Corre, Lore, corre
Narrativa¿Cuánto control tenemos sobre nuestro destino? Esa pregunta constantemente viene a mí y no me suelta. Me asalta cuando camino, cuando tengo que elegir, cuando dudo.
Siempre estoy preguntándome: ¿Y si espero? ¿Y si voy? ¿Y si lo callo? ¿Si lo digo? ¿Si hago ese viaje? ¿Lo pregunto? ¿Me atrevo? ¿Y si lo intento?
Puede parecer indecisión, pero lo cierto es que, permanentemente, estoy recreando posibilidades, como si imaginar otras formas de actuar pudiera mostrarme el final de mi propia película… como en Corre, Lola, corre.
Al igual que ella, me siento atrapada en una espiral, en un torbellino. A veces mis días son tan frenéticos que solo me queda actuar, como si cada decisión pudiera salvarme; que hago parte de algo que no comprendo y debo hacer lo mejor que esté a mi alcance y encontrar la forma para salvarme.
Por si fuera poco, en mis sueños también corro; se construyen tomando escenas del día, se desordenan, reordenan y se fragmentan otras dos o tres versiones. Y entonces despierto y retomo lo que parece ser mi ‘conciencia’, me descubro atrapada en un déjà vu que nunca termina.
Muchas veces he sentido que el destino de quienes me rodean hubiera sido diferente si mi decisión hubiera sido otra. Estoy completamente convencida de que sí vivimos atrapados en un efecto mariposa y que, cualquier cosa —por mínima que parezca— un gesto, salir más tarde, decir ‘sí’ en lugar de 'no', mirar hacia otro lado, contestar el teléfono— puede cambiarlo todo—.
Lo creo porque cada día lo vivo, porque en cada decisión siento que hay algo más grande en juego. No sé si suena exagerado pero imagino que a veces las cosas penden de un hilo invisible y esa acción ‘de más’ salva todo, sin ni siquiera enterarnos. Me parece abrumador, pero también me reconforta pensar que todo y cada cosa que haga importa; incluso lo que creemos ‘pequeño o insignificante' en realidad marcan la diferencia y realmente sostienen las historias.
Imagino que a todos nos pasa. ¿Cuántas veces tenemos un plan que termina convirtiéndose en otro por una simple decisión?, cuando nos encontramos a alguien en la calle y cambiamos el rumbo. Constantemente esa idea me ronda y mis decisiones siempre están empañadas por esa inexplicable certeza. Luego, no solo me retumba que ha cambiado mi día… sino —tal vez— lo que iba a ser mi vida.
Debo reconocer que también tengo algo físico de Lola, ese aire desaliñado, notas de cansancio en mi rostro y cuerpo, un despeine como si solo viviera de aventura en aventura, un look que a menudo refleja una huelga pacífica, como un estilo ‘desafanado’ (descripción algo irónica), con un desdén casi siempre de rebeldía ante el sistema, pero al final, siempre estoy encendida de energía.
Y sí, cuando corro, siento que estoy en una película; soy yo en escena, siento las luces, las cámaras y el montaje acelerado; flashforwards fotográficos, todo un set que muestra mis estados emocionales transmitiendo siempre urgencia y caos. Con un ritmo casi como si estuviera en una especie de videojuego donde el objetivo es llegar primero ganando a pesar de mi vértigo. Puedo asegurarles que tengo banda sonora y que si no fuera por ella, no sería tan divertido.
Aprovecho para confesar también que, en un día cualquiera —no cuando corro literalmente— escucho en mi mente una música techno que marca el ritmo de mis decisiones. ¡Agradezco a la música en mis carreras!

Ahora bien, como Lola, mi principal motor es el amor. Aunque no en un sentido romántico idealizado —que también lo he vivido—, sino uno visceral, emocional, irracional que me hace correr por mi familia. Corro por mi hijo, por su inmenso mundo. Corro por mi mamá, por sus pendientes, sus trámites, sus alegrías. Corro por mí, por mis mil tareas diarias que no dan espera y no tienen más oportunidad que ahora. Corro por mis sueños y mis fantasías. Corro conectada con lo que creo; no puedo quedarme quieta si algo me mueve; no está en mi lógica.
Y como Lola, siento una determinación que a veces me parece sobrenatural, una fuerza emocional que me impulsa a la acción, siempre enfrentada al límite; siempre entre la espada y la pared sin poder razonar sobre lo que debo hacer sino actuando con cuerpo, corazón e instinto. ¡Siempre en movimiento! y como si llevada por mi voluntad pudiera romper las leyes del tiempo, porque —no sé cómo— al final siempre lo logro.
Quiero tener las riendas, decidir, ser dueña de mi tiempo mientras corro para sentirme viva desafiando el destino, reescribiendo mi historia. Quiero ser real, fuerte, intensa, Potente —curiosamente, como el verdadero nombre de Lola—. Quiero continuar la carrera; arriesgarme, saltar, vencer y llegar a la meta.
Me he detenido a pensar un poco. Me doy cuenta como en este mundo que cada vez exige más de nosotros, que se vuelve más y más acelerado con una oferta desmedida, que pide nuestra velocidad, más logros, más, más, más… es apenas natural que compartamos una especie de ansiedad colectiva, una necesidad de actuar rápido, de evitar la catástrofe, vivimos con múltiples presiones —tiempo, amor, actividades, necesidades, compromisos, resultados—, y siempre encontramos fuerza para continuar nuestras dinámicas. No sé ustedes: yo corriendo, y sigo después de esta pausa tan agitada.
Finalmente, personifico muchas cosas a través de una carrera; ha sido mi manera de existir, de luchar, mi idioma, mi forma de amar, de pensar, de canalizar, de sobrevivir, de redimirme, de salvar y de salvarme. Correr es mi forma de resistencia, mi declaración de que no puedo rendirme, de que nunca puedo dar marcha atrás, a menos que sea para tomar aire y arrancar de nuevo. Es casi mi lenguaje, mi forma de enfrentar obstáculos, de pasar niveles, de salvar a los míos y a mí misma. ¡Correr como forma de destino!
No sé si el mundo ocurre al azar, si hay un destino fijo, si realmente existe un libre albedrío, pero intento imponerme a la realidad con pura determinación. ¡Cómo desearía que, como en la película, pudiéramos ver tres versiones de una misma historia y elegir. Poder repetirla, cambiar una palabra, un gesto, una mirada y mejorar el final! Nunca sabré si cada elección abre un nuevo camino, pero me gusta aferrarme a esa idea y fantasear con que a fuerza de voluntad, podemos ‘reiniciar’ la narrativa y hackear la realidad.

A menudo me obsesiono con controlar lo incontrolable. Vivir en el caos me lleva a intentar arreglarlo todo. Y ahí, en medio del desorden, me convierto en una fuerza de la naturaleza. Como Lola, una mujer que se reinventa a través de la acción. Que prueba, falla, cambia, que corre un poco más cerca de salvarse —sin pensar— solo salvarse. Eso hago; reaccionar antes que decidir. Correr antes que pensar. Mi pensamiento es físico y lo proceso corriendo. Cuando todo falla, reinicio y de cada tropiezo creo un nuevo formato.
Como Lola, quiero romper con la linealidad. No vivir a través del tiempo, sino a través de las posibilidades. Explorar hasta dónde puede llegar el poder de una sola persona decidida a cambiar su destino sin que la absorba el sistema sino corriendo en su contra con todo. ¡Correr a mi manera, con mis sueños y deseos, con mi cuerpo y mis pensamientos, con mi historia y mi propio destino!
Quiero seguir corriendo para callar un poco mis pensamientos. Probablemente no sé hacia dónde me dirijo, pero creo en el camino, incluso aunque llegue donde menos lo imaginé, a lugares inóspitos. Y con todo esto me agoto, a veces lloro, grito y me rompo; pero sé que no me rindo; aunque me parta en tres intentos, porque abruma, pero sigo, aún con el corazón en las sienes y los pensamientos entrecruzados: corro.
Cuando no estoy cómoda, no espero: corro. No sé si eso me hace huidiza o simplemente viva.
No solo corren mis pies. Corre mi mente, mis manos, mis ideas, mis ojos. Todo en mí corre.
A veces , incluso, parezco quieta, pero mi mente también está en una interminable carrera.
No sé dónde empezó todo. Ni tengo imágenes claras del proceso. Solo sé que salto miedos, esquivo dudas, pateo pensamientos saboteadores… y corro y cuando caigo, me levanto y continúo corriendo.
Corro tanto que mi reflejo no me alcanza y dejo mi sombra atrás, como si hubiera nacido con los pies en llamas.
Cuando siento que mi mundo se desmorona, corro y acelero. Y así, el mundo nunca se detiene ni mi corazón tampoco. Y mis pies, cargados de preguntas, dibujan caminos invisibles. Corro no para llegar, sino para no detenerme. Corro también por dentro. Siento mi sangre corriendo, como un sprint emocional, una corta maratón de emociones, en el que me sumerjo profundamente acompañada de mis sentimientos, emociones, pensamientos y experiencias y debo procesarlos rápidamente, tomar decisiones o generar un cambio.
Una carrera continua contra todo lo que conmigo traigo.
Siempre he sentido que este personaje me representa. De niña, en uno de mis sueños más recurrentes, corría más veloz que los autos; no había final, solo era un videoclip en el que corría y corría. Algunos amigos me llaman “Lola” y nunca entendí por qué, pero cuando recuerdo este thriller experimental con tantos elementos pero sin una estructura lineal como un juego narrativo, supongo que algo de eso inspiro.
Me siento como Lola: esa chica que corre con el alma encendida. Sin tiempo para entender, solo para decidir.
Mi vida también tiene reinicios, ensayos, versiones. Me tropiezo, me levanto, me repito.
Me mueve el amor y el deseo de no fallar y de nunca fallarme.
Y si hoy alguien me preguntara ¿Por qué corres, Lore? esa sería mi mejor respuesta: ¡CORRO POR AMOR!
Solo sé que, si me detengo, me alcanzan las preguntas. Y si no me detengo… a veces me alcanza una respuesta.
Pdta: Lo único que tengo para añadir es que si se me atraviesa un perro en el camino, no seré tan valiente como Lola y entonces ese desvío me hará cambiar de nuevo hacia otro destino.












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