Nosotros, los rescatados: animales y humanidad en la Historia del Cine.

Aspectos socioculturales

Los primeros animales que recuerdo no estaban en una pantalla. Estaban en el campo donde mis abuelos eran puesteros. Recuerdo el olor del cuero, los mugidos al amanecer, las gallinas correteando cerca del aljibe, los perros echados como guardianes sin violencia. No había mascotas en el sentido moderno. Había compañeros. La vida compartida con los animales era parte de un ciclo mayor, donde todo tenía sentido y peso: incluso cuando alguno debía ser sacrificado, lo hacíamos con un respeto profundo, porque nuestra vida dependía de la suya. La existencia era comunal.

De todos, caballos, perros y gatos fueron quienes marcaron más profundamente mi vida. En sus ojos había confianza, rutina, ternura. En cada despedida, una parte de mí también se iba. Sé que el duelo será infinito. Y sin embargo, la gratitud también lo es: por cada instante compartido, por todo lo que enseñaron sin decir palabra.

Por eso, cuando pienso en los animales en el cine y la televisión, no puedo hacerlo desde un lugar neutral. Lo que allí se proyecta dialoga con esas experiencias íntimas, vividas, carnales. Me pregunto: ¿qué representamos cuando mostramos animales en pantalla? ¿Qué imagen construimos —y qué vínculos, qué violencias o ternuras— promovemos?

Orígenes: entre la fascinación y la explotación

Los animales han estado presentes en el cine desde sus comienzos. A veces como protagonistas de aventuras inolvidables, otras como víctimas o monstruos, o como símbolos de la ternura, la lealtad, el miedo o la libertad. Películas como Caballo de guerra (2011), Mi profesor pulpo (2020) o incluso Desayuno con diamantes (1961), con ese gato sin nombre, nos recuerdan que los animales también cuentan historias. O mejor dicho: que nosotros contamos historias a través de ellos.

Pero esa mediación no siempre es inocente. Cuando se los humaniza excesivamente para hacerlos “más adorables”, cuando se los convierte en monstruos sedientos de sangre como en Tiburón (1975), o en símbolos del mal como en La bruja (2015), el cine también proyecta nuestras sombras. ¿Los estamos mirando a ellos o a nuestras propias fantasías, nuestros temores, nuestros anhelos?

Detrás del lente, sin embargo, hay otras verdades más crudas.

Desde los primeros días del cine, los animales estuvieron ahí. No como tema central necesariamente, pero sí como presencias que despertaban emoción, exotismo o drama.

Thomas Edison filmó en 1894 a un gato boxeando con guantes. Pocos años después, en 1903, produjo Electrocutando a un elefante, donde mostró la ejecución pública de Topsy, una elefanta de circo. La fascinación técnica del cine se mezcló, desde el comienzo, con una mirada ambigua: capaz de maravillarse con lo animal, pero también de explotarlo, exhibirlo, disciplinarlo o matarlo frente a la cámara,  hasta las muertes evitables de animales durante el rodaje de El Hobbit (2012), la industria ha fallado muchas veces en reconocer que los animales no son utilería ni efectos especiales, sino seres sintientes.

Los animales no puedan ser agentes morales, tienen intereses, y por tanto, derechos. No por sensibilidad humana, sino por justicia: no dañar es algo que les debemos.

En películas como Blackfish (2013) y Le gavage en question (2009), el documental levanta ese velo de fascinación y muestra el dolor. Nos confronta con las condiciones reales de vida de muchos animales explotados en nombre del entretenimiento, la gastronomía o la ciencia

La historia del western en Hollywood, el auge del cine de aventuras coloniales, o incluso los circos filmados en noticieros y documentales muestran cómo el cine colaboró en una narrativa civilizatoria donde el animal aparece como “otro” a ser dominado o domesticado.

Humanización, simbolización, empatía

Sin embargo, con el tiempo, la mirada fue cambiando. Películas como Lassie, La dama y el vagabundo o Mi amigo Enzo muestran animales que no solo acompañan a los humanos, sino que parecen reflejar sus emociones, su moral, su fidelidad. Se los “humaniza” para que podamos amarlos más fácilmente, pero también para hacernos pensar desde su lugar. El zorro de El Principito, la ballena de Free Willy, el caballo de Caballo de guerra, nos conmueven porque sentimos que en ellos late una verdad simple, que a veces los humanos olvidamos: la de los vínculos sin palabras, los afectos sin cálculo.

Peaky Blinders (2013-2022), BBC

La televisión también multiplicó esa presencia. Documentales como los de National Geographic o BBC Earth nos trajeron la vida salvaje a casa. Pero la frontera entre espectáculo y educación es tenue. El animal a veces queda reducido a metáfora o decorado. O a víctima: de desastres, de humanos, de sistemas.

Los animales en la catástrofe

En las catástrofes —sean naturales o provocadas por la acción humana— los animales suelen quedar en el margen, invisibilizados. En cada incendio forestal, cada derrame petrolero, cada tormenta o terremoto, miles de animales mueren o quedan abandonados. La lógica del rescate prioriza —y es comprensible— la vida humana. Pero ¿quién contabiliza las pérdidas animales? ¿Quién repara la ruptura de ecosistemas, la extinción silenciosa, el hambre de las especies desplazadas?

Los desastres provocados por grandes corporaciones, como los incendios intencionales en el Amazonas o las fugas químicas en mares y ríos, dejan una estela de muerte que rara vez se muestra en toda su magnitud. El cine ambiental y ciertos documentales (The Cove, Seaspiracy, Cowspiracy) intentan poner el foco en esa destrucción, pero aún falta una conciencia narrativa más amplia que no presente a los animales solo como víctimas, sino como comunidades que viven, sufren, luchan y merecen justicia.

Pandemia y transformación del vínculo urbano

Con la pandemia de COVID-19, el vínculo humano-animal dio un giro inesperado en las ciudades. En medio del aislamiento, muchas personas encontraron en los animales de compañía un refugio emocional, una forma de conexión afectiva cuando lo social se apagaba. Se disparó la adopción de perros y gatos en zonas urbanas, y se intensificó un lazo que ya venía creciendo: el del animal como parte plena del hogar, incluso como sujeto relacional.

En redes sociales, series, películas y publicidades, los animales comenzaron a ocupar un lugar cada vez más central. Pero también creció el consumo de productos para mascotas, la industria de servicios y una estetización excesiva del vínculo, donde el riesgo es convertir al animal en objeto de consumo afectivo.

Frente a esto, se vuelve urgente pensar una ética del cuidado animal que no dependa solo del afecto individual, sino de una justicia más profunda: que los animales no sean solo receptores de cariño, sino sujetos de derechos, de comunidad, de memoria.

Hacia una mirada más justa

El desarrollo del CGI ha permitido representar animales con realismo y sin poner en riesgo a los reales. Pero la tecnología no reemplaza el compromiso. Podemos evitar el sufrimiento en los sets, pero no debemos olvidar que el sufrimiento continúa fuera de cámara, en granjas industriales, en zoológicos decadentes, en experimentos innecesarios, en las calles.

El cine puede ser testigo, denuncia, espejo, pregunta. Puede mostrarnos lo que no vemos. Puede enseñarnos, incluso, a amar de otro modo.

Porque los animales nos enseñan —si sabemos mirar— a vivir con otros. Nos enseñan a estar sin cálculo, a convivir con lo diferente, a cuidar sin palabras. Nos enseñan que el mundo no es propiedad de nadie, sino un hogar compartido que debemos reparar, juntos.

Tal vez haya llegado el momento de dejar de usar a los animales como símbolos de nuestras virtudes o temores, y comenzar a verlos como lo que son: seres con vida, con historia, con dolor, con dignidad. No para proyectar sobre ellos nuestra humanidad, sino para reconocer en ellos otras formas de ser, de estar, de habitar este mundo que también es suyo.

Y si el cine puede ayudar a imaginar eso —otra forma de convivencia, otra comunidad de los vivos— entonces no solo será arte: será memoria, será justicia, será esperanza.

Y en medio de todo —la pandemia, el encierro, el miedo, la fragilidad— apareció él. Un perro flaco, sucio, deshidratado, se había echado a morir en la vereda. No tenía nombre. Solo cansancio. Parecía haber olvidado qué era ser parte de algo. Lo rodeamos con mantas, con agua, con miedo a que no resistiera. Y en ese gesto pequeño de cuidado, entre vecinos que nos cruzábamos sin hablarnos, algo cambió. Nos hicimos comunidad. Unos llevaban alimento, otros lo llevaban al veterinario, otros lo acariciaban como quien acaricia una herida propia. Contra todo pronóstico, el perro resistió. Se quedó. Se curó. Y entre todos, como si lo supiéramos desde siempre, le dimos un nombre: Argos.

Argos, como aquel del que habla La Odisea. El que espera. El que nunca olvida. El que resiste el tiempo, la guerra, el abandono, la humillación. El que envejece sin perder la esperanza. Argos, el que reconoce a Ulises cuando nadie más lo hace. El único que lo mira sin disfraz ni juicio, y que, al saber que su rey ha vuelto, puede por fin cerrar los ojos en paz.

Nuestro Argos también fue eso: un guardián del sentido. En un mundo herido, en una ciudad anestesiada, él nos recordó que la vida todavía late, que aún se puede confiar, esperar, amar. No fuimos nosotros quienes lo rescatamos: fue él quien nos rescató a nosotros. Nos volvió a enseñar a cuidar, a mirar, a estar. Nos trajo de vuelta a esa humanidad que a veces creemos haber perdido. Nos mostró, como tantos animales lo hacen desde siempre, que no hay futuro posible sin ternura, sin comunidad, sin memoria.

Quizás por eso el cine sigue intentando representarlos: porque en los animales hay una verdad que no se deja borrar ni por el desastre ni por la tecnología. Una verdad antigua, como la de Argos: que cuidar de otros es también cuidarse uno mismo. Que el mundo no es un recurso, sino una casa compartida. Que si volvemos a mirar a los animales no como cosas, sino como parte de nuestra historia, de nuestras luchas, de nuestras pérdidas y de nuestras esperanzas, quizás entonces —como Ulises al final del viaje— podamos reconocernos otra vez.

Y tal vez, solo tal vez, volver a casa.

Comentarios 2

L
La Butaca Imaginaria10 de septiembre de 2025
Los animales en el cine no solo son actores, son espejos de nuestra humanidad.
L
La garra25 de julio de 2025
Que bella forma de hacer justicia a ese vínculo con los animales.</br>Desde la intimidad de la memoria personal, pasando por el camino fílmico hasta llegar otra vez a lo que más conmueve, la esperanza, el sueño de algo mejor. Pero no como ingenuidad, sino con un sentido crítico, sincero y reflexivo que es poco tratado. Que reclama responsabilidad, que invita a actuar como colectivo. Y tal vez esto, es lo más valioso porque se muestra que los vínculos están conectados, como todo en nuestra Madre Tierra.

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