Warfare: Bailando en la Oscuridad
Reseñas generales
¿Cuál es la mejor manera de retratar la guerra en el cine? ¿Mejor para nuestros ojos, nuestra conciencia o para qué exactamente? me pregunto después de experimentar una vez más el horror bélico. Propongo otro cuestionamiento entonces, pero se lo hago a ustedes en esta ocasión. Voy de nuevo: ¿para qué miran películas sobre guerras? ¿para concientizarse, horrorizarse o unificar esas dos sensaciones? Me lo podría haber preguntado a mí mismo, pero todavía no encuentro una respuesta, y francamente no sé si existe.
Imaginemos una cuadra urbana como la representación simbólica de una película. La historia pasaría por la calle, dentro de autos, motos o cualquier otro automóvil. Y por la vereda caminaríamos nosotros, los espectadores, en paralelo y con un (en constante sintonía) riesgo bajo, mediano o alto de que algún auto choque con otro y se incruste en la vereda contra nosotros, despedazándonos o provocándonos una agonía segura. Para ponerlo en un plano más real eso sería el equivalente a cuando somos sorprendidos, o shockeados, por algo que nos acaba de contar la película.
Del otro lado de esta espontánea simbología que les planteo estaría la posibilidad de que un espectador camine tranquilamente por la vereda y sea él (o ella en tal caso) quién decida cruzar, teniendo una plena noción del riesgo que eso conlleva. Por más que existan los semáforos o las señas de precaución (que en el plano real serían básicamente las señales de advertencia que nos dicen que una película puede llegar a destruirnos), sabemos que no todos se acatan a las reglas. Al fin y al cabo, los seres humanos somos seres de naturaleza errante e impredecible muchas veces.

Así fue como, maso menos y salvando las diferencias, me sometí a vivir la nueva experiencia inmersiva del destacado realizador británico Alex Garland, que tras iniciarse en la escritura de guiones decidió ir full-time apuntando el dedo índice en los sets de rodaje para hacer el trabajo completo hace poco más de diez años. En el medio se paseó por el sci-fi existencialista y el sci-fi más duro, el folk psicológico y la distopía documentada. Pero lo curioso es que en todos estos subgéneros, a pesar de tener sus propios códigos, nunca le escapó al terror. Al terror de saber que pronto los humanos quizás no nos distingamos los unos entre los otros, de no reconocer a nuestros seres queridos, de saber que los demonios existen y nos persiguen a todas partes…y de encontrarnos agonizando en nuestra propia patria y con la amenaza constante de nuestros pares.
Si en su cuasi distópica road-movie bélica Civil War el director ponía a unos fotoperiodistas en el centro de la escena como eje catalizador de lo narrado, y lo adornaba con helicópteros que hacían bailar misiles por los cielos de Washington y una puesta en escena grandilocuente al mejor estilo 'Apocalypse Now', en el título que analizaremos más adelante sucede exactamente todo lo contrario. No hay explicaciones, no hay muchos bandos, no hay lugar para la reflexión…ni mucho menos para la debilidad. Pero, a pesar de los dos enfoques situados en ambos lados de una misma línea, es interesante recalcar la correlación que las une. La paradoja norteamericana de Garland estrenada el año pasado puede verse como el resultado de las políticas militares propuestas durante la gestión de George W. Bush en las que se basa esta autobiopic.
Codirigida junto a Ray Mendoza, ex soldado de la Marina, la historia de Warfare surge (y urge) de varias necesidades: la primera podría ser del propio Mendoza, en un afán de verse reflejado en lo que le pasó, pero visto desde otro ángulo. Y la segunda viene por el hecho del debilitamiento del género bélico, que si bien tuvo sus propuestas estéticamente arriesgadas (1917, Napoleón), necesitaba una vuelta de rosca. ¿Y qué mejor contada que desde el lente de un superviviente?

Podría encontrar algunas razones más, pero creo que no sería el punto.
'Warfare' nos sitúa en un tiempo y espacio muy específico, demasiado diría. 19 de noviembre de 2006, en alguna calle de Ramadi, Iraq. Un escuadrón de marines estadounidenses encargados de controlar los movimientos de varios sospechosos disfruta de un videoclip bastante subido de tono que suena en la televisión. Es el exitoso “Call on Me” del DJ sueco Eric Prydz, uno de los tantos hits que sonaban en las discotecas de todo el planeta. Es muy importante entender estas primeras palabras que expreso a modo de introducción ya que sirven para dimensionar cuál será el destino de este viaje. Y qué es lo que vendrá después…
Garland propone un acercamiento inicial en donde no existen protagonistas como tal, más allá de los rangos de este escuadrón. No existen rasgos característicos de cada uno. No hay un desdibuje en la moral. La ética está nublada. Como si se tratase de un documental sin narrador ni entrevistas, la película aprovecha el recurso de un único espacio para mostrarnos un sentido de compañerismo, camaradería y solidaridad que se contagia en todos por igual. No existen diferencias, no hay competencias. Lo importante es la misión y el resto se discute en la patria. Pero ¿cuál es la misión exactamente? Desbaratar cualquier actividad sospechosa que ponga en riesgo la supervivencia del escuadrón.

Mucho no se puede decir de la primera mitad más que lo que logra es mantener una cierta tensión, algo parecido a lo que hizo Gus Van Sant en ‘Elefante’, basada también en una guerra pero a una escala muchísimo menor: la socio ideológica. Podría apreciar estas dos obras como dos caras de una misma moneda en este artículo, pero nuevamente…no es el punto. ¿Qué es lo mejor que un director puede hacer cuando sabe que su audiencia conoce a dónde irá su relato? Divagar elegantemente. Garland nos sumerge con cautela en lo mucho (o poco, las cantidades son inexactas) que queda de humanidad en estos soldados, para luego enfriarnos el alma gracias a un diseño de sonido envolvente que se convierte en otro protagonista luego del desastre.
En el final unos iraquíes salen a la calle luego de reclamar violentamente lo que en definitiva es suyo. Mucho cemento dinamitado a plena luz del día. Un pedazo de brazo yace por ahí, como lo que será un desagradable recuerdo perturbado en la memoria de algún sobreviviente. La oscuridad de la explosión pierde fuerza, entre el polvo se escurre el sol. Y hasta hace un par de horas ahí estaban ellos, bailando en esa misma oscuridad, alegres, llenos de vida. Qué loco, ¿no? Miro a un costado y me vuelvo a preguntar ¿de qué sirve la guerra?
POR JERÓNIMO CASCO
Publicado el 29 de MAYO del 2025, 18.00 PM | UTC-GMT -3
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