¿Será posible volver a tener fe?
Reseñas generales
“Pero estaba en su cuarto…
pensábamos que estaba bien.
¿Qué daño podía hacer ahí?"

¿Por qué todo el mundo habla de lo mismo, cuando habla de lo mismo? ¿A qué se debe? ¿Es la popularidad una prueba del éxito de algo? Ya sea de conquistas políticas, de frases icónicas, de pruebas científicas, de cosmovisiones. Quizás sí. O al menos eso me atrevo a pensar ahora, en este preciso instante, mientras escribo ésto. No se que hubiera respondido ayer, ni que respondería mañana. Pero de la misma manera que lo será mi propia definición del concepto de lo verdadero, la verdad es algo mutante y es de alguna manera un acuerdo. Un acuerdo con uno mismo, un acuerdo con el mundo. En este instante, entonces, me atrevería a pensar que el éxito de algo es su (aunque suena a una absoluta contradicción) sometimiento democrático. Si una persona o una leyenda conquista a la gran mayoría de su población, habrá de instalarse hasta que el tiempo pase y se la olvide, o hasta que algo diga lo contrario. Hoy día las redes sociales parecieran ser una fábrica frenética de verdades, y un titular lo suficientemente compartido y reposteado, se vuelve noticia y se repite como una verdad. Un estúpido rumor sobre alguien puede terminar en un juicio condenatorio de la sociedad sobre ese alguien; una frase dicha de la manera más seductora en el momento justo, puede llevar a alguien a ser presidente. Las canciones que se viralizan por Tik Tok pueden llegar a ser los nuevos hits, y los hits pueden ser hits masivos por una semana antes de ser completamente olvidados. Las obras de teatro, las películas, las series, se recomiendan por stories de Instagram, y si vemos la carátula de algún contenido que se repite entre las personas, probablemente estemos frente a algo que nos habrá de gustar. Y si no nos gustara, no nos resultará indiferente porque nos volveremos votantes u opositores del contenido del momento. La obra se vuelve, gracias a su popularidad, exitosa. Y la pregunta que no es en lo absoluto original, es, ¿acaso el éxito la vuelve buena?
Sin adentrarse de más en eso y deslizándolo como quien no quiere la cosa, hay que admitir que históricamente muchos se niegan a vincular lo “artístico” con lo popular, lo prestigioso con lo popular, y a su vez varios de esos muchos se niegan admitir que piensan así. Fundamentalistas de los Beatles hoy día no toleran la existencia del trap y sus fusiones que a tantos conquistan siendo los artistas más escuchados de Spotify, porque no lo consideran lo suficientemente fino ni de calidad, cuando si algo definió a los Beatles fue su conquista popular. Definir qué es una obra de arte, debe ser admitido como un juego y punto. El control de los medios de comunicación, de las redes, y el diseño del marketing en torno a la obra, pone a la obra en boca de todos independientemente de su calidad artística. Si no, pensemos en la basura de Emilia Perez. Sin embargo, algo indica la repercusión popular. Subyace algo innegable en la obra que es recomendada una y otra vez. Existe en ella un éxito fundamental, esencial. Un acierto, una excelencia, aunque siempre habrá detractores de la felicidad de los demás. Desde el 13 de marzo de este año, hay una serie que se ha vuelto inevitable, y que se ha valido de ella misma aunque tuviera un impulso de marketing inicial. Su nombre es Adolescencia, y es una serie que refuerza la posibilidad de tener fe.

No soy fanático de compartir los argumentos de lo que veo. En general, con poco alcanza y sobra. La historia dice así:
La policía tira abajo la puerta de una familia. Entran armados como si estuvieran yendo a buscar al más peligroso narcotraficante. Recorren la casa, pasan al lado de todos sus integrantes, hasta que se detienen frente a un niño. Un adolescente aterrado cuyo nombre es Jamie. “Estas detenido por sospecha de homicidio. No debes decir nada, pero podría afectar tu defensa si no decís algo que podría ser utilizado en el tribunal”, le dice fríamente el policía a cargo. Así, el niño es detenido, y de aquí en adelante, todo consistirá en comprobar su culpabilidad o su inocencia.
Es curioso. No conozco a nadie que no sepa que cada capítulo de la serie fue realizado como un solo y único plano secuencia. Varios no la han visto, pero sí saben de la forma en la que fue filmada. La campaña esencial del marketing de la serie, fue cómo la misma fue realizada. Que no hubo cortes a lo largo de la toma, que no hay engaño de montaje, y que el niño protagonista nunca había actuado en su vida. Para quien no lo sabe, un plano secuencia es, palabras más, palabras menos, una secuencia de tiempo determinada que es filmada por la cámara sin corte alguno y ofrecida así en el montaje final. Me releo y me doy pena. A ver, un plano secuencia es además de un estilo narrativo de la cámara, una sensación final. Es aquello que percibimos crudo, realista, sin elipsis temporales, como un documental en vivo, como si fuéramos un espíritu testigo que acompaña al personaje en sus aventuras o desventuras sin que él o ella lo supiese. A veces para poder mantener engañada y viva la percepción del espectador acerca del gran truco de magia, se utilizan artimañas de cámara para esconder los cortes y luego amalgamarlos en edición. La última gran joya del cine bélico 1917 fue planteada como dos enormes planos secuencias, aunque haya sido filmada con varios necesarios cortes. Pero Adolescencia, fue verdaderamente filmada sin cortes. Netflix y su excelente campaña de promoción, develó en seguida que se grababa un capítulo por semana, y que cada día se hacía un aproximado de cinco tomas completas. Que para llegar a ese nivel de coreografía practicamente ilógica, habían ensayado con los intérpretes durante un largo tiempo, comenzando el primer día con los primeros minutos del texto, y sumando luego páginas jornada a jornada. Entonces, llego a la afirmación del título de la nota: ¿será posible volver a tener fe?
Yo elijo creer, pero mi alma ha sido engañada demasiadas veces y se en lo más profundo de mi ser que seguirá sucediendo. Netflix eligió invertir y confiar en una auténtica obra de arte. Desconozco si no es el logro del departamento de Netflix del Reino Unido, el cual no hace tanto también ya había corrido el precioso riesgo de producir la necesaria y valiente Bebé Reno. Pareciera que algunas de las oficinas de la plataforma a lo largo del mundo, eligen creer en las voces independientes. Que importante que esto esté sucediendo, mientras abundan los contenidos previsibles, innecesarios, fundamentalistas de ecuaciones sin alma. Por supuesto que entiendo que es un mercado, y que para que se financien los contenidos independientes, deben existir los productos de fábrica. Pero que esperanzador es ver una serie como Adolescencia, que surge por la inquietud de sus dos autores Stephen Graham (actor que también interpreta al padre de Jamie) y Jack Thorne sobre la catarata de actos de violencia llevado a cabo por adolescentes en el Reino Unido. Jóvenes manipulados por la mano invisible que orquesta las redes sociales. Ambos autores, Graham y Thorne, observan la violencia insondable que existe entre los jóvenes en los intercambios que tienen en las redes. Esa violencia, se vuelve radical, profunda, y engendra consecuencias irreversibles. La serie es intensa no solo por su ritmo narrativo tan lento y realista como incisivo, si no porque espeja constantemente una preocupación sincera. La angustia compartida por nosotros espectadores y por los personajes del relato, está todo el tiempo en el aire. Sus autores comparten una reflexión universal, captan una problemática tristemente mundial, y comparten sus más francas dudas. ¿Qué vamos a hacer con una violencia tan arraigada de base en nuestra sociedad, invisible e incontrolable? ¿Cómo podemos evitarla? ¿Quiénes son los responsables? ¿Existe un único responsable, o es una suerte de enfermedad orgánica y sistémica? ¿Sobre qué somos responsables? ¿Podemos tener algún tipo de fe?

El mismo contenido que me da fe en el gesto artístico y en el futuro de una industria baqueteada, me la roba en algo tantísimo más importante y sustancial. Sin caer jamás en el golpe bajo evidente y en textos forzados por escritores ansiosos o productores que piensan que sus espectadores son estúpidos, el relato de Adolescencia se cocina lento. Somos testigos de una cápsula de eterno presente, como si fuéramos espectadores de una obra de teatro. Los intérpretes están vivos, lejos de métodos actorales egocéntricos, escondiendo estrategias profesionales, dándole así espacio a sus personajes. Por supuesto que no puede uno bajar la vista frente el adolescente de 15 años Owen Cooper. Cuando uno atestigua casos como el de él, vuelve a repreguntarse si efectivamente no existe el talento innato, las vidas pasadas, la experiencia de siglos anteriores sobre un alma joven. Si la información genética puede arrollar así un organismo y definirlo (o abrirlo) tanto. ¿Cómo alguien que nunca antes había actuado, ni entrenado ni trabajado en el arte interpretativo, puede hacer algo así? ¿Acaso lo poseyó un alma de 250 años y le dio toda su sabiduría? Si no vieron la serie, ustedes están por ver en este niño algo que nunca antes han visto en otro. Ahora, es una serie llena de actrices y actores adolescentes, y todos se desempeñan más cerca de lo sobrenatural que de lo ordinario. Existe entonces, una dirección de actores que debería quedar en la memoria colectiva y en la historia. Desde ya el logro de su director Philip Barantini es inconmensurable por la coordinación, por sus estrategias realizativas, y envidiables directivas para diseñar y volver real el proceso de esta obra.

No hay ni una fractura. Todos los intérpretes son funcionales, perfectos, generosos. Trabajadores parte de un enorme equipo. Este proyecto demuestra la existencia de una orquesta fina, ya que el responsable del foco, de la estabilidad de la cámara, del movimiento de los extras, de las entradas de los personajes, del corte de las calles, es igual de importante para el delicado equilibrio de la obra que la actriz o el actor. La más mínima falla de cualquiera, podría haber provocado la interrupción y el reseteo de una toma avanzada que está llegando a su conclusión. Eso, por sobre todas las cosas, vuelve a la serie una necesaria, esperanzadora y preciosa obra de arte. Gracias a la forma narrativa que ha capturado la piel y la atención de tantos espectadores a lo largo y a lo ancho del mundo, se nos desliza una reflexión urgente y la cachetada necesaria: ¿qué demonios habremos de hacer para el futuro, con este mundo que está tan roto?
Chesi







Comentarios 1