F1: The Movie no es realista, pero tampoco lo pretende. Y está muy bien.
Reseñas generales
Está sobrecargada de diálogos. Y no me refiero solo a las líneas que explican (o subrayan) lo que ya sucede en pantalla. Uno intuye qué va a pasar desde los primeros minutos. Cualquier espectador que haya visto un puñado de películas de Hollywood puede anticipar la dinámica entre los personajes y cómo se desarrollarán sus arcos dramáticos. Hay un romance que no termina de funcionar (especialmente porque Brad Pitt y Kerry Condon no emanan ni media chispa de química). Hay subtramas que ameritaban más desarrollo y quedaron apenas esbozadas. Y la duración es excesiva: casi 2 horas 40 minutos, demasiado para lo que cuenta. Intuyo —y no creo errarle— que el promedio de duración de cada plano no debe estar muy lejos del de Everything Everywhere All At Once u Oppenheimer: ninguna imagen permanece demasiado tiempo en pantalla. Y, sin embargo, es una de las películas más entretenidas del año.
Mejor dicho: es una de las más entretenidas porque no intenta reinventar la rueda. Sirve un plato muy conocido: la historia de superación personal, de regreso triunfal, que tanto le gusta a Hollywood. Especialmente cuando sus protagonistas son hombres de mediana edad, como en Birdman o tantas otras. F1 es, en algún sentido, una sucesora espiritual de Top Gun: Maverick, aunque sin llegar a la misma altura. Siempre digo que las grandes películas se pueden disfrutar como uno prefiera leerlas: no buscan imponer una única interpretación. Si uno quiere ver El planeta de los simios y quedarse solo con la literalidad del título, puede hacerlo. La película funciona igual. Y si uno prefiere perderse en metáforas, símbolos o en los discursos que subyacen a cada decisión estética, también puede. F1, en parte, es eso. Aunque —para mí— no siempre lo logra tan bien como la secuela de Top Gun. Aun así, le alcanza para subirse al podio de las mejores películas sobre automovilismo, junto a Rush y Ford v Ferrari.

F1: The Movie es una película original, sí, pero que se inscribe en una categoría no tan nueva como parece: las publicidades (no tan) encubiertas. Como lo fue Barbie, la película que Mattel hizo para canalizar parte de la ola feminista mientras vendía algo más que muñecas (una idea: la reinvención de una empresa que se mostraba a sí misma como deconstruida; una estrategia de marketing más eficaz que la película como objeto artístico). F1 vende algo más que autos de Fórmula 1. Si para la lógica hollywoodense las chicas juegan con Barbies, los hombres juegan con autos de carrera. Supongo que F1 puede ser uno de los grandes éxitos de taquilla del año, y si así fuera, lo celebro: la película me gustó mucho. Pero la pregunta es inevitable: ¿qué está vendiendo exactamente F1: The Movie?
Tuve la oportunidad de verla antes del estreno. Y días después, cuando la película ya había llegado a las salas de todo el mundo, me topé con un tuit viral que se burlaba de su falta de realismo. Conviene aclararlo: realismo y verosimilitud no son lo mismo. Verosímil es aquello que parece creíble dentro de un determinado contexto. No es realista que Bruce Willis salga ileso de una explosión en Die Hard, pero es creíble en ese universo. Lo mismo que James Bond esquivando balas con la facilidad con la que esquiva impuestos un millonario.
F1 no es realista. No hace falta ser un experto en automovilismo para notar que, por momentos, las carreras se parecen más a una partida de Mario Kart que a la Fórmula 1 real. Cualquier piloto que intente replicar las maniobras de Brad Pitt en esta película quedaría descalificado (o internado). Pero esto es cine. Cine de Hollywood. Carlos Sainz lo dijo claramente: “Les pido a los fans de Fórmula 1 que traten de verla con la mente abierta. Es una película hecha en Hollywood”. No sé si lo dijo como defensa o crítica (en redes muchos interpretaron que la odió). Da igual: tiene razón. Podrá gustar o no este tipo de propuestas, pero no traiciona de manera grosera la confianza del espectador.

A modo de anécdota personal: vi la película sentado cerca de tres chicas que —se notaba— eran fanáticas de la Fórmula 1. Durante la primera mitad, cuando el protagonista ejecuta ciertas maniobras tácticas para perjudicar a sus rivales y ayudar a su equipo, las chicas soltaron en voz alta expresiones como “nahhh” o “bueeeeeh”. No sé si les gustó o no la película, pero esas reacciones me hacen pensar que (al menos en esas escenas) no las terminó de convencer. La fantasía de F1 nace como necesidad dramática. Para algunos, esas licencias pueden ser interpretadas como falta de creatividad. ¿No alcanza con una representación más realista para lograr que el público se enganche con una película de carreras? Según F1, no. Personalmente, la falta de realismo no me molestó. Lo que sí me molesta —y mucho— es cuando una película que puede ser realista, elige ser deshonesta.
No voy a dar ejemplos concretos (aunque si me leen seguido, sabrán perfectamente cuáles me molestaron). Prefiero ir por el otro lado y citar un ejemplo de una película que no fue fiel a los hechos, pero igual me gustó: Green Book. Esa película tan odiada por cierto sector cinéfilo. Kareem Abdul-Jabbar escribió una de las mejores defensas que leí al respecto. Decía que las controversias sobre la falta de precisión histórica de Green Book no era tan relevante. “Las películas no son sobre los hechos, sino sobre algo más importante y elusivo: la verdad. Específicamente, sobre cómo los hechos del pasado iluminan el presente. Los cineastas son intérpretes de la historia, no cronistas”. Estoy muy de acuerdo. Green Book es una película que va más allá de los temas raciales; pero si uno prefiere, puede verla como una comedia tipo Planes, Trains and Automobiles.

Volvamos a F1. Hay ideas que me hubiera gustado que desarrollara un poco más. Por ejemplo, la relación de las generaciones más jóvenes con algo tan efímero como la fama. El piloto joven está más preocupado por posar para las cámaras y alimentar sus redes sociales que por el hecho concreto de competir. Entiendo que para algunos esto suene a cliché. De hecho, una de las reseñas más likeadas en Letterboxd se burla de esa dinámica. Y es cierto: tal como está presentada, no escapa del lugar común y carece de desarrollo real.
Otro problema —menor, pero no menor— que tengo con F1 es, otra vez, el realismo. No tanto por los autos dando volteretas en el aire o las maniobras imposibles. Mi problema es más conceptual: si van a abrazar la fantasía, ¿por qué limitarse en otros aspectos? ¿Por qué no hacer que los motores suenen como los legendarios V10 —mucho más cinematográficos— en lugar de ese ruido de aspiradora que tienen los autos actuales? Si estamos en el terreno de la ficción, ¿por qué ceñirse a lo que es “realista” solo cuando conviene?
Me preocuparía si F1 intentara ser realista para ser deshonesta. Pero este no es un problema exclusivo de las películas que buscan el realismo. También hay muchas ficciones que son deshonestas, no para iluminar la realidad sino para oscurecerla. En ese sentido, quizá lo más flojo de F1 sean algunas resoluciones dramáticas demasiado apresuradas. A cualquiera le queda claro que una película llamada F1, con el logo oficial y el subtítulo The Movie, no va a ser muy crítica con la institución que la respalda. Ningún accidente es realmente grave, ningún incendio es mortal. La Federación Internacional del Automóvil es tan responsable de esta película como Plan B, la productora de Brad Pitt. Lo mismo aplica a otros casos: no podemos esperar que una película llamada FIFA: The Movie sea muy crítica con la FIFA. Ni que una película llamada Barbie desmonte de verdad lo que significa Barbie. En todo caso, como sucedía con Barbie, las críticas internas están cuidadosamente calculadas para lavar la cara de la empresa.

Dicho esto, me gusta lo que F1: The Movie vende. Aunque a veces el resultado no sea del todo eficaz y, en las curvas y contracurvas, corra el riesgo de perder el rumbo. ¿Qué vende? No me refiero a la tensión generacional (o racial) entre los protagonistas. Ni a la dinámica de equipo (que estaba mucho mejor resuelta en Maverick), ni al villano genérico (que Ford v Ferrari manejaba con más elegancia y poesía), ni al romance forzado (adoro a Kerry Condon como actriz, pero la subtrama romántica parece metida con calzador). Me gusta porque lo que vende es una idea sencilla pero valiosa: que no siempre es necesario reinventar la rueda. No todas las películas aspiran —ni necesitan— ser obras maestras que trasciendan su época. A veces alcanza con recuperar el espíritu de las grandes películas comerciales: ruidosas, grandilocuentes, bombásticas.
F1: The Movie es una película hecha para ver en el cine. Concebida como experiencia colectiva. Que no le teme al final feliz. Que teme aburrir aunque sea por un segundo al espectador. Que desea, anhela, que el público vuelva a las salas y se vaya con una sonrisa. Que por momentos deslumbra en su apartado técnico: esas tomas desde la cabina de los pilotos que recuerdan a los planos aéreos de Top Gun: Maverick son impresionantes. El sonido es de primer nivel y la música no se queda muy atrás. Está hecha en serio: no es un intento de agarrar el dinero de los distraídos ofreciendo una experiencia mediocre que se vale solo del poder de una estrella o de una marca reconocida. Probablemente vuelva a verla. Pero no me imagino viéndola en mi casa, ni disfrutándola de la misma manera. Y eso, créanme, es un gran elogio. F1 hace que me den ganas de volver al cine.




















Comentarios 2