Bob Dylan versión Disney
Reseñas generalesEn apariencia, esta es una película demasiado genérica. Pero las apariencias engañan. A Complete Unknown no tiene una visión tan inocente como parece sobre los artistas. Puede resultar fácil menospreciar una película biográfica sobre un músico importante, de esas que tanto le gusta premiar a las instituciones de Hollywood. Pensaremos, lógico, en ejemplos recientes como Bohemian Rhapsody o Elvis, pero este tipo de biopics tiene una larga tradición que data desde Yankee Doodle Dandy, la biografía fílmica sobre George M. Cohan, compositor y padre de Broadway. La fórmula es más o menos la misma en todos los casos: el ascenso y la caída en desgracia de los músicos antes de alcanzar la redención definitiva.

Son películas que sirven como vehículos para que los actores reciban premios: Jamie Foxx en Ray o Sissy Spacek como Loretta Lynn en Coal Miner's Daughter, por ejemplo. Para muchos, no sin razón, estas películas son Oscar bait. Tienen todos los ingredientes para recibir un montón de nominaciones, aunque no necesariamente sean obras cinematográficas trascendentales. Que algo sea «genérico» no significa que sea inherentemente malo. Varias de las biopics musicales que mencioné antes me gustan, pero también disfruto de los compilados de Greatest Hits que cada tanto sacan las discográficas. La analogía no es aleatoria, porque muchas de estas películas se asemejan a esos discos de grandes éxitos. Tienen su valor: pueden servir para presentar a distintos artistas frente a nuevas generaciones de oyentes. Con las biopics musicales siento que sucede lo mismo, especialmente con A Complete Unknown.
James Mangold, director de A Complete Unknown, tiene experiencia con este subgénero. Dirigió Walk The Line en 2004, la película sobre Johnny Cash y su relación con June Carter, protagonizados por Joaquin Phoenix y Reese Whiterspoon, respectivamente. Ambos brillaban frente a la cámara. Lo mismo se puede decir de Timothée Chalamet, Monica Barbaro, Elle Fanning y Edward Norton: tienen una presencia magnética cada vez que aparecen en pantalla. De ese cuarteto, la peor es Fanning pero no necesariamente por culpa de ella. Le tocan diálogos terribles que subrayan o explican lo que está pasando, sin ninguna sutileza.

Pienso, por ejemplo, la discusión que Sylvie tiene con Bob Dylan: «Llegaste hace un año y medio, con nada más que una guitarra, nunca hablás de tu familia o tu pasado, más allá del “carnaval”. Yo vuelvo y tengo que vivir con un juglar misterioso». No es un diálogo realista: es un diálogo pensado y hecho para cine. Esta forma de escribir diálogos abunda en la mayoría de las películas: aunque no sean realistas, pueden ser verosímiles para el contrato de lectura que nos ofrece la ficción. El problema es que, cuando no están demasiado inspirados, se hacen muy evidentes. No sé si es coincidencia que su personaje sea el peor escrito de todos, pero cerca del último acto vuelve a tener una discusión con Dylan, esta vez con una conveniente reja de alambres entre ambos, y todo lo que dice se siente falso, en el peor de los sentidos posibles. No es un problema porque nadie hable así: es un problema porque, aunque nadie hable así, la película en esos momentos muestra las costuras.

Lo mismo sucede con algunas escenas que, se supone, deberían tener más impacto. No me interesa que sea fiel a la historia real. Después de todo, estamos hablando de Bob Dylan. Escribí en El Economista sobre las distintas maneras en las que el cine representó al autor de Like A Rolling Stone. Desde la estilizada película de Todd Haynes, con Cate Blanchett como una de las iteraciones de Dylan, hasta la película que no es sobre Bob Dylan pero al mismo tiempo sí lo es, Inside Llewyn Davis, de los hermanos Coen. A Complete Unknown es la más tradicional de todas: miente, mezcla hechos con ficción, prefiere imprimir la leyenda. Nada que objetar con eso. El problema es el cómo. En ese cómo le encuentro similitudes con Bohemian Rhapsody, y no lo digo como un elogio.

Cuando Dylan tocó Like A Rolling Stone frente a una multitud que esperaba escuchar al artista que honraba la tradición, muchos de los presentes sintieron que era una traición total. Alguien, relatan quienes aseguran haber sido testigos de este mito, le gritó «Judas!». Dylan se acercó al micrófono y respondió: “I don't fucking believe you. Play it louder!” y el comienzo de la canción sonó tan alto que muchos lo compararon con el sonido de un disparo. Bueno, en la película omiten la palabra fucking: supongo que lo hicieron para evitar una calificación más severa que no la hiciera apta para todo público. No es tan terrible como la otra omisión: Like A Rolling Stone ni siquiera comienza con el mismo golpe de música que sí está presente en la canción original y la banda sonora de la película. Como si la mezcla de sonido hubiera errado justo en ese momento. ¿Por qué? Se supone que ese momento es el clímax de una idea que se vino gestando durante casi toda la película.

En Elvis, el delirio camp visto por Baz Luhrmann, hay un mánager malo, malísimo, caricaturesco, que manipula a la estrella blanca de rock & roll no se meta en cuestiones políticas. Una de las mejores secuencias de esa película es la presentación de If I Can Dream: lo vemos a Elvis, dubitativo y consternado por todo lo que está sucediendo en Estados Unidos. ¿Debería cantar lo que siente, o dedicarse a vender canciones hechas para entretener a todo el público, canciones inofensivas? Toda la secuencia está muy bien dirigida: las transiciones son brillantes, el diseño de producción es vistoso y no es un error que el mánager sea una caricatura: la película no pretende otra cosa porque nunca se toma nada demasiado en serio, aunque esté hecha en serio.

Es interesante comparar esa secuencia con A Complete Unknown, que presenta casi la situación inversa. Bob Dylan comienza como este hipster que toca la armónica y canta Blowin' In The Wind. Cuando está en su mejor momento, es Pete Seeger quien le pide, por favor, que vuelva a honrar la tradición folk. Seeger es, básicamente, la versión buena del Coronel de Elvis: es solidario, bonachón, habla suave y le canta a la clase trabajadora. Ese personaje le recuerda a Dylan quién es su público y cuál es el estado del mundo. Al revés de Elvis, es Dylan quien decide hacer una performances de música como Like A Rolling Stone y no cantar Blowin' In The Wind.
A Complete Unknown se encarga de recordarnos, a través de las pantallas y las radios, que el mundo está cambiando. Pero es una película inteligente. Cuando presentan a Joan Baez, un personaje dice que la chica pone cara de deprimida y mira hacia el piso porque eso enloquece a los hombres. Es decir, la justiciera social actúa cada vez que sale al escenario. La película sabe que todos los artistas lo hacen, más allá de si creen o no en ciertas causas. El mismo Dylan dice, luego, que los juglares misteriosos son los que venden discos. Los artistas, los actores, los músicos, tienen que vender. Y para vender, tienen que dejarse dirigir por el público. Muy pocos son los que adoptan una actitud de rock para ir en contra de lo que se espera de ellos. Menos se atreven a ir en contra del discurso que predominante de cada época. ¿Cuántos dicen lo que realmente piensan? ¿Cuántos hacen el arte que quieren, no el que impone la industria?

A Complete Unknown es la versión Disney de Bob Dylan, pero no lo digo porque Searchlight Pictures sea parte de ese conglomerado. Lo digo porque no se atreve a ir a fondo: como el ¡bang! que nunca escuchamos cuando comienza a sonar Like A Rolling Stone, el “I don't fucking believe you” que nunca llega, o la representación demasiado suave entre los artistas con el alcohol y las drogas (apenas lo vemos a Johnny Cash tambalearse un poco, apenas lo vemos fumar a Dylan). En su lugar, hay situaciones caricaturescas (empresarios musicales buenos y graciosos), planos de reacciones del público o de ciertos miembros de la banda como si fuera una versión Bohemian Rhapsody de Dylan, y un triángulo amoroso que parece tener el desarrollo dramático de una telenovela. Para el espíritu cínico de nuestra época nada de eso es cool, como tampoco es cool la versión camp de Elvis. Pero, entre tanta situación edulcorada o genérica, hay algo más en A Complete Unknown: el atreverse a señalar que todos, sean Bob Dylan, el protagonista de Mad Men, o Joan Baez, venden a través de la actuación. Hacer una película así, justo en la época en la que se les exige a los artistas que se «comprometan» a través de discursos políticos que sirven para ganar premios pero tienen poca o nula incidencia en los hechos, es atrevido. Valoro eso.



















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