Código negro: el amor en tiempos de espías y de cínicos

Reseñas generales

Las historias de espías han tenido su período de esplendor. Antes de la Segunda Guerra Mundial, los espías podían estar en un mundo convulso, como lo era el de la década del 30, y los secretos que se traficaban entre países en abiertas disputas a menudo tenían el signo de ese tiempo: naciones imperialistas cada una con su agenda pública, un panorama económico de crisis luego de la caída de la bolsa de Wall Street en 1929, agite social y un escenario cultural de riesgo y modernización en plena estela de las vanguardias. Entonces las películas que asomaron en esos años -y pienso en el primer Hitchcock como El hombre que sabía demasiado (1934), Los 39 escalones (1935), El agente secreto (1936) o La dama desaparece (1938), en las adaptaciones de Graham Greene y en algunos señoriales argumentos provenientes de tensiones decimonónicas-, tenían una impronta restringida a esa pequeña geopolítica cuyos entresijos eran ajenos al público. 

La Segunda Guerra expandió esas narrativas, las hizo accesibles a todos: creo al perfecto villano en Hitler y convirtió a los espías aliados en héroes sin capa y espada, pero sí con artimañas para ganar la guerra a como dé lugar. Ahí las historias se nutrieron de la experiencia real y no solo de la literatura (anécdotas que aparecían en la prensa), con los años se creó la CIA (en 1947), el MI6 se convirtió en un activo clave para los relatos británicos, las novelas se hicieron más minuciosas en el retrato de los entramados de agentes encubiertos, secretos de Estado, una puja por controlar el mapa global. Es que ya estábamos en plena Guerra Fría, y el apogeo del espionaje parecía inevitable: rusos y occidentales corrían de uno a otro lado del Muro de Berlín, llevando y trayendo información y cadáveres. Aparecieron escritores que dieron glamour y estilo al espía, como Ian Fleming y su James Bond de traje blanco y Martini seco, otros que imaginaron sujetos desencantados como John Le Carré y su espía que volvió de frío para vivir con la conciencia mancillada por la traición. 

 

¿Cómo volver a ese género hoy, después de nuevas guerras y conflictos en Medio Oriente, de la caída del Muro, la globalización y el surgimiento de los nuevos nacionalismos? ¿Cuáles son los enemigos, cuáles las disputas, qué significa ganar en un mundo en el que la mayoría está perdiendo? Steven Soderbergh decide recoger esa vena juguetona del género, lindante con cierto cinismo que nos evita aquella parafernalia heroica de los comienzos, y recupera el residuo amoroso que vistió a esas historias con un contexto más humano, más que aquel de códigos y contraseñas. ¿Cómo pensar las relaciones afectivas en un mundo en el que reina la mentira?, se pregunta una de las espías de Código negro, la reciente incursión de Steven Soderbergh en ese género ya legendario. ¿Cómo decir la verdad cuando la fachada es tan tentadora? Así se plantea el juego de esta pequeña e inteligente película, aceitada en su forma y divertida en su tono, sin pretensiones mayores que la de su narrativa concisa y su puesta efectiva y vertiginosa. 

Michael Fassbender interpreta a un especialista en ciberseguridad en Código negro (Steven Soderbergh, 2025)

Todo comienza con una certeza, de las pocas que hay en esta historia de incertidumbres. Hay un traidor entre los leales. Esa es la información que recibe George Woodhouse (Michael Fassbender), un veterano agente del Centro de Seguridad Cibernética de Reino Unido. Es un hombre pragmático y profesional, hasta el límite de haber sido capaz de denunciar a su padre por una infidelidad que mantenía en secreto. George odia las mentiras. Por ello cuando recibe el listado de posibles traidores, el golpe más duro resulta ver el nombre de su esposa en esa lista. Ella es Kathryn St. Jean (Cate Blanchett), otra espía de alto rango en la misma dependencia gubernamental, por la que George siente un amor devoto. No importa si Kathryn es culpable o no, él está dispuesto a matar por ella si es necesario. O por lo menos eso es lo que le dice durante las preliminares de una cena en la que serán reunidos todos los sospechosos. Seis comensales, una mesa servida, y una droga deslizada en el “chana masala” que actuará como un implacable suero de la verdad. 

 

Los otros asistentes a la reunión improvisada son también dos parejas: la primera, integrada por Freddie Smalls (Tom Burke) y Clarissa Dubosse (Marisa Abela), una relación explosiva que deriva en los momentos más violentos de la noche en un estilo cercano al de La guerra de los Roses; y la segunda, menos vistosa pese a sus confesiones sexuales, que integran el coronel James Stokes (Regé-Jean Page), y la doctora Zoe Vaugham (Naomi Harris), terapeuta de todos los especialistas en ciberseguridad y depositaria de esa constante vertiente de información confidencial. Corre la comida y el vino, luego los secretos y los reproches, por último la explosión de violencia que deja a George con la certeza de que algo se cuece bajo sus narices. 

Cate Blanchett da vida a la espía Kathryn St. Jean, magistral en su juego de mentiras y traiciones que pone en riesgo su trabajo y su matrimonio. 

Siguiendo las enseñanzas de Hitchcock en el género, siempre hay un McGuffin en puerta: aquello que importa a los personajes en la ficción, pero que no debería importar demasiado al espectador, concentrado en el devenir de las emociones. Así que el disparador de la traición parece ser un virus informático creado por la agencia británica con la capacidad de causar estragos nucleares una vez activado. Quien pueda robarlo, podrá utilizarlo para negociar con los rusos, obtener astronómicas cifras de dinero a cambio, o tender una trampa a los enemigos internos para empujar la condecoración hacia la propia pechera. George debe moverse con cautela, desentrañando las pistas a su alrededor sin poder preguntar más de lo permitido, porque todos los espías -incluso Kathryn- tienen una palabra clave que los salvaguarda de la confesión: “Black Bag” (o “Código negro” como fue adaptada para la traducción). Ante una intromisión en un terreno confidencia, el “Black Bag” permite salir por la tangente y quedar relevado de las confesiones. Tanto en asuntos de Estado como en cuestiones del amor. 

 

Soderbergh había demostrado, allá lejos y hace tiempo, en uno de sus primeros éxitos como fue Out of Sight (1998), lo que puede lograr con una química efectiva en un género que parece ajeno a las pasiones amorosas. Allí la alguacil interpretada por Jennifer Lopez seguía la pista del delincuente interpretado por George Clooney, en una historia de robos y persecuciones, pero lo que importaba era el coqueteo entre quienes asomaban en bandos opuestos, y ese inesperado romance que por momentos hacía olvidar el peso de la ley y su cumplimiento. Aquí el director logra algo similar en los sugerentes intercambios verbales que ensayan Fassbender y Blanchett como un matrimonio indestructible en un mundo en el que todo se destruye. Es importante saber que el guion (y los diálogos) es de David Koepp, guionista hoy afamado quizás por películas como Jurassic Park o La guerra de los mundos, de Steven Spielberg, pero que forjó sus mejores méritos junto a Brian De Palma en películas como Carlitos’s Way (1993), la primera Misión imposible (1996) y la excelente Ojos de serpiente (1998), a menudo menospreciada en la filmografía del director de Vestida para matar y Doble de cuerpo. 

Steven Soderbergh encubre en el ágil relato de espías una mirada aguda sobre las relaciones afectivas en un tiempo de cinismo y máscaras. 

Con lo cual podríamos pensar que Soderbergh llega a Hitchcock -y aquí hay mucho de Intriga internacional, con el romance fulgurante entre Cary Grant y Eva Marie Saint corriendo en paralelo a la trama de espías de James Mason y el serio profesor que interpreta Leo G. Carroll- a través de su mejor alumno. Sin la notable puesta de De Palma, que le ha valido ser uno de los estetas del Nuevo Hollywood, Soderbergh sí es capaz de hacer películas con ingenio y destreza, al mismo tiempo que filmadas rápido y con poco dinero, logrando una narrativa concisa, empaquetada con fluidez en apenas una hora y media, con actores en estado de gracia como Fassbender y Blanchett, pero también los excelentes Tom Burke y Marisa Abela (después de haberla visto como Amy Winehouse en Black to Black), y un consciente uso del espacio, desde los interiores sombríos del moderno departamento londinense de los Woodhouse, hasta los exteriores en el lago, donde George se concentra en la pesca y en la planificación de sus siguientes movimientos. 

 

Código negro no es nada más ni nada menos que eso, una película de espías concebida con humor y ligereza en los que importan, sin falsas solemnidades ni pretensiones de revelación, pero que retrata la competencia feroz que subyace a los altos rangos de la protección patriótica, los egoísmos personales que erosionan toda confianza en el otro, y la complejidad de sostener una pareja en tanto la verdad y su revelación es hoy patrimonio de los cínicos. George y Kathryn pueden dudar de sí mismos, pero aún siguen creyendo en el amor. 

Comentarios 1

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R.D.M.29 de marzo de 2025
Muy buen articulo los espías se inspiraron desde la primera guerra mundial y ahí pare de contar tenemos a </br>Mata Hari que también se hizo llamar H 21

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