La vida de un gigante incomprendido: King Kong, el clásico que se marca en la mente.

Reseñas generales

 

Existen películas capaces de trascender en el tiempo, y King Kong es una de ellas. Desde 1933, este gorila gigante ha pasado por la pantalla grande en diferentes épocas con cada nuevo lanzamiento, y sin duda siempre lloraremos con el final. Este clásico del cine no sólo es un hito en la historia del séptimo arte por sus efectos revolucionarios, sino también por su capacidad de conmover al espectador con una historia que, en el fondo, es un desgarrador cuento sobre la soledad, la incomprensión, y el amor no correspondido.

 

La trama nos lleva a la misteriosa Isla de la Calavera donde un equipo de cineastas liderados por el ambicioso Carl Denham (Robert Amstrong en 1933, y Jack Black en 2005), descubre a una criatura colosal: Kong, un gorila gigante que se convierte en el rey indiscutible de su mundo primitivo. Sin embargo, Kong no es simplemente un monstruo destructivo; sino que es un ser complejo, capaz de mostrar ternura y fascinación por Dway (Fay Wray en 1933, y Naomi Watts en 2005), una joven muchacha de cabello claro y tez blanca. Esta relación, aunque desigual y llena de tensiones, es el corazón emocional de la película, donde descubrimos que Kong no es el villano sino una víctima de la codicia humana.

 

Al final de la película, nos encontramos con aquella escena tan emblemática que nos hace llorar por horas, con aquella sensación de impotencia y culpa, que aún los que no la han visto conocen de qué se trata con sólo ver una imagen del gorila en la punta de aquel edificio. Todo transcurre en Nueva York, cuando ya capturado y llevado a la civilización como una atracción de espectáculo, Kong escapa y escala el Empire State, llevando consigo a Dway. Ya en la cima del rascacielos, el gigante se enfrenta a una escuadrilla de aviones que lo atacan sin piedad, por lo que Kong, herido y agotado, mira a Dway con una mezcla de tristeza y resignación antes de caer desde lo alto; dejando ver que su muerte no es solo la de un monstruo derrotado, sino la de un ser que, en su inocencia primitiva, fue traicionado por un mundo que nunca lo supo comprender.

 

Lo que hace que esta escena sea tan poderosa es la combinación de la música y la expresión casi humana de Kong, lograda a través de la innovadora animación stop-motion de Willis O'Brien (1933), y la -un poco- más actual animación por captura de movimiento con el actor Andy Serkis (2005). Es imposible no sentir empatía por aquel “monstruo” que, en realidad, es más humano que muchos de los personajes que lo rodean.

 

King Kong es mucho más que una película de aventuras o efectos especiales; es una tragedia clásica que nos recuerda que, a veces, las lágrimas más sinceras son las que derramamos por aquellos que el mundo consideró domables. Por ello no se puede evitar llorar por el gigante que sólo quería proteger a su bella dama en un mundo que nunca fue suyo.

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