El cine de los hermanos Coen y el "hombre sin atributos"
Reseñas generales"El inocente debe sufrir, el culpable ha de ser castigado y se debe sudar sangre si uno quiere convertirse en un hombre”. Eso declaró Joel Coen en la conferencia de prensa del Festival de Nueva York en 1985. La idea del inocente que sufre –concepto de lo más hitchcockiano que se pueda imaginar- demuestra su funcionamiento en toda la obra de los Coen. De hecho, cada una de sus películas puede pensarse a partir de la idea de un héroe que debe salvar cuantos obstáculos se le pongan delante y cuya búsqueda adquiere el carácter de una odisea, teniendo en cuenta que es de la Odisea de Homero de donde extraen su estructura preferida. La realización de ¿Dónde estás hermano? (2000) es, en efecto, la efectiva plasmación de ese deseo de manera literal.

El personaje de los Coen, sin embargo, no tiene nada del héroe mitológico, sino que es su opuesto: un antihéroe, un “hombre sin atributos”, un hombre ordinario enfrentado a acontecimientos extraordinarios, que lo superan y lo llevan al desastre. En El gran Lebowski (1998), el prólogo nos hace partir del desierto a la ciudad de Los Ángeles, donde un narrador diegético –que luego descubrimos es el cowboy que interpreta Sam Eliott- nos presenta al Dude (Jeff Bridges). “En los confines del Oeste, había una vez (…)” El travelling hacia adelante acompaña a un relato con los acentos propios del western. Pero esta mirada se ve inmediatamente contrarrestada por una entrada en un supermercado donde se presenta al Dude deambulando en bata entre las góndolas, pagando un sachet de leche con un cheque. Los días de gloria han quedado sustituidos por la imagen del declive.
El Dude es un hombre desplazado, un hombre que viene de un tiempo como los años 70, con la movida rock y el hippismo, trasplantado a la escena yuppie de los 90, con sus aires de éxito y rentabilidad. En ese gesto los Coen enlazan tres géneros: el western del comienzo, la comedia del absurdo que se inaugura con la aparición del Dude y los maleantes que le hacen pis en la alfombra, para desembocar en el policial de ecos chandlerianos cuando aparezca la pista detectivesca. La película desmonta la idea de leyenda al llevarla al terreno del absurdo.
El gran Lebowski toma como doble anclaje la ciudad de Los Ángeles. Un espacio es el de la casa del Dude, el bowling, el mundo de los loosers desclasados. Ahí se enraízan los residuos de un tiempo pasado, del que solo queda ese aire de decadencia. El otro espacio es el de la mansión del millonario Lebowski, el de Malibú donde vive el productor de cine porno que interpreta Ben Gazzara, el del mundo del éxito y los negocios. Dude, por un error, es llevado desde un mundo al otro, para atravesarlo con el riesgo que eso implica, intentando sacar provecho y perdiendo algo siempre en el camino. “A veces te comés al oso, y otras el oso te come a vos” es la filosofía que resume su vida.
El Dude es un marginal particular, cuya desenvoltura solo es igualada por su crónica inadaptación al mundo actual. Él y su amigo Walter (John Goodman) están atrapados en la década de los 70, un periodo clave de sus vidas –para él por los permisos de la sociedad americana, para Walter por la guerra de Vietnam- difícil de dejar atrás. Sin embargo, a diferencia del personaje de Barton Fink, enfrentado a un mundo que le resulta incomprensible, el Dude no se toma en serio a sí mismo. La ausencia de distancia y la imposibilidad de reacción hacían de Barton una víctima pasiva; el Dude, aún en su limbo, tiene una mayor lucidez, intenta sacar provecho cuando puede, y sobrevive justamente por su despreocupación.
El otro Jeff Lebowski (David Huddleston) representa el opuesto al Dude, el hombre (paralítico) detrás del escritorio, el (falso) triunfador del nuevo mundo de los 90, de derecha, conservador e hipócrita. Que el azar los ponga frente a frente es una clara demostración del pérfido humor de los Coen, que enfrenta a sus personajes a aquello que no entienden ni pueden imaginar. Por suerte, a diferencia de otros de sus antihéroes, el Dude –como señala el narrador que lo presenta- está tocado por la gracia. La mejor escena para entender el contrapunto es la que comparten por primera vez los dos Lebowski. La composición es sencilla, plano y contraplano. Pero en cada corte saltamos a una realidad diferente, como en un viaje de años y kilómetros. El gordo Lebowski es el ejemplo del individualismo, aquel que se sobrepone a la desgracia (ser lisiado) y triunfa en un mundo competitivo; el Dude no tiene trabajo ni documentos, vive en los bolos tomando tragos (ruso blanco) y es la síntesis del hedonismo y la improductividad. La frase del Lebowski sintetiza esa disputa, siempre filmada en el plano de la comedia: “Su revolución ha terminado, señor Lebowski. Mis condolencias. Los vagos perdieron. Le aconsejo que haga lo que hicieron sus padres. Consígase un trabajo”.

La película ofrece además varias referencias al universo judío a partir de la figura de Walter, convertido luego de su matrimonio con Cynthia, de la que ya está divorciado. Así como Vietnam quedó fijado en su realidad, también la experiencia judía quedó anclada como algo irrenunciable, con sus ceremonias y sus días de descanso. Como sus intereses son el bowling, Vietnam y el judaísmo, busca que no interfieran entre sí: el torneo de bowling no debe coincidir con el shabat. Esas reglas son objeto de reiteradas humoradas, de la misma manera que las reglas estrictas de creencia que lo hacen desconfiar de los nihilistas pero no de los nazis (“Puedes decir lo que quieras del nacionalsocialismo, pero al menos tenía una ética”).
El humor negro se convierte en otra clave de la película, sobre todo a partir de la inclusión de los signos de violencia y crimen: el dedo de Bunny, la muerte de Donny. Por ello el humor de los Coen combina la burla con la comedia negra, para descansar en la sátira o parodia cuando aborda universos particulares: sátira de convenciones sociales en Educando a Arizona; sátira del mundo de Hollywood en Barton Fink; sátira del mundo industrial en El gran salto; parodia de El sueño eterno en El gran Lebowski; parodia de la Odisea de Homero en ¿Dónde estás hermano?

En ese sentido, ¿Dónde estás hermano? está abiertamente inspirada en la epopeya de Ulises después de la Guerra de Troya hasta su regreso a la ciudad de Ítaca. Los Coen trasladan la acción a los años 30 en el sur de Estados Unidos y Everett (George Clooney), Pete (John Turturo) y Delmar (Tim Blake Nelson) se convierten en tres presidiarios que se fugan durante la tarea de trabajos forzados. La escena en cuestión recuerda a la película Soy un fugitivo (Mervyn Le Roy, 1932), a la que parodian subvirtiendo su tono trágico respecto a las duras condiciones carceleras por el absurdo de la fuga de los tres pesos.
Es quizás la comedia más inocente de los Coen, por ello una de las más subestimadas. Los personajes recuerdan el ridículo de los de Fargo, pero en un ambiente nunca sometido al encuentro con una maldad extrema como la que allí ocurría (salvo la escena del KKK que igual es breve). Por el contrario, los personajes se topan con delegados de los mismos obstáculos que habían demorado a Ulises (las sirenas, el cíclope) y salen airosos gracias a la fortuna que, de una u otra manera –como a los héroes, a veces por azar-, siempre los acompaña. Junto a los elementos del poema homérico, los Coen introducen situaciones y personajes del Sur de aquellos años: la figura de Boby Face Nelson, el famoso criminal; las imágenes de niños negros cargando bloques de hielo inspiradas en las fotografías de Eudora Welty; las campañas para gobernador a través de la radio.
El título se inspira en una frase de la película Los viajes de Sullivan (1944) de Preston Sturges, que resulta uno de los grandes homenajes a la comedia. Y los Coen, como lo harán en varias ocasiones, también filman canciones completas. El Sur se convierte entonces en el espacio de Eudora Welty, los campos de algodón, los negritos por el campo, los tonos cansinos y desorientados, el crimen brutal, y las canciones inolvidables.

Es una película con una mirada mucho menos filosa sobre personajes que no son mucho mejores que los de Fargo. Las canciones son las que establecen el ritmo, algunas provienen incluso de las cosas más terribles como el sonido de los presos picando piedras. Al final el campo se inunda para hacer una represa y puede verse un cartel con dos palabras que simbolizan el progreso: Poder y Luz. Como los escritores sureños, los Coen vislumbran que ese cambio a la fuerza será terrible e irreversible.
Por último, El hombre que nunca estuvo está ambientada en 1949 y es la historia de un hombre sin atributos, una historia de pueblo (Santa Rosa, California), como también lo era Fargo. Atrapado en un mundo ordinario, plagado de personas ordinarias, Ed Crane (Billy Bob Thorton) quiere algo que haga la diferencia, que le permita acceder a una grandeza de la que carece. El argumento es una mezcla entre la historia de Fargo y la de Simplemente sangre y Ed se decide a chantajear al amante de su esposa para conseguir el dinero necesario para poner una tintorería. Es cornudo como el marido de Simplemente sangre y ambicioso como el de Fargo, pero su extremo laconismo (al estilo Humphrey Bogart) tiñe a cualquiera de sus acciones de un llamativo desinterés. No se toma en serio nada, ni siente celos, ni siquiera se pone nervioso. Su absoluta intrascendencia es lo único que parece impulsarlo.

Al igual que en las anteriores películas, las maquinaciones del peluquero son las que desatan la desgracia. Sin embargo, la búsqueda de distinción prevalece para Ed y parece encontrarla en la figura de una joven pianista (interpretada por Scarlett Johnasson). Sin embargo, todo resulta, nuevamente, una decepción. Y como el mundo es tan caótico como siempre, lleno de tragedias y sinsentido, un lugar donde es imposible no compadecer al peluquero que busca aunque sea la mínima gloria.
El contraste entre la negrura de la historia y la estación en la que se desarrolla, el verano, contribuye a una inusual fisicidad de las imágenes, atravesadas por haces de luz y un aura extrañamente fantasmagórica. El descenso a los infiernos del peluquero (que recibe el castigo que tal vez merece), a diferencia de los ribetes gore y desbordantes de Fargo, está filmado con distanciamiento y reticente a cualquier empatía.
Nuevamente los Coen rechazan el realismo, desmontan la identificación necesaria para que el espectador se comprometa emocionalmente con las imágenes, y apuestan a su participación en un juego que siempre mira desde arriba, como ellos.

















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