Crítica: Sin novedad en el frente (Im Westen nichts Neues, Edward Berger, 2022)
Reseñas generalesEl joven alemán Paul Bäumer (Felix Kammerer) se alista, junto a tres amigos suyos y sin el consentimiento de sus padres, para luchar en el frente occidental en la Primera Guerra Mundial. Pronto, el patriotismo y la emoción de Paul y sus amigos comenzarán a desvanecerse cuando se enfrenten a la dura realidad de la guerra.
Aunque la Primera Guerra Mundial (o la Gran Guerra) no ha sido explorada tan ampliamente como su sucesora, más mediática si se quiere, posee unas cuantas películas brillantes y notorias, como La gran ilusión (La grande illusion, Jean Renoir, 1937), Senderos de gloria (Paths of Glory, Stanley Kubrick, 1957) y, recientemente, 1917 (Sam Mendes, 2019). Por supuesto, hay que sumar a esta lista Sin novedad en el frente (Im Westen nichts Neues, Edward Berger, 2022), tercera adaptación de la novela homónima de Erich María Remarque, cuyas vivencias como soldado en este conflicto le sirvieron para escribir su obra; estas tres versiones, además, conforman uno de esos casos extraños en que todas las adaptaciones del mismo libro son excelentes.
La película abre con las imágenes de un bosque y unas montañas cubiertos de nieve, y una zorra con sus crías refugiadas apaciblemente en su madriguera. Luego, golpea con la mortal desolación de la guerra: en tonos azulados y grises pálidos, vemos un campo nevado sembrado de cadáveres alemanes y franceses, tan fríos como la iluminación y el color de la imagen; y a un chico llamado Heinrich Gerber (Jakob Schmidt) luchar en las trincheras, pero que termina falleciendo en combate.
Unos meses después, en la primavera de 1917, tercer año de la guerra, Paul, nuestro protagonista, también es una especie de cachorro que abandona la tranquilidad de su hogar para adentrarse en el corazón del combate; hasta usa el uniforme de Heinrich, lo que se convierte en un mal presagio. Así como otros tantos jóvenes, incluyendo a sus amigos Frantz Müller (Moritz Klaus), Albert Kropp (Aaron Hilmer) y Ludwig Behm (Adrián Grünewald), quienes lo alientan a falsificar la firma de sus padres para poder alistarse en el ejército, Paul es un soñador deseoso de demostrar su valía en un mundo que no conoce y, a pesar del tiempo transcurrido desde el inicio de la Gran Guerra, no comprende tampoco.

A este entusiasmo ciego contribuye igualmente un maestro que no va a la guerra, pero que los exalta a él y los demás estudiantes, con un discurso emocionante sobre ideales nacionalistas, patrióticos y de honor, a luchar «¡Por el káiser, Dios y la patria!», aunque pareciera que a ninguno les importa el destino de quienes mueren por ellos. Esa es la triste historia de tantas personas, adultas o no, que han marchado con gusto al matadero —en la vida real o la ficción— al ritmo del discurso de funestos oradores. Esto se repite más adelante en la película, aunque de otra manera.
Más pronto que tarde, con su llegada al frente occidental, Paul y sus amigos son sacudidos por el horror de la guerra; los espectadores igual, quienes no solo son torturados por la violencia en la imagen, sino también acechados por el amenazador y pesado tema principal, compuesto por Volker Bertelmann. Incluso, la densidad del tema, el aspecto visual y el sonido pueden contribuir a que las casi dos horas y medias fílmicas sean percibidas por el público como una experiencia más exasperantemente larga de lo que es.
Así, pues, en las laberínticas, sucias y húmedas trincheras, plagadas de ratas y hombres moribundos o en constante alerta, los personajes aprenden no solo que la vida en las trincheras no es un juego, sino que no es vida en lo absoluto. Similar a los franceses en el campo de batalla, la desesperación, la locura y la tristeza les van ganando; por lo mismo, Ludwig es el primero del cuarteto de amigos en morir, puesto la añoranza por el hogar le nubla los sentidos antes que a los demás. Y Paul, al ser el único que tiene la oportunidad de “despedirse” de él, ve en la cara pálida, ensangrentada y muerta de su amigo uno de los rostros más terribles de la guerra.

Después de la muerte de Ludwig, Sin novedad en el frente hace otro salto temporal hasta el 7 de noviembre de 1918, cuatro días antes del final de la Primera Guerra Mundial. Paul, quien ahora se ve deshecho y envejecido, Kat (Albrecht Schuch), que es una suerte de mentor para este, y los quedan de la compañía están en Champaña, Francia, sobreviviendo al frío, sus enemigos y la indolencia del Estado Mayor. Roban para poder comer, aún a costa de su vida; otros, como Frantz, se van por un rato con mujeres extrañas para poder sentir algo de amor o cualquier cosa menos la muerte que los rodea.
En este punto, la película alterna progresivamente entre el frente bélico y el diplomático, donde unos pocos deciden el destino de millones de personas, hombres y mujeres, niños y adultos. Por una parte, Matthias Erzberger (Daniel Brühl), el sensato jefe de la delegación negociadora alemana, hace lo posible para terminar rápidamente con el conflicto y evitar más decesos; por otra parte, el indolente General Friedrichs (Devid Striesow) todavía se aferra a un ideal de gloria en la lucha, sabiendo que esta está perdida. Y, en cualquier caso, mientras los burócratas discuten, los cadáveres se siguen apilando en la campiña francesa.
Este es otro de los tantos aspectos lamentables de cualquier guerra: quienes la inician rara vez arriesgan sus vidas en la batalla. Por este motivo resulta particularmente chocante ver por un lado a los políticos dándose un festín, mientras el resto come lo que puede encontrar. Pero, sobre todo, cómo estos últimos dan sus vidas con tanto fervor en las caóticas y sangrientas escenas de batallas, filmadas con dureza, meticulosidad y sentido de la espectacularidad, como en las mejores obras del género bélico.

¿Por qué no nos alegramos cuando un bando le gana al otro? Porque, a diferencia de películas más convencionales, en las cuales buenos y malos están delimitados, en esta solo hay personajes desesperados: no aplaudimos cuando Paul y sus camaradas matan, porque sabemos que los alemanes iniciaron la Gran Guerra; tampoco cuando los franceses los matan a ellos, porque igualmente entendemos que estos fueron al conflicto como chicos idealistas e ingenuos, y hasta podemos sentir cierta simpatía por los protagonistas, gracias a que la narración se cuenta desde su punto de vista. Lo único que deseamos es que el armisticio llegue pronto y, con él, el fin del tormento.
Por lo anterior, Sin novedad en el frente, incluyendo las otras versiones, no solo está entre las grandes películas sobre la Primera Guerra Mundial, sino también del cine pacifista; al retratar cruda y monumentalmente la ruina que soportaron los soldados en las trincheras, acerca a los espectadores a la destrucción que conlleva cualquier guerra en realidad y, por tanto, a anhelar que estas se queden solo en la pantalla o, si tenemos suerte, nunca vivir algo semejante. Asimismo, resulta oportuno que esta versión se haya estrenado varios meses después de que comenzara el conflicto entre Rusia y Ucrania, en el que tantas personas siguen muriendo de los dos lados, ya que se torna en una suerte de reflejo suyo y de lo que puede llegar a ser si continúa.

Ninguno de los amigos de Paul sobrevive: después de rogar por su vida, Albert es incinerado y fusilado por unos soldados franceses; Frantz muere, pero no sabemos cómo, solo lo vemos por última vez siendo “engullido” por las trincheras; y, después de la firma de la capitulación, a Kat le dispara el hijo del granjero al que él y Paul le roban unos huevos. Solo queda Paul intentando aferrarse a su humanidad o el rescoldo de lo que queda de ella.
Minutos antes del cese de las hostilidades, el General Friedrichs arenga a los soldados que le quedan, como el maestro a los pupilos, a recuperar una causa perdida. Ya ninguno sonríe, aplaude ni vitorea, ni siquiera el otrora idealista Paul; los pocos soldados que se oponen son fusilados; la mayoría van extenuados hacia su muerte. En un esfuerzo extremo, pues, los alemanes intentan acabar con los franceses y viceversa; y Paul muere por nada, unos segundos antes del final, buscando algo de luz en un mundo sumergido en las tinieblas, los gritos y las cenizas. ¿Quiénes quedan después de todo? Los hambrientos, los mutilados, los entristecidos y los muertos como el joven Paul, cuyo inerte semblante se ve extrañamente pacífico. Ya está en un lugar mejor.
















Comentarios 4
Disfruté esta película de principio a fin cuando se estrenó—sobretodo por el hype que tuvo en su momento—. Cruda cruda cruda, pero te da más de lo que estabas buscando ver. No soy fanática de películas históricas, pero esta me convenció completamente para disfrutar de este tipo de cine bélico.