Por un instante, volar ya no fue un sueño.

Narrativa

A veces siento que nací en el siglo equivocado. Que vine a parar al mundo por accidente, como si alguien me hubiera empujado fuera del lugar al que realmente pertenecía. No sé si es una forma poética de justificar por qué nunca encajo, o si es solo una excusa más. Pero desde hace un tiempo, lo único que me calma es moverme, caminar, desaparecer entre paisajes ajenos.

Eso me llevó a Islandia. Un viaje sin planes, sin fechas, sin expectativas. Solo el deseo casi instintivo de encontrar un lugar donde el silencio pesara más que las notificaciones. Un lugar donde pudiera sentirme parte de algo más grande que yo. La gente habla mucho de reconectar con uno mismo, pero a veces lo único que quiero es dejarme atrás.

 

Aquella tarde el cielo estaba denso, cargado, como si algo fuera a caer. Caminé por horas entre colinas negras y nieve fresca hasta llegar a un valle estrecho, escondido entre rocas partidas por el tiempo. No aparecía en los mapas, ni en las guías. Lo encontré por error, o por destino.

Entonces lo oí. Un sonido bajo, gutural. No era un trueno. Tampoco el viento. Me detuve en seco. El ruido volvió, más cerca. Algo se movía entre las rocas. Sentí cómo me latía el corazón en las sienes.

Y lo vi.

Negro. Grande. Vivo.

Mi primer instinto fue correr. Pero no lo hice. Me quedé quieto. Congelado.

Él me vio también. Se detuvo, pero no bajó la guardia. Estaba herido. Una de sus alas colgaba con una leve rigidez, y respiraba agitado. No era una criatura mágica flotando en un sueño. Era un animal real. Salvaje. Desconfiado. Vivo.

Era Chimuelo.

Sí, ese Chimuelo. El de las películas. El que aprendí a querer en la pantalla siendo niño. Pero frente a mí no había un dibujo animado ni una fantasía. Había un ser que parecía parte del paisaje, con una presencia tan poderosa como el frío.

Y en ese momento me di cuenta de lo absurdo que sería acercarme.

No di un paso. No extendí la mano. Solo lo miré. Y lo dejé en paz.

Me senté, lentamente, sobre una roca. A unos quince metros. No quise romper el silencio con palabras humanas. Solo observé.

Él gruñó. Me miró fijo. Me probaba. Buscaba debilidad, o amenaza.

Yo respiré hondo. Cerré los ojos.

Pasaron minutos. Quizás media hora.

Cada vez que hacía un movimiento —buscar mi cantimplora, ajustar la mochila—, él tensaba el cuerpo. Preparado para atacar. Como debía ser. Era una bestia. Un depredador. No un peluche de marketing.

Pensé en irme.

Pero algo me dijo que no. Que quizás, si no pedía nada, si no pretendía nada… algo podía ocurrir.

Así pasamos la tarde.

Él herido. Yo en silencio.

A ratos se alejaba. A ratos me observaba. Nunca del todo tranquilo. Pero tampoco me echaba.

Cuando cayó la noche, sentí el impulso de dejarle comida. No me acerqué. Solo dejé unas piezas de carne seca sobre una roca y me alejé un buen trecho. Él no se movió. Pero al cabo de un rato, cuando pensó que no miraba, las olfateó. Las tomó.

Al día siguiente volví. No sabía si seguiría allí.

Pero sí. Estaba. Y esta vez no gruñó. No se acercó. Pero tampoco se tensó.

Volvimos a sentarnos, a la misma distancia. Como dos desconocidos que se veían demasiado seguido como para seguir ignorándose.

Durante tres días hicimos eso. Nada más. Silencio. Respiración. Miradas.

El cuarto día, se acercó un poco.

Solo un par de pasos. Lo suficiente para que sintiera el aire de su cuerpo. No me atreví a moverme.

Él bajó la cabeza. No en rendición. Sino en estudio. Yo hice lo mismo. Y nos quedamos así. Humanos y bestia. Tratando de entender qué éramos el uno para el otro.

No hubo música épica. No hubo un gesto mágico. Solo respeto.

Y a veces, eso es suficiente.

Cuando se acercó lo suficiente para que pudiera tocarlo, fue él quien lo permitió. Puso el hocico cerca de mi mano. No hice nada. Solo esperé. Y él decidió.

El contacto fue breve. Su piel era tibia, áspera. Viva.

Esa noche no pude dormir.

No por miedo.

Por algo más profundo.

Por la certeza de que había sido testigo de algo que no sabría explicar.

Al amanecer, él estaba en lo alto de una colina. Su silueta recortada contra el cielo. Me observó. Luego bajó, despacio. Se plantó frente a mí. Me empujó suavemente con la cabeza.

Lo entendí.

Sin palabras.

Subí a su lomo. Con cuidado. Con temor, sí. Pero también con una fe que nunca antes había sentido.

Y entonces, volamos.

No como en los sueños, donde todo es perfecto. Volamos como se vuela en la vida: con sacudidas, con viento en la cara, con vértigo. Pero también con libertad.

Tocamos el cielo. Cruzamos nubes. Sobrevolamos montañas. Y por unos minutos, el mundo dejó de pesar. Yo dejé de ser “yo”.

Solo era un alma volando con otra.

Cuando aterrizamos, supe que era una despedida.

Me miró una última vez. Me rozó el pecho con el hocico. Y se fue.

No con tristeza.

Sino con la misma dignidad con la que había llegado.

Y yo, solo, supe que había vivido algo que no se repite. Algo que no se cuenta. Algo que solo se siente.

Y por un instante…
Volar ya no fue un sueño. 

Comentarios 5

K
Kary Heys17 de agosto de 2025
Me identifico mucho con el principio de tu artículo y soy fan de las películas como entrenar a tu dragón, no he podido ver la live action tan pronto salga en blueray la compro para tenerla pues pienso que debe ser épica mejor que las animaciones, muchas gracias.
N
Nancy Caro Gutiérrez30 de junio de 2025
Chimuelo es tierno! Y tu narrativa es fantástica. El inicio de una amistad indestructible, como lo plasman muchas historias con perritos, gatitos, y en este caso un dragón. También vole con ustedes, me encanta la magia de las palabras. Felicitaciones!!!!
Y
Yanilza Garcia Villaman27 de junio de 2025
La aparición de Chimuelo como una criatura real, desgastada pero imponente, funciona como un símbolo poderoso: un reflejo del personaje mismo. Ambos están fuera de lugar, heridos pero vivos, enfrentándose sin máscaras ni artificios.</br></br>En pocas palabras: esta historia no trata de fantasía, sino de pertenencia. De cómo a veces necesitamos perdernos del todo para cruzarnos con algo —o alguien— que nos recuerde quiénes somos realmente.</br></br>Si esto es parte de una película, ¡me encantaría ver cómo continúa esa conexión entre lo real y lo imposible!
B
ByeHollywood26 de junio de 2025
Che, me re voló la cabeza cómo contaste esa conexión en silencio con Chimuelo (lo de los tres días de paciencia antes del contacto me erizó la piel), pero medio fantasioso eso de que un bicho salvaje te deje montarlo así nomás... ¿no te parece que en la naturaleza real esa confianza llevaría meses o hasta años?
M
MehMeh21 de junio de 2025
Me re cabe el final de tu historia. Un dragón no nació para ser taxi de humanos. Que hayas mostrado volar con Toothless como algo que pasó sin forzar... eso tiene un re significado.

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