiene más huellas de su pluma que de la de Kushner, al menos en la estructura narrativa, en cambio puede hallarse capas de su sensibilidad que la película también tiene.

Para conectar sencillamente ambos títulos hay que decir que donde termina Septiembre 5 comienza Múnich, que es nada menos que la represalia contra los autores intelectuales de la masacre de los atletas israelíes. La gran decisión de Spielberg es la de contar esta historia al estilo New Hollywood, desde la crudeza de las imágenes (en contenido gráfico y en la dimensión formal) hasta en la amargura de una tragedia que sobrevuela todo el relato. No había otra forma de narrar la historia de un grupo de agentes del Mossad, liderados por un joven ex guardaespaldas de la Primer Ministro sin experiencia en este tipo de cruzadas con un equipo carente también de esa cualidad.

En el camino de la aventura por rastrear los nombres de una lista, en simultáneo se presenta una necesidad de crecer; a la fuerza y con dolor. Spielberg brinda un par de proezas técnicas sorprendentes, incluso para un director de su calibre que ya para entonces había dejado buena muestra de sus habilidades para encuadrar y montar en plano. La escena del primer asesinato, donde persiguen a un escritor palestino para matarlo en el palier de su casa tiene el nervio y la tensión de una película de William Friedkin. Lo mismo sucede con el segundo blanco, en París, donde se presenta la primera fricción inesperada: la aparición de un civil - ¡y para colmo una niña! - que podría terminar herido, es decir cada punto es parte de un hilado, cada asesinato presenta dificultades, miedos y terrores que atraviesan a hombres comunes, sí son instrumentos de una subsidiaria clandestina, que a su vez es parte del servicio de inteligencia de un estado, pero no dejan de ser seres de carne y hueso. En el balance, Spielberg no los juzga ni les da un abrazo contenedor en el resultado final, presenta las contradicciones y las expone.

Múnich es la película más oscura de Steven Spielberg, un director a quien muchas veces se lo acusa de universal, en un sentido peyorativo. Si ubicamos la película en contexto, un ejercicio necesario para casi todas las obras, no hace falta ser un genio para pensar en la cercanía con el atentado del 11 de septiembre. El sabor amargo en la boca de la sociedad estadounidense y las acciones inmediatas para repeler ese acto terrorista que cambió el mundo solo eran posibles de entender si se ubicaba el foco en la historia, en observar para atrás y no para adelante. Eso entendió Spielberg y logró una de las mejores películas de su carrera. 20 años después nos permite conectarla con un estreno, como se dijo muchas veces: la cinefilia no es solo mirar muchas películas, es además poder unir aquellos que vemos y generar una reflexión. 

 

Comentarios 1

M
Mari Stocco13 de octubre de 2025
Qué buen análisis. Me encantó cómo marcás la diferencia de enfoques entre Septiembre 5 y Múnich, porque realmente funcionan como espejos temporales. La primera se mete en el corazón del control televisivo, y la otra en el de la venganza. Dos maneras opuestas de mirar un mismo horror.

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