Cónclave: intrigas y lucha por el poder entre las sotanas del Vaticano
Reseñas generales“No hay ningún Dios”
Stephen Hawking
“Resulta que curas de todo el mundo se reúnen en el Vaticano para elegir a un nuevo Papa y, cuando están por empezar, llega un latino”. La frase podría ser el comienzo de un buen chiste sobre el catolicismo, incluso uno que hiciera enojar a fanáticos de toda laya de la forma ridícula en que suelen enojarse los fanáticos de toda laya. Pero no. La idea, que a priori aparece como ramplona, es la que dispara la trama de Cónclave, el más reciente film del alemán Edward Berger, el mismo de la oscarizada Sin novedad en el frente (Im Westen nichts Neues, 2022).
Bajo un entorno que emula salones del Palacio Apostólico, en el que se realizan las elecciones de cada nuevo "Santo Padre", la película presenta como insignia un cuidado clasicismo. Sobre él se monta un cuadro estético trabajado al milimétrico por un equipo que incluye a la directora de fotografía Stéphane Fontaine (Jackie, Captain Fantastic) y a la responsable de arte Roberta Federico (The Life Aquatic with Steve Zissou, Ben Hur, Gladiator II). Un milagro, podríamos decir.

Los colores del universo eclesiástico (vaya una mención al vestuario de Lisy Christl, que continúa su sólido trabajo junto a Berger) dominan la(s) escena(s) y hacen que las sotanas rojo sangre luzcan inflamables cuando se pasean entre paraguas y crucifijos, al igual que las impenetrables las telas negras. En todos los casos la situación resulta infranqueable como los portones que se cierran para que los enviados de todo el mundo elijan cual de ellos será el próximo mandamás de la fe con mejor branding de la humanidad.
La historia de intrigas, operaciones y dobles caras que cuenta Cónclave encuentra su mejor representación en la gestualidad del elenco. Los planos cortos, el tiempo que el montaje le dedica a los rostros y el buen tino a la hora de los diálogos (no sobra una sola palabra) son elementos que conectan con las señales que disparan los candidatos a Sumo Pontífice.
La lente todopoderosa, en modo dios hi-tech, observa y retransmite a una pantalla que, como sabemos ya después de 130 años de historia del cine, es parte de una cosmogonía que también tiene algo de religiosa. Elegimos creer más allá de toda prueba en eso que estamos viendo en una pantalla que reproduce escenas escritas por personas e interpretadas por otras personas que cobran atractivas sumas de dinero (en muchos casos varios millones de dólares) por hacernos creer una realidad fake.
Si de fake se trata, nada mejor que la elección del jefe de la Iglesia Católica. O al menos algo de eso asoma con timidez en el subtexto del guion firmado por Peter Straughan (Frank, Tinker Tailor Soldier Spy) y Robert Harris (The Ghost Writer, J'accuse).

Los cónclaves que describe la película son breves, con el timing justo para generar suspenso sin aburrir. Lo que marca el ritmo y conforma el mayor volumen del relato está en la previa de cada encuentro. Correderos de miserias varias expuestas con sigilo, porque los personajes de Cónclave son de tonos bajos, de oscuridades tapadas con velos de narcisismo y ansias de poder.
El personaje latino, que irrumpe en la reunión dominada por Europa y la América autopercibida civilizada junto a las versiones más aceptadas de Asia y África, es uno de los que parecen llamados a hacer ruido. Y lo hace, incluso más allá de la mirada paternalista que el film exhibe sobre el cura mexicano, portador de orgullo y palabra firme. Es un rol secundario, al menos en los papeles de las primeras páginas del guion. El escenario, en cambio, es de los grandes personajes del cónclave en cuestión: los cardenales Lawrence (Ralph Fiennes), Bellini (Stanley Tucci), Tremblay (John Lithgow) y Adeyemi (Lucian Msamati), que se disputan la escalera al poder en el día a día y en el conteo a conteo de las voluntades en cada elección. Sacá del medio, Game of Thrones.
"Como actor Ralph Fiennes es tremendamente honesto, serio y lleno de profundidad. Es capaz de mostrar la vida interior del personaje. El que interpreta aquí es cuidadoso, pensativo, que no siempre dice lo que siente, por lo que no tiene muchas líneas en el guion. Todo lo que le ocurre está en sus ojos y logra que el espectador se sumerja en su confusión emocional y espiritual."
(Edward Berger, director de Cónclave)
En paralelo al papel central que ocupa Fiennes en el film, el cual podría llevarlo a los escenarios de los premios Globos de Oro y Oscar para llevarse uno por su labor, se encuentra el que juega la gran Isabella Rossellini. La actriz a la que vimos brillar en películas como Blue Velvet (David Lynch, 1986), Death Becomes Her (Robert Zemeckis, 1992) y The Saddest Music in the World (Guy Maddin, 2003), entre otras decenas, se luce en su esperado regreso al mainstream de Hollywood. La madre superiora que compone con precisión hace lo que puede en un claustro de hombres con poder y es la responsable de algunos de los momentos más importantes de la trama: nada menos que aquellos en los que se toman decisiones.

No podría decirse que Cónclave sea uno de esos ejemplos de cine que pone el dedo en la llaga, que bucea en lo incontable de una institución. No hay nada de Ken Loach o Fernando “Pino” Solanas aquí. Se trata de un thriller y de uno que elige no combatir a la Iglesia Católica sino mostrar algunas grietas, pequeñas, si se quiere amables, que no cambiarán en nada la percepción a favor o en contra que cualquier mortal tenga de semejante institución milenaria. ¿Hay mérito en la tibieza? Si se trata de poder apreciar valores por fuera de la impronta y la cada día más sobreestimada actitud, pues bien, estamos ante un largometraje digno de la atención cinéfila. Amén.
Algunas consideraciones de Ralph Fiennes sobre su personaje
"Teníamos a un religioso italiano como asesor. Yo mismo pedí que estuviera en el set para resolver dudas. Así que el proceso de votación que aparece es bastante fiel a cómo se lleva a cabo en realidad. También las ropas que llevan en cada momento, el ritual de vestirse y desvestirse. Aun así, seguro que alguien dirá: 'Eso no es así, eso está mal'”, afirmó en declaraciones a la revista española Fotogramas para su edición de diciembre de 2024.
El actor al que todos recordamos por sus trabajos en The English Patient (Anthony Minghella, 1996) y The Schindler´s List (Steven Spielberg, 1993) se refirió también a la relación del poder puesto en foco en Cónclave y la obra de William Shakespeare, del que es admirador y cuyos textos dirigió en teatro, disciplina que es su verdadero lugar en el mundo.
"Creo que siempre supe quién era (el cardenal Lawrence, su personaje), de alguna manera me siento cercano. Y es cierto que esa perturbación que provoca el poder aparece en muchos de los textos de Shakespeare, especialmente en las 'Obras Romas': 'Antonio y Cleopatra', 'Julio César' y 'Coriolano'. Estaba obsesionado con eso. Lo fascinante de Shakespeare es que era capaz de escribir con compasión sobre las peores personas y las más ambiciosas. Eso se ve bien en los finales de sus obras. Suele haber un sentimiento de pérdida o desesperación y, sin embargo, acaba dándoles un sentimiento muy humano. Hasta las tragedias de 'Otelo' o 'Hamlet' terminan de una manera esperanzadora, como sucede en esta película. En eso también se parecen”, señaló también en su diálogo con Fotogramas.
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