Balance 2024: los 7 mejores estrenos en streaming - Parte I
Reseñas generalesEl duro (Road House), de Doug Liman (Prime Video)
No siempre las remake son peores que las originales, como demuestra esta nueva versión del film de 1989 pensado como un vehículo para el lucimiento físico (no así actoral) de un Patrick Swayze que por aquel entonces atravesaba su periodo de gloria en Hollywood. Si allí el protagonista era un doctor en Filosofía (¿?) que cambiaba las grandes disquisiciones sobre la condición humana por el mucho menos intelectual, pero más rentable, oficio de patovica de un bar de Missouri, ahora Dalton (un Jake Gyllenhaal tan afectado como dispuesto a exhibir sus abdominales) arrastra una experiencia traumática en los rings octogonales de la UFC, lo que explica que sepa muy bien cómo y dónde pegar para que duela, y busca nuevos horizontes laborales en el bar “Road House”. Un lugar muy lindo, con música en vivo, vista a la playa y buenos tragos, pero usualmente visitado por unos revoltosos que solo quieran pudrirla. Hasta que llega Dalton.
Su encuentro inicial con la bandita es la primera de varias peleas cuerpo a cuerpo que el director Doug Liman (Identidad desconocida, Al filo del mañana) filma con un pulso nervioso y envolvente, como si quisiera que los golpes se sientan del otro lado de pantalla. Pero El duro es, felizmente, más que una película de acción. Que el propio Dalton, apuñalado en el abdomen, sea el conductor del auto en el que todos van al hospital es la primera muestra del humor que atraviesa un relato mucho menos almibarado y más volcado a la comedia de acción, con cada uno de sus actos presentando rivales cada vez más poderosos, que al drama romántico sobre los avatares del corazón.

Eso le da a Dalton una frialdad por momentos digna de una comedia deadpan que choca de frente con el carácter excesivo, grotesco al punto de la caricatura y ultra pasado de rosca de EL matón de la pandilla, a cargo del luchador de artes marciales Conor McGregor. A McGregor -quizás el principio hallazgo de una película que, para mí sorpresa, tiene varios- sólo falta traerlo en una jaula para empardarlo con King Kong, ya que es una suerte de toro pasado de cafeína recién liberado en una corrida, una locomotora sin frenos que recorre la vía con unas ganas tremendas de ponérsela en cada curva. Pero ni eso perturba a Dalton, impertérrito protagonista de una película solapada e inesperadamente divertida.
Godzilla Minus One, de Takashi Yamazaki (Netflix)
Acá seré breve porque ya escribí largo y tendido esta nota cuando Netflix la subió a su catálogo de sopetón, sin aviso ni nada, como si no fuera lo que es: una de las mejores aproximaciones a la mítica criatura postnuclear japonesa. Una criatura que “nació” en 1954 y ya tiene 38 películas, 33 de ellas filmadas en Japón y cinco en los Estados Unidos. En el caso de Godzilla Minus One, sin embargo, la acción se retrotrae hasta la última parte de la Segunda Guerra Mundial para encontrar al joven piloto kamikaze Koichi Shikishima (Ryonosuke Kamiki) aterrizando su avión en una isla donde hacen reparaciones y asumiendo el deshonor de haber desertado de su misión suicida. Pero los reproches duran poco, ya que esta noche emerge la misteriosa criatura y asesina a todos, salvo a Koichi, que vuelve a Japón con la consciencia sucia. Allí está su motivación: no salvar al mundo ni nada grandilocuente, apenas expiar su culpa.

Porque Godzilla Minus One no es una película de acción ni de monstruos en el sentido más clásico, sino una que utiliza esos elementos como herramientas para un relato de corte más dramático e intimista, de escala humana incluso cuando el enemigo a vencer tenga el tamaño de un edificio y reaparezca años más tarde, con Shikishima trabajando como desactivador de minas acuáticas. Spielbergeana incluso cuando viole el mandato de exhibir al monstruo y con un notable manejo del montaje paralelo -todo el tiempo se entiende lo que está pasando en todos lados-, la película tiene un prodigioso uso del fuera de campo y de efectos visuales, tan precisos como pertinentes y de una bienvenida austeridad. Ver sino la destrucción de Tokio, mostrada con prurito y poniéndole un número a la cantidad de víctimas, una variable ausente en 99 de 100 películas de Hollywood. Porque aquí lo más importante no es el monstruo, sino las personas.
Hijas (Daughters), de Angela Patton y Natalie Rae (Netflix)
¿Quién dijo que los documentales no pueden ser emotivos? Hijas es un retrato carcelario tan ajeno a todos los lugares comunes del ideario penitenciario que en ningún momento se habla de las causas que llevaron a los protagonistas –amplia mayoría hombres afroamericanos pobres jóvenes o de mediana edad– tras las rejas. Tampoco se abunda en detalles seguramente escabrosos del pasado, pues lo que interesa en este documental doblemente galardonado en la última edición del Festival de Sundance son los lazos humanos y cómo pueden mantenerse vivos incluso con ellos privados de la libertad. Para eso se creó el programa “Cita con papá”, que desde principios de la década pasada se realiza en un presidio de Washington DC con el objetivo de que los padres presos puedan revincularse con sus hijas chicas o adolescentes.
El punto culminante es una gran celebración colectiva parecida a un cumpleaños de quince -mesas decoradas, música, baile, fotos, vestidos para ellas y trajes para ellos- en los que hijas pasan una tarde junto a sus padres. Muchas no los conocen, los vieron por última vez hace años o sólo a través de las pantallas, ya que en algunas cárceles no se permite el contacto físico, como bien ilustran las realizadoras a través de los testimonios de cuatro presidiarios y sus hijas en los que puntean las sensaciones, las expectativas, los miedos, las dudas y los deseos de los agasajados en las vísperas, así como también lo que ocurre luego de un encuentro donde la alegría se mezcla con la triste certeza de que la distancia volverá a separarlos.

Que para muchos sea la última vez que vean a sus hijas en mucho tiempo es el último ingrediente de un menú que asoma ideal para golpes bajos, pero Patton y Rae, a excepción de algunos momentos sobremusicalizados, no buscan el impacto ni mucho menos el sensacionalismo, sino mostrar las complejidades de este tipo de relaciones y cómo la posibilidad de un futuro junto a sus hijas opera como motor espiritual de los presos para torcer sus caminos delincuenciales. No por nada, según aseguran las leyendas finales, el 95 por ciento de los padres que participan del programa nunca más reinciden.
Las tres hijas (His Three Daughters), de Azazel Jacobs (Netflix)
Otra muy buena película que Netflix subió a su catálogo como si tirara una bolsa de residuos y de la que ya escribí esta nota. Estrenada en el Festival de Toronto de 2023, Las tres hijas, de Azazel Jacobs, es uno de esos dramas de personajes centrados en las complejidades de los lazos familiares en la adultez que las grandes productoras dejaron de lado hace tiempo, pero que en esta película sobre tres hermanas que coinciden en el departamento familiar ante la inminente muerte de su padre demuestra estar más vivos que nunca. No hay muchos detalles sobre qué pasó con él, pero por las referencias a su lucidez y a su imposibilidad de recordar a sus seres queridos puede suponerse una enfermedad mental degenerativa que las llevó a instalarle un equipo de cuidados paliativos en su habitación. Su muerte es segura. Lo que no se sabe es cuándo.
¿Acaso Jacobs (hijo del cineasta experimental Ken Jacobs) filmó una “película sobre enfermedades” que apuesta por la lágrima fácil y las grandes despedidas? Nada más alejado, porque Las tres hijas transpira un aire naturalista y una verosimilitud infrecuentes al momento de acompañar las interacciones entre tres mujeres que de tan distintas tienden al choque y las disputas verbales. Tres mujeres interpretadas de manera notable por Carrie Coon, Natasha Lyonne y Elizabeth Olsen. La primera es quien asume el mando, acorde a la imagen de profesional eficiente y siempre ocupada que transmite. En la vereda opuesta está Rachel (Lyonne), la hermana del medio en términos cronológicos, aunque con una historia particular que la película se encargará de detallar cuando el cauce de las situaciones lo imponga.

A Katie le molesta todo lo que hace y dice esa mujer caótica y colgada que se la pasa fumando porro y mirando deportes por televisión porque es apostadora y, por ende, eso es “parte de su trabajo”. Pero a su favor tiene ser la que cuidó al padre durante las etapas previas, la que siempre estuvo al pie del cañón mientras las otras no. Intentando acercar posiciones –o evitar que explote todo– está la menor, Christina (Olsen), que viene poco porque vive en la otra punta de los Estados Unidos y pregona una vida sana, familiar, incluso cuando eso implique quedarse con alguna palabra en la boca. Al padre, en cambio, nunca lo vemos, pues la cámara nunca ingresa a la habitación, convirtiendo a ese hombre en un gran fuera de campo que opera como centro gravitacional de esas hijas obligadas a convivir y a saldar sus diferencias, un proceso que irá construyéndose a la par de un guion imaginado como los recortes de tres vidas enfrentadas a una situación cuyo desenlace escrito no le quita un ápice de emotividad y dolor.




















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