La(s) sonrisa(s) de Hugh Grant
Reseñas generales
Entre las categorizaciones que podríamos hacer de los actores y actrices hay dos cualidades que valoro y que siempre me vienen a la mente al momento de hacer una reseña: si son versátiles y si son camaleónicos.
Los versátiles
Con versatilidad, entiendo su capacidad de hacer de buenos o malos, de héroes o villanos. Y también a su plasticidad genérica: que se sientan cómodos tanto en la comedia como en el drama. Pensemos en Alberto Sordi pasando sin escalas de la comedia a la tragedia en Un burgués pequeño pequeño, en Meryl Streep en El ladrón de orquídeas o, sin movernos del drama, en Nicholas Hoult en Jurado #2 y en La hermandad silenciosa (The Order).




La versatilidad de género no es muy común: excelentes actores y actrices dramáticos no funcionan en el ámbito de la comedia y viceversa, como la enorme Isabelle Huppert, por ejemplo. La versatilidad no sólo es un don sino un desafío, porque implica para los intérpretes salir de su zona de confort o de papeles en los que resultan exitosos: luego de su estremecedor papel de odontólogo nazi en Maratón de la muerte, le ofrecieron a Lawrence Olivier hacer el personaje del criminal nazi Mengele en Los niños del Brasil. Se negó rotundamente (el papel fue a manos de Gregory Peck) e interpretó, en cambio, a su opuesto, al cazador de nazis del relato, una especie de Simon Wiesenthal con otro nombre. Dentro de esta categoría podríamos incluir también a los argentinos Griselda Siciliani, Valeria Bertuccelli, Leonardo Sbaraglia y Joaquín Furriel.


Los camaleónicos
Con la cualidad camaleónica me refiero a la capacidad de transformación de un actor o actriz, aún dentro de un mismo género y no necesariamente a las transformaciones prostéticas, adelgazamientos o engordes (no acuerdo con estos últimos para cumplir con el physique du rol). Hay algo de lo actoral, del orden de lo actitudinal que acompaña al disfraz y a la caracterización. Cate Blanchett es una de las actrices ciertamente más camaleónicas (y versátiles); resulta irreconocible en ciertos papeles. Lo suyo es a veces temerario. También Nicole Kidman o Julianne Moore.


Los encasillados
En la otra vereda, encontramos actores y actrices que son requeridos para hacer siempre más o menos el mismo papel; éste puede corresponderse con su personalidad real, caso en el que decimos que “siempre hacen de sí mismos” o no. Son intérpretes que se sienten cómodos con un determinado registro y que son requeridos porque funcionan bien en ese tipo de personajes. Disfrutan la comodidad pero sufren también el peligro del encasillamiento. Se me vienen a la mente Paul Giamatti, por ejemplo, o Adrián Suar. Cuando a este tipo de actores y actrices se los ve en otro tipo de papeles, generalmente no convencen, se los ve sobre exigidos, sobregirados.
El turno de Hugh Grant
Hasta hace no mucho, Hugh Grant entraba dentro de esta categoría. El actor de las exitosas (y ya casi clásicos de la comedia) Cuatro bodas y un funeral, Un lugar llamado Notting Hill y El diario de Bridget Jones era el prototipo de galán inglés, apuesto pero algo apocado o distante, incluso torpe, y de hablar entrecortado, siempre acompañado por una sonrisa entre tímida y seductora; era el actor ideal para la comedia dramática y romántica. Consagró su juventud y la mediana edad a este tipo de papeles.



Pero los intérpretes deben enfrentarse al paso del tiempo. Muchas actrices importantes terminan deviniendo en personajes mayormente brujeriles o villanescos, como en una suerte de concentrado dramático, aunque con menos matices. Pensemos en Bette Davis o Jessica Lange, que no obstante construyeron personajes enormes también en este registro. Lo mismo se aplica a Demi Moore en la extraordinaria La sustancia, como efecto colateral (y meta narrativo) de su trama.



El nuevo Grant
Y hete aquí que Grant encara el desafío de la edad y de desencasillarse con una verdadera reconversión. Y lo más llamativo es que lo hace sin abandonar su sonrisa y su decir entrecortado. Pone esos recursos tan suyos al servicio de otro tipo de personajes más oscuros y serios; les agrega algo del orden de lo inefable. Digo esto pensando básicamente en tres personajes que interpretó en los últimos tiempos.

El primero, el que desempeñó en la serie The Undoing junto a Nicole Kidman. Grant sorprendió con un personaje ambiguo, oscuro y por momentos siniestro.

Segundo, el prisionero de la despótica primera ministra encarnada por Kate Winslet en la serie El Régimen (The Regime). Allí Grant encarnaba a un dirigente opositor y exministro confinado a una celda subterránea, casi una mazmorra. Un personaje íntegro y melancólico que se sabe condenado.

Y por último, el (acaso) teólogo de Hereje (Heretic). En esta notable película de terror (pronto compartiré una reseña) es donde Grant (acá en un protagónico) resignifica todos sus recursos e incluso tics actorales al servicio de un personaje radicalmente diferente. Su gentileza y flema británicas y su proverbial media sonrisa devienen atributos y máscara del personaje fanático y siniestro que mantiene prisioneras a las dos jóvenes misioneras mormonas en su gran casa. Y todo esto sin rasgos de afectación. Nada más lejos de la sobreactuación.
Confiemos en que esta nueva etapa signifique para Grant una expansión de sus posibilidades y no un nuevo encasillamiento.



























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