Los espías de las series necesitan terapia
PersonajesSeries como Homeland y The Americans, por citar solo las dos más destacadas, fueron la punta de lanza de un renacimiento por el interés del género del espionaje aplicado a las series de televisión, un género que tiene su larga tradición en la pantalla chica (los más veteranos recordarán desde El santo a El agente de CIPOL, entre muchas otras) pero que había quedado un poco relegado ante la moda de dramas policiales con otro tipo de personajes que surgieron en la era de Sopranos, The Wire o Breaking Bad. La aparición de aquellas dos series –la primera en 2011 y la segunda en 2013, extendiéndose ambas por toda la década del 2010– aportó además una renovada forma de entender ese tipo de profesiones. A las tareas específicas de los protagonistas ligadas a resolver problemas urgentes de la política internacional había que sumarle otro temita, uno relativamente novedoso. Ellos no la pasaban bien. Sufrían por amor, por sus familias, tenían ataques de pánico, trastornos bipolares, sentían culpa. De a poco se fue abriendo una forma de entender al género y a sus protagonistas que se extendió por toda la producción audiovisual. Hasta profesionales implacables de largas sagas cinematográficas –como Jason Bourne, Ethan Hunt o el mismísimo James Bond– empezaron a pasarla mal. Ser espía, parece, ya no es tan divertido o fascinante como parecía serlo décadas atrás. Y no solo por los peligros propios del trabajo.
Los espías torturados han continuado su recorrido en la era del streaming y actualmente se los puede encontrar en varias series nuevas. En La Agencia (Paramount+), el mundo está a punto de explotar por conflictos en el Este de Europa, en África y en Medio Oriente, pero a nuestro protagonista –un espía de la CIA llamado Brandon Martian (Michael Fassbender)-- lo que más le angustia es haber dejado a su amante cuando la agencia decidió extraerlo de su puesto como infiltrado en Etiopía para depositarlo en su sede londinense. Si las ficciones convivieran en un mismo universo, a pocos metros de donde él está podríamos encontrar a Helen (Keira Knightley), la protagonista de Palomas negras (Netflix), que es la esposa del Ministro de Defensa pero a la vez, y secretamente, trabaja como espía infiltrada para una organización no gubernamental, de esas que ofrecen sus servicios al mejor postor. Y ella también sufre por amor, ya que han matado sorpresivamente a su amante. Al vivir bajo identidades secretas durante mucho tiempo, los protagonistas de estas dos series ya no tienen muy claro, tampoco, quiénes son en realidad y a quiénes deben lealtad.

Si bien ambas series funcionan en un panorama geopolítico cada vez más complicado, los conflictos principales de los protagonistas van por el lado íntimo. El caso de El Chacal (Disney+) tiene algunas diferencias ya que su protagonista es más un asesino a sueldo (Eddie Redmayne) que estrictamente un espía, pero sus problemas son bastante similares. Además de su trabajo, su principal problema tiene que ver con los conflictos que su doble vida le genera en su casa, con su esposa (la española Ursula Corberó), que no tiene idea a qué se dedica su marido, ya que no sabe que sus viajes de trabajo por lo general incluyen liquidar a alguien de un certero disparo a distancia. Y para completar un cuarteto de series protagonizadas por actores británicos, la más destacada y veterana del grupo es Slow Horses (Apple TV+), otra trama de espionaje internacional basada en Gran Bretaña y que tiene como protagonistas a un grupo de espías caídos en desgracia que intentan recuperar su prestigio. Entre ellos, Gary Oldman y Jack Lowden, ninguno de los cuales presenta la imagen clásica del agente secreto. Uno, por caótico y desorganizado (Oldman) y el otro, sí, por una serie de complicados asuntos personales y familiares que lo han convertido en un agente inseguro y propenso a tener graves errores.
Aunque la mayoría de las nuevas series de espías reflejan un mundo pos-Guerra Fría complicado, enredado y en más de un sentido mercenario, los miedos y conflictos existenciales de los protagonistas son más íntimos y atemporales. Los espías soviéticos que protagonizaban The Americans vivían pendientes de que sus hijos no descubrieran su trabajo y cargaban con la duda de sentirse más estadounidenses que rusos. La de Homeland tenía como principal inconveniente su inestabilidad mental. Los de ahora ya tienen un catálogo de traumas y problemas personales como para necesitar terapia varias veces a la semana. Sam, el espía interpretado por Ben Whishaw en Palomas negras, ha desaparecido siete años del mapa y, al regresar, su conflicto no pasa por liquidar o no a decenas de personas (eso lo hace sin problema alguno), sino enfrentar a su ex novio, al que dejó sin aviso ni explicaciones cuando su identidad secreta se reveló inesperadamente.
Se trata de una generación de espías tan frágiles como los espectadores que siguen sus pasos en las pantallas. Sin duda, eso permite un proceso de identificación inusual del espectador con personajes que tienen trabajos impensados para el 99 por ciento de los seres humanos, pero a la vez uno se hace la pregunta: ¿no sería mejor si las personas dedicadas a este tipo de riesgosos trabajos fueran un poco más seguras de sí mismas en lugar de tener tantos conflictos ante cada paso que dan? Es cierto que son traumas y problemas que los humanizan, pero a la vez corren el riesgo de volverse poco creíbles como super-espías. ¿No existen más los tests psicológicos que determinan qué personas pueden hacer semejantes trabajos? “Tengan cuidado de no confiar demasiado en estas personas, porque son tan humanas como tú y yo”, decía Joe Wright, productor ejecutivo y director de los dos primeros episodios de La Agencia en una entrevista reciente. “Tanto ellos como nosotros tratamos de hacer lo mejor que podemos, y la mayoría de las veces fracasamos miserablemente”.

A James Bond, tiempo atrás, no le pasaban estas cosas. Cuando Ian Fleming creó al personaje de 007 se trataba de un espía elegante, resolutivo y hasta relajado en su andar. Sabía que era mejor que los demás y lo demostraba. No había traumas, dolores, culpas ni miedos. Hasta que apareció la versión de Daniel Craig, que comenzó en 2006 con Casino Royale. Su Bond era vulnerable, tenía desilusiones amorosas, sentía el impacto psicológico de su trabajo y, además de sus problemas actuales, tenía que lidiar con traumas de la infancia. A Ethan Hunt (Tom Cruise), el héroe de Misión: imposible, le pasó algo parecido. En sus primeras películas era un profesional eficiente, frío y seco. Ya en la tercera parte el tipo se comprometía con una mujer ajena al mundo del espionaje y, a partir de allí, las amenazas contra ella y el conflicto entre su vida personal y profesional mostrarían a un Hunt vulnerable y emocionalmente complicado. El caso de Jason Bourne es distinto porque el tipo ya apareció traumado: el pobre perdió la memoria de entrada y siempre fue un tipo bastante torturado.
Los protagonistas de La Agencia, Slow Horses, Palomas negras y El Chacal no son los únicos espías y agentes angustiados de las series de la TV y las plataformas. En otras series esos conflictos están también, aunque no tan centrales al relato. Tal es el caso de Lioness, con una Zoe Saldaña que lidia con conflictos familiares que se cuelan en su peligroso trabajo en zonas de conflicto. O la ya concluida Killing Eve, en la que Sandra Oh sufría por su excesiva cercanía a la asesina a sueldo (Jodie Coman) que debía detener. El célebre Jack Ryan, de la serie homónima, empezó en el cine siendo un frío analista de la CIA y ahora, encarnado por John Krasinski, sigue un patrón similar al de los otros agentes al volverse más introspectivo y consciente, más complejo emocionalmente. Es un tipo que combina la vulnerabilidad personal con el deber profesional, más que nada en lo ligado a dilemas éticos, psicológicos y románticos. “Se trata de dramas de relaciones que tienen lugar en el mundo del espionaje, más que series de espías”, comentaba en una entrevista Joe Barton, escritor, creador y productor ejecutivo de Palomas negras. “Para mí, el elemento de espionaje es secundario a las relaciones humanas”, analizaba.
Las series de espionaje han vuelto para quedarse. Eso sí, ya no tendrán esos espías elegantes y confiados de los libros de Ian Fleming ni tampoco esos grises y traicioneros burócratas de oficina de las novelas de John Le Carré. Ahora los espías la pasan mal, sufren por amor, se preguntan si está bien lo que hacen, por momentos no tienen claro quiénes son y la mayor parte del tiempo preferirían estar haciendo otra cosa. Como cualquiera de nosotros, solo que con un trabajo bastante más arriesgado y peligroso.
D.L.























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