Sostener para visibilizar una Idea 💅

Recomendaciones

En el contexto de la producción documental latinoamericana contemporánea, Cuidadoras, dirigido por Martina Matzkin y Gabriela Uassouf. 

 

Producido por Rocío Pichirili R.I. y coproducido junto a El Otro Film Producciones LTDA (Chile), se posiciona como un proyecto que, al menos desde lo temático, apuesta a una urgencia ineludible: visibilizar a quienes sostienen, en silencio, la vida cotidiana de millones de personas. Las mujeres que cuidan. Que cuidan a otros, mientras el mundo —incluido el audiovisual— durante décadas decidió no cuidarlas a ellas.

El documental se inscribe dentro de una tendencia creciente en la región: narrativas íntimas y de bajo presupuesto, con una mirada sensible que escapa del relato institucional para adentrarse en historias personales, territoriales, y muchas veces fragmentarias. Y ahí radica tanto su potencia como su punto más débil.

Lo que el documental logra


En términos temáticos, Cuidadoras acierta en el foco: no se queda en una postal antropológica ni en una denuncia general. Se propone mirar de cerca. Y cuando la cámara logra conectar con los rostros, las manos, los cuerpos en desgaste de estas mujeres, el documental encuentra su centro emocional. La apuesta por una cámara cercana —a veces casi invasiva, pero honesta— permite que el espectador transite un territorio emocional que no necesita subrayados musicales ni voces en off condescendientes.

La alianza con una productora chilena también sugiere una voluntad de lectura regional del fenómeno, lo cual es una decisión acertada: el rol invisibilizado de las cuidadoras no es un problema exclusivamente argentino, sino una problemática estructural latinoamericana, atravesada por la desigualdad, el patriarcado y la informalidad laboral a al fondo


Sin embargo, el principal conflicto de Cuidadoras está en su construcción formal. Si bien el documental intenta una poética visual apoyada en planos largos y silencios cargados de significado, muchas veces cae en una repetición estética que no aporta densidad narrativa. La imagen parece a veces más preocupada por la "belleza del descuido" que por el ritmo cinematográfico. Y si bien la belleza y la contemplación tienen lugar en este tipo de relatos, su abuso termina diluyendo el impacto de lo que se quiere contar.

El montaje no siempre logra sostener una progresión emocional clara. Hay momentos donde la temporalidad se vuelve ambigua, no como elección artística, sino por falta de decisión narrativa. ¿Estamos frente a una estructura episódica? ¿O es una narración progresiva con arco dramático? El film no parece definirse. Y esa indecisión se traduce en una experiencia por momentos estancada.

Desde lo técnico, la dirección de fotografía oscila entre lo crudo y lo plástico, sin resolver del todo una identidad visual. Hay escenas donde el registro documental parece ser capturado con urgencia (y eso suma verdad), pero en otras, los intentos de estilización forzada rompen el verosímil y distraen. La cámara, cuando intenta ser "poética", a veces cae en el lugar común.

 

La cámara como espejo o como muro


Uno de los dilemas más interesantes —y más irresueltos— del documental es la relación entre la cámara y sus protagonistas. En varios pasajes, las cuidadoras parecen olvidar que están siendo filmadas. Eso puede leerse como una virtud del vínculo creado por la directora. Pero también deja en el aire una pregunta ética: ¿quién está realmente contando esta historia? ¿Ellas o la directora a través de ellas?

No hay una instancia clara de devolución ni una reflexión autorreferencial que permita al público entender cuál es el lugar de enunciación del proyecto. ¿Desde dónde se narra? ¿Hay una cuidadora detrás de cámara? ¿O simplemente una realizadora observando? El documental apuesta por la invisibilidad de su propia mirada, pero eso, en lugar de potenciar el discurso, lo debilita. En un proyecto que habla sobre el silencio estructural, dejar fuera del encuadre la autoría es también un gesto político que no puede pasarse por alto.

Una obra necesaria, pero no terminada
Cuidadoras no es un mal documental. Tampoco es uno plenamente logrado. Es una obra necesaria, valiente en su intención y sensible en sus elecciones temáticas. Pero también es un documental que necesita afinar su estructura, asumir su punto de vista y encontrar un lenguaje formal más coherente con la potencia del contenido que maneja.

En una época donde el cine documental latinoamericano ha demostrado su capacidad para renovar el lenguaje, esta película parece quedarse a medio camino entre la crónica urgente y la pieza poética. El resultado es desigual. Aunque conmueve en momentos, no logra sostener una voz lo suficientemente sólida como para hacer del proyecto un referente en su tema.

 

Dicho eso, Cuidadoras abre una puerta valiosa: instala en el imaginario audiovisual una figura que ha sido sistemáticamente ignorada. Y solo por eso, ya merece un lugar en la conversación. Lo que venga después —en términos de relecturas, nuevas versiones o futuros proyectos inspirados en este— puede y debe ser más osado formalmente. Pero nadie podrá decir que Rocío Pichirili no se atrevió a mirar. Aunque esa mirada, por momentos, todavía esté en construcción.

 

 

 

Comentarios 0

Todavía no hay comentarios.

De este autor