El mundo necesitaba otra pistola desnuda (y una así de buena)
NarrativaPuede que para contar la historia de las comedias de gags made in Hollywood haya que remontarse a los años del cine mudo, más puntualmente a la producción del irrepetible Buster Keaton. Un poco más acá en el tiempo la referencia ancla, sin duda, en los Marx Brothers. Pero metámonos de lleno en el cine más contemporáneo, en la todavía considerada “era moderna”. Pongamos el listón en la década de 1970 y acudamos al maestro del género: Mel Brooks. Pero también apuntemos en la lista dorada a sus mejores alumnos, integrantes del power trío que supieron conformar Jerry Zucker, Jim Abrahams y David Zucker, más conocidos como ZAZ, pero mucho más reconocidos si nos referimos a ellos como los creadores de Airplane! (1980), Top Secret! (1984) y la eterna The Naked Gun (1988), entre otras.

Pasó un tiempo desde la tercera y última parte de la saga original con Leslie Nielsen, que vio la luz de los proyectores en 1994. Poco después de aquello, recién iniciado el siglo XXI, otra estrella del mundo del espectáculo, Osama Bin Laden, volteó las Torres Gemelas y las parodias cambiaron para siempre, con ejemplos claros al respecto como la discutible saga Scary Movie, creada por los Wayans Brothers y que aportó al subgénero de la comedia de gags cinco películas con más chistes olvidables que festejables. Así las cosas, se anunció que en los próximos meses llegará una secuela más de la franquicia.
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La trilogía original de The Naked Gun (1988, 1991, 1994) construyó su universo humorístico sobre la base de la destrucción sistemática de cualquier lógica narrativa clásica en favor del gag puro y duro. Nielsen, que pasó de actor dramático y pistolero de westerns B a maestro del deadpan, encarnó a un detective incompetente y genial en su loop de torpeza, en la senda del Maxwell Smart de Don Adams (Get Smart!, Mel Brooks, 1965-1970), pero con un link directo al Peter Sellers de The Party (Blake Edwards, 1968) y, más aún, al de The Pink Panther (Edwards, 1964-1976) es inevitable. Pero lo que entonces parecía una exageración nivel Jackass hoy resulta apenas una burlesca no tan alejada de una institución policial a la que una parodia es lo mejor que le puede pasar en un contexto patético cuando no criminal.

Antes del teniente Frank Drebin de Nielsen, ZAZ continuó el concepto y ciertas métricas de lo hecho por Mel Brooks en obras maestras del asunto como The Young Frankenstein (1974), Silent Movie (1976) o High Anxiety (1977).
Los cimientos del rascacielos de gags de ZAZ arrancaron con Airplane! (1980), homenaje paródico del género de cine catástrofe sobre tragedias aéreas. El film no solo se toma con sorna el tema sino que directamente demuele la arquitectura del drama catastrófico, riéndose de su sistema de guion, de sus clichés más flagrantes.

En esa primera parte Leslie Nielsen compone a un doctor bizarro, encargado de la salud de un combo de pasajeros (y, sobre todo, de una tripulación) al borde del espasmo mental. En tanto, su secuela, Airplane II: The Sequel (1982), continuó con el absurdo hasta dispararlo al espacio, prueba de vida de un subgénero que cuando juega bien apuesta a superar sus propias marcas.
Antes de aterrizar en las salas de cine, Frank Drebin fue un personaje que pasó de largo por la televisión: Police Squad! (1982) fue la serie que lo tuvo como protagonista, aunque los seis episodios que duró el chiste no llegaron a conmover a la audiencia. La serie fue cancelada por ABC porque, según argumentaron desde la cadena, los espectadores tenían que prestar demasiada atención a lo que sucedía en pantalla para captar los chistes.
Quizá no fuera esa misma audiencia la que dos años después de la serie se entregó con los brazos abiertos a una de las grandes películas de ZAZ, Top Secret! (1984), que deliró al público con la demencia freak puesta en juego en un guion perfecto en su narrativa deconstruida, en su humor al filo y en situaciones que ya son icónicas como la pelea en un saloon de western pero bajo el agua.
Val Kilmer, en su debut cinematográfico, recorre Alemania Oriental subido al rock de los Estados Unidos, a puro bailecito, gestos de galán y malos entendidos que están en lo más alto del género. Ahí están Peter Cushing (y su ojo deforme tras la lupa), u Omar Sharif, malogrado espía que se lleva puesto un puente sin que le pase nada, para luego terminar achatarrado en modo R2-D2 de hojalata.

Siempre Mel
El viejo Brooks (hoy con 99 años de gloria encima) operaba sobre el humor gag(seoso) en un registro que bien podría ser parte de la gran enciclopedia de la comedia universal junto a los británicos Monty Python (Life of Brian, The Meaning of Life). En ese tren, el bueno de Mel parió un western con humor directo y genial como Blazing Saddles (1974), que de paso se metía con los prejuicios raciales de Hollywood y los Estados Unidos en su conjunto. Además, y tal como lo hizo en otros de sus films (Spaceballs, 1987, por ejemplo), rompió la cuarta pared llevando una pelea de la ficción del far west a otros escenarios de filmación.
Young Frankenstein (1974) continuaron esta tradición, pero con matices. Mientras El joven Frankenstein (en castellano, aka Frankenstein Jr.) se metía de lleno en el terror clásico parodiando desde las características mentales del monstruo hasta la forma en la que se decía el apellido del doctor protagonista. (“¡Se pronuncia Fronkensteen!”).

La comedia espacial, en tanto, tenía los dos pies clavados en el lodo de las parodias a Star Wars y el género de ciencia ficción en general. La mercantilización del arte de masas (una redundancia en si misma, digamos todo) aparece en el film del siempre punzante Brooks en la tienda de merchandising que un muy agrietado Yogurt (el propio director, en una imitación sarcástica del legendario Yoda) atiende mientras ofrece action figures y demás mercadotecnia.
El gag inolvidable
Peter Sellers quizá sea el gran comediante que haya dado el cine —con las disculpas del caso para Steve Carell— y en The Party (Blake Edwards, 1968) lo dejó en claro. Precursor espiritual del movimiento gag en el cine a color, a Sellers lo vemos en el film en la piel del muy torpe Hrundi V. Bakshi,
(echemos el manto de piedad correspondiente ante la salvajada —aka incorrección política— que supone el hecho de que un actor inglés maquillado interprete a un hombre indio a la orden de Hollywood)
quien navega/naufraga en una fiesta hollywoodense muy sixties, con la gracia megadestructiva de un elefante en una casa de lámparas, pero con la inocencia propia de un Keaton o un Chaplin. Peter Sellers, aquí y también en The Pink Panther, anticipó la comedia física-oral que Leslie Nielsen/ZAZ perfeccionarían dos décadas después.
To scream or not to scream
La saga Scary Movie (iniciada en 2000) no llegó a ser una evolución del género solo por falta de buenos chistes. ¿Cuántas carcajadas nos deparó a lo largo de 5 películas que repetían ideas como si en ello se les fuera la vida y el presupuesto? Por otro lado, el hecho de que cada uno de los films dependiera de algún título icónico del género del terror producía, en todos los casos, expectativas que defraudaron en cada ocasión, a un nivel que podría compararse solo con la desolación que provocó en 1995 la (demasiado) fallida Dracula: Dead and Loving It, último trabajo de Mel Brooks como director, que intentó parodiar, sin éxito y con un Leslie Nielsen cansado, a las Drácula de todos los tiempos apenas un par de años después del mega clásico de Francis Ford Coppola (1992).

La remake que funciona
The Naked Gun es el título del clásico de los 80s pero también, desde ahora, el título de la remake más efectiva de los últimos tiempos. El film del casi desconocido Akiva Schaffer (uno de los más respetados guionistas y directores del eterno televisivo Saturday Night Live) armó una plantilla basada en lo hecho por el grupo ZAZ y entregó un trabajo notable, que reproduce lo mejor del humor de la saga original, con una métrica humorística que funciona al milímetro sin repetir chistes ni oler a humedad.
A la empresa de la nueva “Pistola desnuda” (tal su título original en América Latina) le suman peso fuerte las presencias de Liam Neeson en el rol del hijo del agente Frank Drebin y Pamela Anderson como la figura femenina del relato, digna continuadora de la icónica material girl que supo interpretar Priscila Presley en los tres títulos de los 80s y 90s.

No es casual que las comedias de gags revivan en épocas de gobiernos republicanos tal como no por nada las dos primeras partes de The Naked Gun y la preproducción de la tercera se realizaron durante el gobierno de George Bush (padre). El colmo de lo bizarro en aquel entonces era aquel anciano jefe de la Casa Blanca peleándose con Los Simpsons, diciendo que no representaban a las familias de su país. En tanto, hoy Washington es comandada por un lunático que hace de toda la familia Bush un grupo de hippies fans de Cheech & Chong.
La realidad se parodia a sí misma por cuenta y riesgo de quienes manejan los hilos, a su vez caricaturas de los líderes que alguna vez tuvieron el timón de las cosas. En este marco que parece referenciar una y otra vez a ese pequeño clásico que es Idiocracy (Mike Judge, 2006, filmada durante el gobierno de Bush hijo), que Liam Neeson sea el nuevo Drebin es una caricia cinéfila. El tipo que interpretó a Oskar Schindler es el que hoy se hace cargo de rescatar a un subgénero entero. Gracias por el guiño, Hollywood; now we are talking.





















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