Mi amigo el pingüino: una película de otro tiempo y de muchos lugares

Reseñas generales

Ya desde el afiche, Mi amigo el pingüino es una rareza: vemos a Jean Reno en una playa tropical, y él y un pingüino se miran. Atrás, una nena los mira a ellos. Parece que estamos ante una película de animales no animada, como las que aparecían con mayor frecuencia en los noventa del siglo pasado (por ejemplo las Free Willy, las Babe, André la foca y otras). Sí, esto es una rareza, definitivamente. Es una rareza que se haya producido, y quizás también que se haya estrenado en cines en Argentina. ¿Irá gente a verla? Ojalá, porque es una buena película, pero al menos en una de las funciones de ayer jueves, el día del estreno, yo conocía al total de los espectadores, porque éramos nada más que una de mis hijas y yo. Por supuesto que una golondrina no hace verano y que una función en particular con el uno por ciento de las butacas ocupadas no es definitoria del éxito o el fracaso, pero creo poder vaticinar una performance no muy buena de esta película en las salas argentinas.

 

De todos modos, ojalá me equivoque porque Mi amigo el pingüino es, además, una película que lleva orgullosamente cierta nobleza en sus mecanismos narrativos y emocionales, con una forma de contar desprovista de grandes estridencias, sin inyecciones de frenesí que se sientan falsas, con inteligencia simbólica a la hora de plantear pérdidas irreparables y a la vez también algunas posibilidades parciales de sanación. Por ejemplo, el orgullo -de raigambre paterna- del “cuidador con criatura” está claro y a la vez no enfatizado, así como cada estado emocional y cada decisión de los personajes. Mi amigo el pingüino apela a mecanismos ya probados, tradicionales, de película pensada y ejecutada para ser entendida por el más amplio rango de edades sin ser condescendiente. Es decir, estamos ante una película armada con puentes comunicativos eficaces y no necesariamente cargados de obviedades ni de subestimación del espectador.

 

Hay otra dimensión noble en Mi amigo el pingüino. Una dimensión noble o realista, o podríamos decir más bien baziniana, por André Bazin y sus ideas acerca del cine como arte ontológicamente realista. En un contexto en el cual cada vez más -incluso George Miller con Furiosa, nada menos- se usan “digitalismos” diversos que no siempre son perfectos (y el truco tiene que ser perfecto o no ser, otra vez Bazin), ver mayormente un pingüino real -o pingüinos reales- es bienvenido. Nuestros ojos de cine en el cine ven un animal, un animal que interactúa con los humanos, ya sea por actuación conjunta en el cuadro o mediante actuaciones aisladas unidas por sucesión de planos, mediante las formas más probadas del montaje cinematográfico, esas que este arte maneja hace más de cien años. Así, los ojos de Jean Reno transmiten emociones en solitario y también por contigüidad con aquello que miran (o esquivan): enseñanzas del cine, asuntos de larga tradición.

 

En cuanto a Jean Reno, el principal protagonista humano del film, es un actor francés que interpreta a un pescador brasileño llamado João. En el prólogo de la película, tal vez lo más rudimentario en términos de explicaciones y lo más objetable por un plano en particular -el último antes del título- el personaje de João es interpretado por un actor brasileño. María, la mujer del pescador, es interpretada en el prólogo por una actriz brasileña y luego por una actriz mexicana. Y sin ir más lejos, o yendo más bien lejos de Brasil hasta la Península de Valdés en Chubut, además de muchos pingüinos hay actores argentinos, entre los que se destaca la versátil Alexia Moyano. Y quizás haya incluso más nacionalidades e idiomas entre el resto del elenco.

 

La versión en idioma original de esta película es en inglés, con lo cual quizás habría que poner la versión en “idioma original” así, entre comillas. La película aquí se estrenó doblada al español, con lo cual seguramente hubo actores cuya lengua madre es el español que para la versión doblada fueron doblados en su propio idioma. Muy probablemente haya gente que diga que esta película, coproducción entre Brasil y Estados Unidos, no es tan noble por unificar en el inglés el lenguaje en el que hablan todos, o que hablan casi todos, o que se doblan, o que doblan, o que rompen o no rompen con tal o cual lógica, o cuestiones de identidad diversa y viceversa. Quizás tengan razón, pero Mi amigo el pingüino tiene todavía cierto resto emocional y de probidad narrativa para imponer sus orgullosas formas más bien anacrónicas. Por otro lado, poner a un francés a hacer de pescador brasileño sentimental y bonachón y que habla en inglés -y lo doblan al castellano y vaya uno a saber a cuántas otras lenguas- y que se hizo famoso globalmente por interpretar a un asesino a sueldo hace tres décadas, es toda una apuesta, y sale bien. Jean Reno hace actuar a lo grande a sus ojos pequeños, y no solamente se parece al actor brasileño que interpreta a su personaje en el prólogo sino que además tiene un rostro con cierto aire al de un pingüino.

 

El director de esta película que sin merecerlo seguramente fracase -como casi todo lo que se estrena- en las salas es David Schurmman, que nació en Florianópolis, Brasil, pero que estudió en Nueva Zelanda y Estados Unidos y cuya familia es famosa por haber salido varias veces a dar la vuelta al mundo en barco. Ahí estuvo David, un cineasta, al final, verdaderamente global, que se ha ganado el poder mezclar las nacionalidades que se le ocurran y hacer una película así de entrañable y fuera de época, y que se fascina con un pingüino que recorre el mundo como ningún otro. Quizás lo de inspirada en hechos reales vaya más allá de la historia del pingüino y el pescador que se hizo viral. Bueno, vayan a ver Mi amigo el pingüino así al menos me llevan la contra y desmienten mi pronóstico de que muy poca gente la va a ver en los cines. Esta es, como decía alguien con capacidad para la simpleza y la brevedad, una película linda y buena. 

Comentarios 1

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Patricia Schmidt30 de diciembre de 2024
Muy buena la película!!! Falto difusión

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