La distopía cotidiana en el último país que fusiló a su dictador
Reseñas generalesDecía Arthur Schopenhauer que “la vida es un anhelo opaco y un tormento”, máxima que en su último largometraje el cineasta rumano Radu Jude transforma en ensayo. No esperes demasiado del fin del mundo (Nu astepta prea mult de la sfârsitul lumii) es un llamado a eliminar toda expectativa ante una distopía que dejó de ser temporal luego de la pandemia del Covid para hacerse cotidiana a partir de una agenda política-social-económica que oprime de arriba hacia abajo y parece haberse hecho carne en la base de la pirámide social.

Nos instalaron una idea de lo inevitable. O peor, nos convencieron de que esta desgracia transversal post-capitalista que vivimos en todos y cada uno de los rincones del mundo, estaba escrita y no tenemos forma de esquivarla.
El film de Radu Jude (el mismo de la premiada Sexo desafortunado o porno loco, de 2021) se monta sobre el género de la comedia negra y lo hace desde una de(s)generación propia de la posmodernidad de guerrilla. El artista rumano suele apelar al cruce de límites como estilo y se posiciona en su silla de director como modo de combate. Contra el bienpensamismo, sobre todo.
Jude en su reciente film, a través de un puñado de personajes que representan en sí mismos el caos de una región paradigmática del capitalismo tardío, rompe con las claves más obvias de la comedia negra y escribe un editorial político sobre la precariedad.

Se trata de 163 minutos de una radiografía filosófica sobre la deshumanización, la alienación de una posmodernidad global que pasó de la ilusión del multiculturalismo a la realidad palpable de la desigualdad, la crueldad, la injusticia como norma.
La protagonista, Ángela (una imbatible Ilinca Manolache), es una trabajadora precarizada, propia de estos años marcados por el dominio del 1% de la raza humana por sobre el 99% restante. Ella vive su cotidianeidad rumana sobrecargada, con los horarios desbaratados, mal pagada y atrapada en una maquinaria burocrática que la funcionaliza hasta dejarle apenas unos minutos a la semana para echarse un polvo con su amante (¿amor, novio, pareja? poco importa en su dinámica) en el auto con el que recorre largos kilómetros a diario.
Como metáfora brutal de la neo-globalización, Ángela trabaja como asistente de producción y cámara para un video corporativo que recoge testimonios de trabajadores que sufrieron accidentes laborales. Los ex empleados, algunos paralíticos, utilizan su tiempo libre para ser parte del video de la empresa por la que quedaron lisiados. Ponen su rostro ante la cámara para aconsejar a otros trabajadores sobre la importancia de tener cuidado. En modo pedagógico, las víctimas de sus empleadores los exculpan de aquello que los dejó en una silla de ruedas. La mercantilización de la vida misma.

Desde su lugar, en tanto, los dueños de la empresa en cuestión, obsesionados con la imagen y el marketing, revelan su lógica instrumentalista, incluso celebrando que una de las personas que da testimonio sea gitana porque los muestra “diversos”. El humano como herramienta, que conecta con la dicotomía entre funcionar y existir que plantean, entre otros, el filósofo y psicoanalista Miguel Benasayag.
En paralelo, el disparador que representa la Ángela que recorre las calles rumanas en el siglo XXI lleva a imágenes de otro film con el que dialoga la obra de Jude: Angela merge mai departe ("Ángela sigue adelante", Lucian Bratu, 1981), sobre una conductora de taxi en la Bucarest de hace casi medio siglo.
El multiverso de las las Ángelas que conducen en situación de explotación establece un intercambio que va más allá de la nostalgia cinéfilo-geográfica para oficiar de arqueología crítica de un presente como espejo del pasado, al tiempo que interpelación sobre la continuidad de las opresiones en un territorio que cambió autoritarismo soviético por los bastonazos económicos del neoliberalismo.

La protagonista contemporánea, inmersa en el capitalismo del sobreempleo, la autoexplotación y las redes sociales, conecta con su predecesora socialista. Distintas realidades, distintos horizontes, distintas cortinas de hierro.
La conexión de la Ángela posmo con la vitalidad tóxica de las redes aparece en forma de videos bizarros atravesados por un filtro que la hace ver como un macho alfa con más pretensiones que realidades. Su alter-ego, misógino, violento, desbocado, opera como Mr. Hyde de su Dra. Jekyll. Un Hyde —a diferencia del de la novela de Robert L. Stevenson— voluntario, terapéutico, que asoma en momentos de discordancia, cuando la catarsis pide a gritos entrar en escena.
Ángela documenta siempre. En el auto, en su trabajo remunerado, en sus videos selfies filtrados por las apps. Ella filma, registra, comenta que a los costados de la ruta que conecta el centro de la ciudad con el aeropuerto hay crucifijos, tumbas improvisadas, trapos, homenajes varios a víctimas del tránsito voraz y mal organizado. Dice y documenta. Y la película, con la impronta de la realidad aumentada, nos muestra durante 5 minutos planos fijos de eso que ella relata. El audiovisual como campo de batalla y una herramienta incontrastable: los datos de la realidad como intervención estética y denuncia.
Esto no es un spoiler
La última media hora de No esperes demasiado del fin del mundo ratifica las ideas madre que la sostienen y hacen del título un prólogo con vida propia, a su vez linkeado al epílogo/conclusión. En un plano fijo que maneja tiempos propios en cuanto al paso de las horas, un ex trabajador de la empresa que realiza el video cuenta su historia ante cámara rodeado de su familia. Se trata de un momento clave, en parte por la extensión del plano, pero sobre todo porque representa el quiebre del alma humana a manos de lo corporativo. En su ponencia, el trabajador, revictimizado, intenta hacer valer su versión de los hechos y es cruzado por la producción, que busca guiarlo hacia el matadero simbólico al que lo someten sus ex empleadores. En un paso de comedia oral, en tanto, la falsa empatía de la producción se entremezcla con la inocencia del sometido.

—El coronel Sanders de (la cadena de fast food) KFC era un tremendo racista. Por eso prefiero McDonald´s—, dice detrás de cámara uno de los asistentes.
—Yo también—, dice el exempleado, que comienza a empaparse por la lluvia que cae mientras se siguen haciendo intentos de que la escena quede como le conviene a la compañía.
La lógica absurda bajo la que se someten empleados y empleadores es puesta en primer plano por Jude. Consumo, consumistas y consumidos en un mismo escenario. La “libertad“ de elegir, pero ¿de elegir qué y entre qué?.
Quien aparece entonces haciendo propio un discurso que le es ajeno pero, quizá, no tanto, es Ángela. Como recurso inevitable, como humanidad presente hasta que duele, el cuerpo y la cabeza de la Ángela de hoy, la que colabora con la empresa a que sus extrabajadores se humillen, hace catarsis en medio del set de filmación improvisado en la calle. Y grita.
Filtrada por la cara del matón que suele interpretar, la rubia se para unos metros detrás de la familia-testigo y dispara una carga de metralleta verbal que remite, en lo conceptual, al ajusticiamiento de Nicolae Ceausescu (y su esposa Elena), último dictador fusilado por su pueblo.
“Zelensky espero que muera como Hitler y su Ucrania con él. Y ojalá que Putin se quede para siempre”, arremete Ángela como cierre de un relato radical en sus conceptos y sus planteos más explícitos, sin cinismo nihilista pero también sin tibieza ni optimismo ramplón. Simplemente una tragedia contemporánea.








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