¿El cine de Hollywood es machista? El test de Bechdel tiene una respuesta
Reseñas generalesCorría el año 1985 cuando la historietista Alison Bechdel escuchó de su amiga y psicóloga Liz Wallace una idea reveladora. Por aquellos años Bechdel publicaba el cómic Dykes to Watch Out For, considerado uno de los primeros exponentes de la cultura popular en abordar las relaciones lésbicas y los estereotipos alrededor de ellas, y a partir de la charla sintió ese impulso que sienten las artistas cuando tienen algo para decir. Eso que muchos llaman inspiración.
El resultado de ese momento fue la historieta llamada The Rule. En ella está el álter ego de grafito de Bechdel, Mo, y una amiga caminando entre medio de afiches de próximos estrenos. “Sólo voy al cine si la película cumple con tres reglas básicas”, comenta Mo, y explica: “Primero, que haya al menos dos personajes femeninos; segundo, que esos personajes femeninos hablen entre sí; y tercero, que lo hagan sobre algo que no esté relacionado a un hombre”. “Muy estricto, pero buena idea”, responde la otra. “No te creas, la última película que pude ver fue Alien”, remata Mo.
Sin proponérselo, Bechdel había creado uno de los métodos más sencillos para evaluar la brecha de género en el cine en particular y en cualquier disciplina artística en general: el llamado “test de Bechdel”, también conocido como “test de Bechdel-Wallace”. Se habló mucho de ese test durante la última década, especialmente a partir del movimiento Me Too en Hollywood. Es cierto que hoy la foto es distinta. Tan cierto como que en sólo el 23 por ciento de todas las películas norteamericanas realizadas entre 1929 y 2015 el personaje con más líneas de diálogo es una mujer y que ese número desciende al 18 por ciento si se busca que una pareja protagónica femenina sea la más parlante.

Son apenas dos datos que se desprenden de los cientos, miles de estudios y estadísticas que circulan por internet con la misma conclusión: en una porción muy importante de todas las películas que vimos en nuestras vidas predominan los hombres, es decir, que como espectadores cultivamos nuestra mirada con historias con hombres mejor desarrollados, con más posibilidades de hablar y, por lo tanto, de establecer los contornos de algo parecido a una personalidad.
Universos masculinos vs. machismo
Pero acá debemos poner un asterisco para explicar que la ausencia de diálogos y personajes femeninos con nombre propio no implica necesariamente que se trate de una película machista. Machismo sería tratarlas mal, ubicarlas en un nivel intelectual y de relevancia menor a los hombres, que es lo que hacen los personajes misóginos y devotos de la superioridad peneana de Will Ferrell en las películas Adam McKay, tal como conté acá, aunque con la intención satírica de deconstruir la idea de “machote” blanco y norteamericano para mostrar el ridículo de esos ideales. Además, puede haber películas que no aprueben el test porque están circunscriptas a universos masculinos. Ninguna película bélica, por ejemplo, pasa el filtro de la historietista, salvo que quiera retorcer la realidad. Ni Cónclave. Y es difícil tildar de machista a una película sobre curas célibes.
Lo segundo se desprende lo anterior y es una obviedad: las películas son expresiones artísticas y, por lo tanto, cada una debe interpretarse según el contexto y la lógica narrativa interna que propone. Pienso, por ejemplo, en el personaje de Anna Paquin en El irlandés, de Martín Scorsese. El análisis “objetivo” diría que ella solo dice una palabra en más de tres horas (“No”) y que, por lo tanto, la película no aprobaría el test. Sin embargo, esa negativa tiene un peso central, pues con ella establece un marco moral de enorme resonancia para el desarrollo de la trama y el accionar de su padre (Robert De Niro).

Pienso también en el cine de Quentin Tarantino. En alguna próxima nota voy a profundizar en la relación de sus películas con las mujeres, pero por ahora quedémonos con que resulta inevitable asociar sus películas a universos masculinos. Sin embargo, la realidad es que en casi todas ellas son las mujeres quienes funcionan como motor narrativo, las que dan un motivo concreto para encauzar la acción. Las más evidentes son Jackie Brown, Kill Bill y A prueba de muerte por el hecho de estar protagonizadas por mujeres. Pero también está el personaje de Uma Thurman en Tiempos violentos, el de Jennifer Jason Leigh en Los ocho más odiados, el de la esposa del ex esclavo en Django sin cadenas y sigue la lista. Porque no necesariamente pocas líneas de guion equivalen a personajes mal construidos ni estereotipados. Menos que menos a machismo.
Un premio dorado…y masculino
Machista es la industria de Hollywood, que no le perdona un traspié a una mujer ni de casualidad. Piensen el nombre de alguna directora que haya vuelto a filmar en los grandes estudios después de un fracaso comercial y verán que la lista tiende a cero. Más ejemplos: menos del cinco por ciento de las películas más taquilleras de lo que va del siglo XXI fueron dirigidas por mujeres. Porque Hollywood ha mirado, pensado y reflejado el mundo desde arriba de un bigote, y lo ha celebrado con orgullo.

A la Academia se la relojea por sus discutibles –muchas veces inexplicables– criterios de premiación y la falta absoluta de sorpresa que sus ceremonias suelen deparar. Pero todo premio, y el Oscar no es la excepción, es menos un reconocimiento a “lo mejor” que un recorte tijereteado por la aspiración de los electores de construir una imagen que refleje lo que para ellos es el estado de la disciplina en cuestión en un determinado momento: la estatuilla dorada como el gesto que estampa en la Historia qué piensa la industria más poderosa del entretenimiento sobre el cine –y, por lo tanto, sobre el mundo.
Hombres hablándoles a hombres
¿Qué ha dicho sobre la cuestión de género? Que, si bien la brecha tendió a reducirse durante los últimos años, Hollywood ha sido históricamente una cuestión de hombres: apenas el 45 por ciento de los 108 títulos nominados a Mejor Película entre 2000 y 2016 superan el test, y sólo nueve de los 16 ganadores. Además, en los primeros 90 años de la Academia (en 2026 se celebrará la 99º edición) sólo cuatro realizadoras estuvieron nominadas al Oscar a Mejor Dirección. En toda la historia solamente Kathryn Bigelow y Chloé Zhao se llevaron la estatuilla. La primera ganó en 2010 por Vivir al límite y la segunda, en la pandémica ceremonia de 2021 por Nomadland.

Una última recomendación: si quieren saber si sus películas favoritas aprueban el test –lo que, insisto, no quiere decir que sea una película machista–, pueden visitar la base de datos Bechdeltest.com, cuyos responsables se tomaron el trabajo de analizar casi diez mil títulos, en su mayoría producciones comerciales de Hollywood, y dividirlos según si pasan o no. Es un recorte arbitrario y aleatorio, porque faltarían miles de películas para que la muestra sea representativa. Pero podemos tener una idea general.
Mientras escribo estas líneas hay un 57,1 por ciento del total de películas con las respuestas positivas a las tres preguntas, un 10,2 por ciento con dos de las tres positivas, 21,7 con una y un 11,1 por ciento con todas negativas. Muchas de mis películas favoritas pertenecen a los últimos tres grupos. Son, entonces, películas sobre hombres, hechas con sensibilidad de hombres, con protagonistas, directores y guionistas hombres, apuntadas a hombres. Hombres hablándoles a hombres.


















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