Waterworld, a casi treinta años

Reseñas generales

28 de julio de 1995: día de estreno de Waterworld en Estados Unidos, el día en que comenzó a fracasar, o el día en el que continuó la serie de noticias sobre esa película. No fue un completo desastre en términos de venta de entradas, ni de lejos una debacle económica descomunal como lo fueron por ejemplo La puerta del cielo de Michael Cimino o Ishtar de Elaine May. Waterworld recaudó, en bruto, más que lo que costó, pero lo cierto es que si se suman los gastos del marketing de lanzamiento y la porción de la recaudación que le queda a las salas de cine, no podría ser considerada un éxito o un buen negocio. Y en el tipo de liga en el que se movía la película, no ser un éxito es ser un fracaso. No existe lo aceptable, la línea de flotación para la película más cara de la historia hasta ese momento. Eso fue Waterworld, hasta que otra vino a quitarle el récord. Esa otra fue -y después sería también superada, pero esa es otra historia- Titanic de James Cameron, la que cambió las reglas o la que logró imponer las propias, la que demostró que se podía salir no solo airoso sino como “Rey del mundo” al apostar todo a un pleno y ganar a lo bestia. Pero Waterworld, otra película con el agua como medio y amenaza, fue la última de su especie en algunos aspectos, y una de las apuestas que más contribuyó a bajar la cotización estelar de Kevin Costner.

 

Waterworld fue, obviamente, una de esas películas de producción complicada, al borde -o del otro lado- del disparate megalómano, con una estrella en modo muy estrella (IMDb es ilustrativo al respecto), un equipo de filmación en medio del agua, una planificación de producción deficiente que ni investigó cómo eran los vientos en Hawaii (a cada rato había que ir a rescatar el decorado flotante a la deriva), la separación de Costner, el romance con una hawaiana, las peleas con el director-amigo-ex amigo Kevin Reynolds, las afirmaciones de que Costner la terminó dirigiendo, los guionistas agregados (con Joss Whedon haciendo reescrituras de último minuto en el set, que describió como “el infierno”). Y la plata que se iba gastando, y los veintidós millones puestos por Costner. Y la prensa que olía sangre, y que le gustaba y le gusta insistir sobre las calamidades: para el momento del estreno ya se había reforzado el horizonte tormentoso. Waterworld fue la última, o una de las últimas -pero imprimamos la leyenda- película de su especie: una superproducción con estrella que llevó su tozudez hasta el límite. Era una película cara que podía fracasar a lo grande, y no contaba con ese aire multitarget que Hollywood ya sabía, desde los setenta, que era el seguro contra casi todo riesgo.

 

Para quienes no conozcan el cine de fines de los ochenta y principios de los noventa puede no quedar claro el estatuto de Costner en ese momento. En los ocho años anteriores a Waterworld Costner fue leading man de Los intocables, Sin salida, La bella y el campeón, El campo de los sueños, Danza con lobos, JFK, Un mundo perfecto, El guardaespaldas. Y a Danza con lobos no solo la protagonizó sino que además la dirigió: se le ocurrió hacer un western como ópera prima y hasta ganó el Oscar (después y no antes llegaría el Oscar a otro western como Los imperdonables). Costner estaba convencido de hacer las cosas a su modo, y de que podía interpretar, en una película de 175 millones de dólares, a un personaje como su Mariner-mutante, que fue considerado como de una antipatía descomunal (algunos valoramos al héroe melancólico, austero, cascarrabias y noble, pero aparentemente no somos mayoría).

 

Pero la mayor particularidad de Waterworld, su locura entrañable, en definitiva su exotismo baziniano, fue este: para exhibir agua en el relato, se filmó el agua. El rodaje fue en el medio del agua, no se apostó por agua agregada en posproducción. Si hoy en día alguien dice que quiere producir algo como Waterworld probablemente lo echen o lo etiqueten como chiflado. Se puede gastar más dinero en películas -el récord presupuestario de Waterworld duró sólo dos años- pero no de esa manera, con esa lógica, con esos riesgos, con esas anécdotas: decorados hundidos como el de una colonia de esclavos que finalmente no formó parte del relato, la niña actriz Tina Majorino picada varias veces por medusas, ella y Jeanne Tripplehorn casi ahogadas en el primer día del rodaje, técnicos heridos, ausencia de baños más o menos cerca del set, y sigue la lista.

 

Todo esto, además, para una película que entendía la acción y la poética del relato más como un western que como los éxitos de taquilla de ese momento (la abominable Batman Forever es contemporánea). Waterworld tenía una disposición más bien clásica de la acción, establecía móviles y los exponía sin frenesí. De hecho, vista hoy, a mucha gente que jamás vio un western hasta le resulta un poco lenta. Batman Forever, una película que a pesar de su título nadie se resignó a volver a ver, era rápida e insoportable en su amontonamiento de imágenes-fragmento, y no voy pienso comprobar cuánto más fea es luego de tres décadas. Sí volví a ver varias veces Waterworld, que había visto dos veces en el cine, las dos en uno de mis cines favoritos: el Metro de la calle Cerrito, sala 1. En Argentina se estrenó el 21 de septiembre de 1995. 

 

Waterworld es una -otra- película parada en el lugar costneriano por excelencia: la elegía, el lamento por el fin. Costner había sido, era y seguiría siendo el hombre de la elegía: el último soldado, el último western, el último sacrificio, el fin de una carrera deportiva, el fin de las pasturas libres, el último resistente y el primer cartero, el último hombre y el primer hombre pez, la última narrativa americana (si vieron su filmografía sabrán ubicar estos componentes elegíacos, incluso en la primera parte de la reciente miniserie trelevisiva Horizon). Costner, a mediados de los noventa, se había convertido en un héroe hosco y huraño antes de tener los años para serlo. Insistió con The Postman, pero esa es otra historia. Y luego vendría a su mejor película como director, Open Range, una elegía desde el minuto cero realizada con sabiduría superior.

 

Frente a Waterworld recién estrenada, fue grande la tentación de mucha prensa de reírse de ella, del actor divo y mejor pagado, de la película en el agua, de Costner con branquias detrás de la orejas y con los dedos de los pies unidos por membranas. Era la película para hacer esas generalmente perezosas notas sarcásticas. Para peor, empezaba con Costner -Mariner tomando su propio pis luego de procesarlo con un alambique. Un personaje con el cual -fue la queja de no pocos críticos- no había posibilidad alguna de identificación. Mariner, además, renegaba de la presencia de una mujer, de una niña, de todo, era un solitario ermitaño y la película no tenía una banda de sonido de hits o wannabe hits como la mencionada Batman. La película planteaba acción, con un punto de partida no complicado aunque sólido: los continentes se hundieron, y hay que vivir sobre el agua -salada, así que no se puede tomar ni sirve para regar las plantas. La utopía es encontrar dryland (“tierra seca”). Para su desgracia, Waterworld se adelantó al regreso con éxito y continuidad de películas sobre catástrofes climáticas y apocalipsis varios que llegaron poco después.

 

Las películas que se emperran, porfían en determinada idea de escenografía suelen correr riesgos de presupuestos desatados: desde Intolerancia de David Wark Griffith a Cleopatra de Mankiewicz (aquí además estaba el delirio del vestuario), pasando por Coppola y su Golpe al corazón. Coppola tenía Las Vegas, pero construyó una Las Vegas en estudio. Al revés, Waterworld podría haber usado tanques con agua (era muy temprano para agua digital aceptable), pero se la jugó por el océano. Es difícil no querer una película así, a la que los años le han quitado su valor de escándalo y ya muchos la ven como lo que es: una aventura de noble sabor clásico en un mundo alucinante, con un héroe singular y unos villanos cuya tonta ridiculez podría haberse obviado. Y con el imperecedero atractivo de ser otra relectura y actualización de Más corazón que odio de John Ford.

Comentarios 6

A
Alvaro Fuentes Lenci6 de diciembre de 2024
Muy linda nota. Parece que Costner filmó un western que dicen que es buenísimo también. Una especie de Eastwood después y antes de Eastwood. Es bueno reconectar con películas entrañables y buena crítica. Gracias.
A
Alvaro Fuentes Lenci6 de diciembre de 2024
En respuesta a Alvaro Fuentes Lenci: Un nuevo y reciente western digo...
A
Arlequin4 de diciembre de 2024
La crítica norteamericana tiene esa maldita costumbre de prejuzgar y lanzarse a la yugular cuando alguien grita "fracaso!". No es un mal filme, lo que pasa es que fue demasiado caro, y las peleas entre Reynolds y Costner terminaron en refilmar costosas escenas de nuevo (y el presupuesto se fue al demonio). Es por eso que los estudios le esquivan a los filmes ambientados en el mar. Sacá a Titanic (que costó una locura pero recaudó billones) y un montón de filmes se van al diablo con el presupuesto con escenografia y secuencias marinas, incluso Tiburón (que fue un éxito) o Rescaten al Titanic! (que fundió a Lew Grade, el tipo que produjo montones de series inglesas como Dos Tipos Audaces). Que el tiempo que cambia, que las tormentas, que montar algo en el fondo del oceano, que la sal y el calor, que las maquetas y las miniaturas... Ahora con los CGI podés rodar prácticamente en tierra. Excelente artículo
J
Javier Porta Fouz4 de diciembre de 2024
En respuesta a Arlequin: Muchas gracias y gracias por leer
A
Arlequin4 de diciembre de 2024
En respuesta a Javier Porta Fouz: por favor, de nada!
A
Arlequin4 de diciembre de 2024
En respuesta a Javier Porta Fouz: de nada

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